Una vez más, la Mercedente en el canal.
Este sitio, la capital mexicana, ha aparecido múltiples ocasiones en mi canal y no es coincidencia.
Siendo uno de los epicentros donde el mundo esotérico y criminal se entrelazan, así como la rica y extensa historia del sitio, provoca que en sus calles y rincones se den toda clase de situaciones, ya sea del mundo criminal, con gente encontrándose en situaciones horribles que involucran raptos o inclusive ultimaciones, así es así como anécdotas que involucran a las mujeres de circunvalación y cómo es que ellas pueden encontrarse con toda clase de peligros con clientes que podrían cambiar su vida de manera terrible.
Así que puedo decirte, ten cuidado la próxima vez que vayas a la Merced, ya que no sabes cuándo podrías vivir alguna experiencia como las que estamos por escuchar.
Es así que sin más, pasemos con experiencias aterradoras en la Merced.
Lo que vimos en la nave mayor de la Merced.
Hola, Stan.
Antes que nada, quiero pedirte que si llegas a contar mi historia, por favor, no digas mi nombre completo.
Puedes llamarme únicamente Miguel.
Esto que te voy a contar nos pasó hace algunos años, más o menos por el año 2012 o 2013.
Y aunque ya pasó tiempo, todavía hay días en los que recuerdo eso.
Y en serio, me siento mal.
No sé exactamente qué fue lo que vi, pero mira, yo tengo un negocio de carnitas en mi colonia.
No es algo enorme, pero gracias a Dios nos ha ido muy bien.
En ese tiempo yo trabajaba con un amigo mío, al cual llamaremos Ricardo, que también era mi socio.
Los dos nos encargábamos de surtirnos de todo.
Carne, manteca, cebolla, cilantros, chiles, limón, todo lo que se ocupa para preparar las carnitas y las salsas.
Durante mucho tiempo acostumbramos ir a la Merced, principalmente al mercado de carne que está a un lado de la nave principal.
Íbamos seguido porque ahí conseguimos buen precio y podíamos comprar bastante.
Aparte de que nos quedaba un tanto cerca de nuestras casas, era pesado cargar todo, pero ya teníamos nuestra rutina.
Llegábamos, comprábamos lo necesario, dábamos una vuelta por la nave mayor para surtir la verdura y de ahí nos regresábamos.
Ese día parecía uno más.
La diferencia era que ya habíamos conseguido un distribuidor local de carne, así que no íbamos a comprar tanto como de costumbre.
Solo queríamos pasar por manteca, cebolla, cilantro, pápalo y algunos chiles.
Fuimos tranquilos, sin prisa, como quien ya conoce el camino y sabe exactamente a qué local es ir.
Primero pasamos al mercado de carne, compramos lo que necesitábamos, cargamos algunas cosas y después nos metimos hacia la nave mayor para comprar la verdura.
Ya era algo tarde.
No sabría decirte la hora exacta, pero el ambiente ya se sentía diferente.
Quienes conocen la merced saben que durante el día aquellos mar de gente con los diableros pasando, la gente empujándote.
Pero cuando comienza a hacerse tarde, algunos pasillos se van apagando poco a poco.
Ese día varios locales ya estaban cerrando.
Algunos ya tenían la cortina completamente abajo, otros la tenían a la mitad.
Todavía había gente, claro, pero ya no era el mismo ambiente de la mañana y mucho menos el movimiento.
Se sentía como si todos estuvieran cámara lenta.
Nosotros íbamos caminando por un pasillo que recuerdo destaca hacia donde venden nopales y aguacates, cerca de los baños de la nave mayor.
Ahí nos detuvimos con un vendedor para comprar cilantro y pápalo.
Ricardo estaba revisando unas bolsas.
Yo estaba viendo, recuerdo muy bien qué tanto cilantro nos convenía llevar.
Cuando de pronto escuchamos algo, fueron golpes, pero no golpes normales.
Era como si alguien estuviera pegándole desde dentro de una cortina metálica, es decir, de un local cerrado.
Y es que los ruidos eran fuertes y secos y se escuchaban de manera desesperada.
Después la cortina se empezó a gitar de una forma muy agresiva, como si la estuvieran jalando o golpeando del otro lado.
Ricardo y yo volteamos al mismo tiempo.
El sonido venía de un local que estaba justo enfrente, cerrado con la cortina abajo.
Lo extraño fue que el vendedor que nos estaba atendiendo no volteó y era imposible que no escuchara.
Al contrario, ese señor se puso más nervioso.
Empezó a apurarse con lo que habíamos pedido.
Acomodó el pápalo de manera apresurada.
Amarraba las bolsas, pero con la mirada fija en lo que estaba haciendo.
No querían mirar hacia el local que estaba enfrente de su puesto.
Se notaba demasiado.
Yo lo sentí.
Me percaté de esto y tuvo una sensación extraña en el estómago.
De esas veces cuando estás frente a algo peligroso.
Y es que el ruido era muy notorio y lo normal es voltear, aunque sea por curiosidad, pero él no.
Él actuaba como si ya supiera que estaba pasando ahí dentro, como si no fuera la primera vez que escuchaba eso.
Más bien, Ricardo me miró de reojo.
No dijo nada, pero entendí su cara.
Me gritaba, “¡Vámonos con los ojos!” El vendedor terminó de darnos las bolsas.
Le pagamos rápido y yo agarré una bolsa y Ricardo se llevó lo demás.
En cuanto dimos la media vuelta para seguir caminando, la cortina de local se levantó de golpe y de ahí salieron dos sujetos.
Eran jóvenes, tenían alrededor de 20 años y tenían ese estilo de tepiteño como de reggaetoneros de la época.
La típica pinta de vatos pesados de barrio.
No quiero juzgar a nadie, pero esos tipos tenían algo en la mirada que no se me olvida.
Salieron y se nos quedaron viendo.
Nos miraron serio, fijo, como si hubiéramos visto algo que no debíamos.
Yo no sabía si correr o simplemente agachar la mirada.
En esos segundos escuché ruidos adentro del local.
Sin querer y por el espacio que quedó abierto, más o menos a la mitad de la cortina, alcancé a ver algo en el piso.
Había dos bolsas negras.
Eran de esas bolsas negras como de basura.
Pero lo peor no fueron las bolsas, lo peor fue una mancha.
En el suelo se veía una mancha roja enorme, como si lo hubieran limpiado.
No era una mancha vieja ni se veía seca, era algo reciente.
Yo no quiero asegurar exactamente qué era porque no me consta, pero mi cabeza lo entendió de inmediato.
Ricardo también lo vio.
No dijimos nada, solo bajamos la mirada.
Sentí como se me secó la boca.
El corazón empezó a latirme fuerte, pero traté de caminar normal.
Ricardo se acercó un poco a mí y casi sin mover los labios me dijo, “Camina, güey, no voltees.
Nos vamos por la nave hasta el metro”, le dije.
Y eso hicimos.
Empezamos a caminar entre los puestos, cargando las bolsas como si nada hubiera pasado, pero por dentro yo sentí que las piernas me temblaban.
En cabeza solo se repetía una cosa.
Ya nos vieron.
Nos van a chingar.
Dimos unos pasos más.
El ruido del mercado se escuchaba lejano, como apagado, alguno que otro cliente en los puestos que estuvieran abiertos, pero en general ya muchos habían levantado y puesto lonas o telas fruta.
No aguanté, volteé apenas, solo un segundo y ahí venían.
Los dos tipos habían salido del local y nos venían siguiendo.
Se notaban decididos y se veían enojados como si quisieran alcanzarnos antes de que saliéramos de la nave.
En ese momento, como una intuición, entendí que lo que habíamos visto era real y lo que deduje era cierto.
Porque si no hubiera sido nada, para qué seguirnos.
Ya vienen le dije a Ricardo.
Le solo aprieto el paso.
No corras todavía.
Nada más caminé rápido”, me dijo.
Pero era imposible no acelerar.
Nos metimos entre la gente esquivando algunos locatarios.
Yo sentía que en cualquier momento esos tipos nos iban a alcanzar por la espalda.
¿Y quién iba a defender? Quizá todos en el mercado sabía quiénes eran.
Llegamos a la parte donde se baja hacia el metro, el acceso que está justamente en el mercado.
No sé ni cómo no nos caímos con todo lo que cargábamos.
En cuanto vimos las escaleras, ya no pudimos disimular.
Bajamos casi corriendo.
Y aquí es donde digo que si no fue suerte, fue Dios, porque justo cuando llegamos al andén, el metro estaba ahí.
Las puertas estaban abiertas, pero ya se escuchaba el aviso del cierre.
La gente estaba entrando y saliendo.
Ricardo se metió primero empujando a la gente.
Yo entré detrás de él con las bolsas.
Varias personas se molestaron.
Me gritaron.
Pero en ese momento no me importó nada.
Apenas entramos, las puertas se cerraron y en ese momento los vi.
Los tipos alcanzaron a bajar al andén.
No vieron exactamente dónde nos metimos, pero veían al vagón.
Incluso uno de esos tipos pateó el metro.
Yo me quedé parado respirando, con las bolsas en las manos, la espalda empapada de sudor.
Ricardo no decía nada.
La gente se nos quedaba viendo, pero nadie en el vagón sabía lo que acabábamos de ver.
Nosotros sabíamos que si el metro no hubiera estado ahí, tal vez esa historia hubiera terminado de otra forma.
En el camino no hablábamos, no hacía falta.
Los dos habíamos visto lo mismo.
Es además decirte que no regresamos a la Merced.
Preferimos hacer las compras, aunque nos quedara más lejos en la central de abastos.
Con los años he pensado muchas veces en eso.
Me he preguntado qué había dentro de las bolsas.
Me he preguntado qué pasó en ese local.
Me he preguntado cuántas personas alrededor sabían y preferían callarse.
Por obvias razones, claro.
Pero eso fue lo que más me inquietó.
El vendedor de enfrente no se sorprendió, simplemente evitó mirar.
Yo no puedo asegurarte que fuera el crimen organizado.
Si eran delincuentes o si eran solo personas peligrosas metidas en algo horrible.
Lo único que puedo decirte es que esa tarde Ricardo y yo estuvimos muy cerca de algo que no debimos de haber visto.
He regresado a la Merced, sí, pero definitivamente ya no tan tarde.
He hablado con Ricardo sobre lo que vivimos porque le dije que te enviaría nuestra experiencia y él piensa si esos sujetos todavía deambulan por la merced haciendo esa clase de cosas horribles que creemos hicieron.
Por lo que si compartes mi historia, me gustaría decirle a la gente que se anden con cuidado, porque en esos lugares de la ciudad uno no sabe con lo que se pueda cruzar.
Antes de empezar, quiero pedirte que si algún día llegas a contar mi historia, por favor, no digas mi nombre.
Puedes presentarme únicamente como Isabela.
Lo que te voy a contar no es algo de lo que me sienta orgullosa, pero tampoco voy a fingir que mi vida fue distinta.
Durante muchos años trabajé en el ambiente nocturno.
Estuve en varios lugares de la Roma y la Condesa, algunos más conocidos que otros.
Digamos que trabajaba en clubes de hombres desempeñándome como bailarina.
Con el tiempo terminé moviéndome por otras zonas.
Hubo una temporada en la que trabajé en Tlalpan y después acabé en la Merced sobre circunvalación.
Quien conoce esa zona sabe cómo es, llena de personas y muy movida.
Llevaba tiempo en eso y ya estaba curtida o eso creía.
También sabía que muchas mujeres que estaban ahí no estaban por voluntad propia.
Eso lo sabíamos todas, aunque nadie lo decía en voz alta.
Había muchachas que parecían vivir con miedo, otras que siempre estaban vigiladas, otras que no podían ni decidir cuándo irse.
Yo lo veía, pero en ese entonces prefería ignorarlo, no porque no me importara, sino porque mi propia vida estaba tan metida en esa oscuridad que una aprende a sobrevivir envuelta en todo eso.
Mi rutina era casi siempre la misma.
me arreglaba, alguien llegaba, acordaba el precio, íbamos al motel, pasaba todo y regresaba.
Así una y otra vez.
Había clientes nerviosos, borrachos, habladores, otros que intentan regatear y otros que ni siquiera sabían cómo comportarse.
Pero había algunos raros.
Y cuando digo raros, no me refiero a raros en su forma de vestir o sus gestos.
Me refiero a hombres que traían algo feo encima.
Esto pasó un día de diciembre, eran como las 6 o 7 de la tarde.
Ya estaba empezando a caer la noche.
El aire estaba frío, pero la zona seguía llena de ruido.
Muchos locales comenzaban a cerrar, otros prendían las luces.
Iba cambiando el entorno.
Yo estaba parada en mi lugar de siempre, cerca de una esquina entre avenida Circulación y San Pablo, cuando de pronto se acercó un hombre hacia mí.
Tendría unos 50 años.
No era un hombre llamativo, era un hombre alto, con entradas prominentes, blanco, vestía normal, quizá demasiado normal.
Traía pantalón oscuro y un tanto desarreglado, pero su forma de caminar fue lo primero que me incomodó.
Él a diferencia de muchos otros, sino es que de todos, no venía con esa vergüenza que muchos traen cuando se acercan por primera vez.
Él caminó hacia mí como si ya supiera exactamente a qué iba.
Se paró frente a mí y me preguntó los precios.
Su voz era fría, no había morvo en su manera de hablar, tampoco nervios.
Me observó de arriba para abajo como si estuviera revisando algo.
Yo le di tarifa y tiempos.
Apenas terminé de hablar, me respondió que estaba bien y que dónde era.
Él aceptó como si el dinero no importara, como si lo único que quisiera fuera estar a solas conmigo lo más rápido posible.
Lo llevé al motel de siempre a la vuelta sobre San Pablo.
Subimos, el recepcionista ni nos miró bien.
Ya me conocían ahí.
Caminamos por el pasillo, entramos a la habitación y cerré la puerta.
Yo traté de hacer todo como siempre, sin pensarlo, pero desde que entramos ese hombre no se comportaba normal.
Se quedó parado mientras yo me senté en la cama.
Luego metió la mano en su bolsillo y sacó un pequeño frasco.
Acuéstate y no te muevas.
Yo me extrañé por un segundo.
Esa orden no sonó a juego, sonó a amenaza.
Pero el hombre no sacó ningún objeto peligroso, solo abrió lo que traía en la mano y bebió algo de un frasco.
Pensé que quizá era alguna sustancia, algo para rendir, algo que muchos hombres de su edad toman para que puedan hacerlo.
Él se acercó a mí y me besó.
Y fue ahí cuando sentí algo que jamás voy a olvidar.
Al momento del beso, sentí que me pasó algo por la boca.
Era como humo, así lo puedo describir.
Como si una nube invisible hubiera entrado por mi boca y bajado por mi garganta.
No tenía sabor, no tenía olor.
Pero sentí claramente como algo entró en mí.
Lo empujé con todas mis fuerzas.
¿Qué me hiciste? Le grité.
El hombre se levantó despacio.
Ni siquiera intentó defenderse, solo se me quedó mirando.
Yo le seguí reclamando y diciéndole groserías, pero él no respondió.
Sacó su cartera, contó varios billetes y me dejó la cantidad exacta en la cama.
Luego caminó hacia la puerta, volteó a verme y sonrió.
Simplemente se fue.
Yo me quedé parada en medio de la habitación con el corazón acelerado y una sensación horrible.
En ese mundo te topas con hombres enfermos de la cabeza, hombres que hacen cosas raras, que tienen ideas extrañas, que traen fantasías muy oscuras.
Así que traté de convencerme de que solo había sido otro tipo extraño.
Agarré el dinero y me fui.
Pero tan solo puse un pie afuera del hotel y me sentí fatal.
Yo terminé mi jornada.
Cuando llegué a mi casa me bañé, cené y traté de relajarme en la sala.
Yo vivía sola y esa noche por primera vez sentí que ya no lo estaba.
Y es que estaba viendo la televisión cuando vi algo moverse de reojo.
Volteé rápido, no había nadie.
Pensé que era el cansancio, pero volvió a pasar.
Era una sombra que se movía cerca de la pared, apenas en el límite de mi vista.
Cuando volteaba directo, eso desaparecía.
Apagué la televisión, me quedé en silencio y sentí algo, tal cual como una presencia.
No es algo que se pueda describir, es algo que simplemente se siente.
¿No te ha pasado? Era como una certeza, como cuando sabes que alguien está parado detrás de ti, aunque no lo veas.
Esa noche me fui a dormir con la luz prendida.
En la madrugada desperté de golpe.
Escuché una respiración en mi oído, como si alguien estuviera acostado junto a mí, respirándome a centímetros de mi oído.
Me levanté de salto y prendí la luz.
No había nadie.
Revisé la recámara, la sala, la puerta estaba cerrada, las ventanas también, pero yo sabía lo que había escuchado.
Cuando por fin logré dormir, tuve un sueño horrible.
Soñé con un hombre, uno que tenía cabello largo.
El cabello le caía sobre el rostro tapándole la cara.
Vestía completamente de negro.
No hacía nada.
Solo estaba parado en una esquina de mi cuarto mirándome.
No podía verle los ojos, pero sabía perfectamente que me estaba observando.
Desperté sudando.
Al día siguiente intenté seguir con mi rutina como si nada.
Me dije que quizá todo había sido sugestión, que tal vez el hombre me había asustado y mi cabeza estaba jugando conmigo.
Pero esa noche, mientras trabajaba otra vez en la zona, pasó algo que me quitó esa idea.
Estaba parada en la esquina de circunvalación y San Pablo, cuando del otro lado de la avenida vi a alguien, un hombre, estaba quieto, completamente inmóvil entre la gente que pasaba.
Tenía el cabello largo sobre la cara.
Vestía de negro.
Era idéntico al hombre de mi sueño.
Me le quedé viendo.
Pasaron coches, gente.
Por un instante perdí su figura entre el movimiento.
Cuando volví a mirar ya no estaba.
A partir de ahí empecé a enfermar.
Primero fue el cansancio, un cansancio que no se me quitaba ni durmiendo.
Dejé de tener hambre.
Comía dos bocados y me daban náuseas.
Empecé a bajar de peso muy rápido.
Mi cara se veía los ojos hundidos y la piel apagada como ceniza.
Las respiraciones en mi oído se volvieron más frecuentes.
Siempre pasaba de madrugada.
A veces despertaba porque sentía el colchón hundirse a un lado de mí, otras veces porque percibía algo parado junto a mi cama.
No siempre lo veía, pero lo sentía.
Era una presencia densa.
A mí me llegó el pensamiento de que algo llegaba en las noches y se alimentaba de mí.
Esa era la sensación exacta, como si me quitaran energía, como si cada madrugada se llevara un pedazo de mi vida.
Quise creer que todo era paranoia.
Entonces fui al médico, me hice estudios, pensé que quizá me había contagiado de algo y eso explicaría todo lo que estaba pasando.
Pero los resultados salieron bien, no había nada.
Un doctor de la colonia, alguien con quien iba, siempre que estaba enferma y que leía mis resultados que me hacía periódicamente, me dijo algo muy extraño, algo que no me esperaba.
Mira, médicamente no encuentro que tengas, pero hay veces que no son cosas del cuerpo.
Tal vez lo tuyo no sea médico, tal vez sea espiritual.
Así tal cual lo dijo.
Él me dio el contacto de un conocido suyo.
Me dijo que era un curandero que trabajaba por la zona de Catepec, pero que no atendía cualquiera.
Según él, ese hombre solo recibía casos que llegaban a él.
Al principio me dio una risa nerviosa.
Yo no era una persona religiosa ni creyente de esas cosas.
Había visto muchas cosas feas en mi vida, pero lo espiritual lo tomaba con distancia hasta que esa madrugada sentí una mano fría en la espalda.
Como siempre, no vi a nadie, pero la sentí.
Al día siguiente decidí ir con ese curandero y ahí comenzó otra cosa extraña.
Cada vez que intentaba ir, algo pasaba.
Un día salí de mi casa y me tropecé tan fuerte en la banqueta que me lastimé la rodilla y tuve que regresar.
Otro día no encontré taxi por ningún lado, aunque normalmente pasaban a cada rato.
En otra ocasión, cuando iba medio camino, me di cuenta de que había olvidado el dinero y tuve que volver.
En otra ocasión me dio un miedo tan fuerte, así de la nada, que no pude salir de mi cuarto.
Era como si algo no quisiera que llegara.
Pero un día finalmente lo logré.
Llegué a la casa del curandero.
No era un lugar lujoso, era una casa cualquiera.
Me recibió el hombre.
alguien calvo de unos 50 años que parecía ser la persona más amable del mundo.
En su casa tenía imágenes religiosas, veladoras, hierbas, frascos, tal cual una casa de una persona que esperas que haga este tipo de cosas.
Apenas entré y el hombre me miró de arriba para abajo.
Yo no le había contado nada.
Me dijo que me sentara, que no estuviera nerviosa y me dijo una frase, “Eso que traes se alimenta del miedo.
A mí se me salieron las lágrimas.
Le conté todo.
El cliente, el beso, esa sensación como humo entrando por mi boca, la sombra en mi casa, las respiraciones, el hombre de cabello largo, el curandero, escuchaba todo en silencio y con atención.
Cuando terminé me dijo, “A ti te pasaron una mala energía, pero no solo eso, te montaron un muerto.
Yo me quedé fría.
¿Cómo que un muerto?” Él me explicó que no era una posesión como la gente imagina.
No era que el espíritu estuviera dentro de mí controlándome.
Era más bien como una carga, como si me hubiera pegado algo encima para que se alimentara de mi energía.
me dijo que ese hombre que me besó probablemente traía ese trabajo encima, que quizá a él también se lo habían hecho, o quizá alguien le dijo que para liberarse tenía que pasárselo a otra persona y me escogió a mí.
Tal vez porque me vio vulnerable, porque en ese ambiente hay muchas mujeres solas y realmente somos la víctima perfecta.
Eso lo sabemos.
Yo sentí coraje y miedo a la vez.
El curandero me dijo que no iba a ser rápido, que habría que hacer varias limpias, que lo que traía se iba a resistir.
También me advirtió algo muy raro.
Dijo que en las mañanas iba a vomitar un líquido.
Me dijo que no me asustara, pero que ese líquido lo guardara en un frasco, que no lo tirara, que durante 30 días iba a hacer lo mismo y después él iba a indicarme qué hacer con eso.
Pensé que eso era imposible, pero pasó.
Después de la primera limpia, empecé a vomitar por las mañanas, un líquido oscuro, negro, viscoso, con grumos, que no olía como vómito normal.
Era más espeso, como podrido, pero sin ser exactamente comida descompuesta.
A mí me daba miedo verlo.
Me desagradaba, aparte de que me aterraba ver que eso salía de mí, saber que todo eso estaba en mi interior.
Lo guardaba como me había dicho, en un frasco bien cerrado.
Cada vez que lo hacía sentía vergüenza, terror y desesperación.
Yo estaba sola en esa lucha.
En ese entonces tenía mucho tiempo sin ver a mi familia y no podía recurrir a ellos, ya que sabían a lo que me dedicaba.
y no estaban muy orgullosos del camino que había tomado.
Pero después de volver todo eso, poco a poco sentía que algo dentro de mí se iba aflojando.
Las limpias eran muy fuertes.
El curandero rezaba, pasaba hierbas, huevo, humo, agua, veladoras.
A veces yo terminaba temblando, otras veces lloraba sin razón.
Un sentimiento muy fuerte llegaba a mí.
Las limpias eran muy desgastantes.
Era como si hiciera ejercicio, pero realmente yo solamente estaba parada.
Una vez, mientras él rezaba, escuché una respiración justo detrás de mí.
El curandero se dio cuenta, pero no se detuvo.
Solo dijo, “Ya se está manifestando, no le tengas miedo.
Con los días, las sombras en mi casa se hicieron menos frecuentes, así como la respiración, la cual, en definitiva, dejé de escucharla.
Y es que primero dejaron de escucharse todas las noches, después solo pasaba de vez en cuando.
Luego eran más débiles y más lejanas, como si aquello ya no tuviera fuerza para acercarse tanto.
El sueño del hombre de negro también cambió.
Antes lo veía parado en mi cuarto y después lo empecé a soñar más lejos, más y más lejos, hasta que finalmente lo veía fuera de mi casa como si ya no pudiera entrar.
Cuando se cumplieron los 30 días, el curandero me indicó qué hacer con el frasco.
No voy a decir exactamente dónde lo dejé porque él me pidió que no lo contara, pero sí puedo decir que lo tiré lejos de mi casa en un lugar donde no regresé jamás.
Posteriormente seguí yendo con él algunas semanas.
Finalmente un día me dijo, “Ya no hace falta que vengas.
Eso ya se fue.
Pero no te confíes.
Reza, cuida tu casa, usa un amuleto y aléjate de ese mundo, porque ahí hay gente que carga con cosas muy oscuras y no vaya a ser que te encuentres otra vez con ese hombre.
Yo quisiera decir que le hice caso por completo.
La verdad es que no.
Seguí trabajando, aunque ya no de la misma forma.
Me alejé de algunos lugares.
Empecé a moverme más por mi cuenta con contactos directos, evitando ciertos hoteles, ciertos clientes y ciertas horas.
Aprendí a escuchar mi intuición.
Ah, porque sí, después de esta experiencia algo dentro de mí se despertó.
Es como si pudiera sentir otras cosas.
A veces como percibir cosas que están a punto de pasar, algunas buenas y otras malas, pero es raro cómo actúa todo esto.
Tampoco volví a ver al hombre del cabello largo ni al cliente extraño.
Después del mes, mi apetito regresó.
Recuperé peso y volví a dormir, aunque nunca igual como antes.
Desde entonces, créeme, tengo mucho respeto por todo lo que tiene que ver con energías y con todo el mundo espiritual.
Antes creía que eran cuentos, simplemente charlatanería, pero hoy se de sobra que no es cierto, que existe.
Hay personas que vienen cargadas con maldad, pero también hay gente que trae cosas pegadas y a veces buscan a alguien más para dejárselas encima.
Yo no sé quién era ese hombre ni que cargaba.
No sé si lo hizo por desesperación, por maldad o porque alguien le dijo que esa era la única forma de salvarse.
Aunque si recuerdo bien, ese día en el hotel, él volteó a verme de una forma bastante burlona y esa sonrisa me hace pensar que él realmente no se estaba librando de nada, sino que quizá lo hizo por gusto, o al menos eso pienso.
Lo único que sé es que esa noche ese extraño me dejó un mal espíritu del cual afortunadamente pude librarme.
Esta es mi historia Stan.
Como te digo, cambia mi nombre, que no sé hasta dónde pueda llegar esta historia.
Gois 39, a través de la pestaña de comunidad del canal.
nos cuenta.
A mí me contaron esta anécdota.
La semana pasada fui con un amigo al centro.
Entramos desde la avenida San Pablo rumbo a Pino Suárez.
Y como ya es costumbre, en esas zonas aledañas, en cada esquina hay un tipo santo, ya sea San Judas Tadeo o la Santa Muerte.
Al pasar por un cruce donde hay gente reparando bicicletas, para ser exactos, ahí en Topacio hay una figura de la Santa en la esquina.
En ese momento, mi amigo me dijo, “Oye, ¿quieres saber lo que me pasó con esta un día?” Me contó que él vino un día y se quedó parado frente a ella y en su mente dijo, “Ay, a poco soy muy fregona.
” dijo que apenas pensó eso y los ojos de la santa se tornaron rojos como si tuviera luces por dentro o algo parecido.
Le comentó que era de día aún y que el efecto de la luz le pareció algo imposible e ilógico.
La gente que estaba ahí lo percibió algo sacado de onda porque me comentó que se le quedaron viendo.
Enseguida una señora se acercó a él y le dijo, “¿Se siente bien, joven?” Sí, todo bien.
Nada más que me quedé viendo a la niña.
La señora le respondió, “Tenga cuidado, joven.
No le pida nada porque se cobra muy fuerte.
” Me comentó que eso que le dijo a la santa lo dijo en un tono algo desafiante, como esperando que respondiera.
Yo le recomendé que se anduviera con cuidado.
Muchos dirán que es como cualquier creencia, pero a criterio personal.
El culto a la niña blanca no es ningún juego, es algo delicado.
Y por lo que vivió mi amigo, creo que en verdad él vivió de primera mano.
¿Qué tan fuerte puede ser la santa? Este es un relato que encontré en Facebook, una experiencia extraña que tiene que ver con fallos en la realidad.
justamente sucedido en la Merced.
Un usuario comparte su historia.
Cierta ocasión, en épocas navideñas, mi mamá y yo fuimos a la Merced a comprar dulces y cosas para hacer aguinaldos.
El mercado estaba llenísimo, como siempre en diciembre, ya sabes, luces, puestos repletos, algunos venden juguetes y también las clásicas piñatas.
Después de comprar todo, por fin encontramos la salida y nos fuimos.
Pero apenas unos metros después nos dimos cuenta de que habíamos olvidado comprar bolsas de celofán justamente para los dulces.
Así que regresamos.
Y aquí fue donde pasó algo extraño.
No nos metimos por otro pasillo, no dimos vueltas raras, simplemente caminamos de regreso por el mismo lugar por donde habíamos salido.
Fueron quizá tres locales nada más.
Compramos las bolsas y cuando intentamos regresar a la salida ya no estaba.
Lo lógico era simplemente volver sobre nuestros pasos, pero cada vez que intentábamos regresar terminábamos en otro sitio completamente distinto del mercado.
Era como si el lugar hubiera cambiado de forma.
Recuerdo que mi mamá y yo empezamos a desesperarnos porque jurábamos que la salida estaba literalmente a unos cuantos metros.
Pero entre más intentábamos volver, más nos perdíamos.
Dimos vueltas durante muchísimo tiempo, pasillos atascados de personas, rutas que parecían las mismas, pero terminaban en otros lugares.
Y lo más inquietante era que ambos estábamos seguros de que no tenía sentido estar perdidos tan rápido.
Al final terminamos saliendo por otro extremo del mercado, completamente distinto al lugar por donde habíamos entrado.
Hasta la fecha seguimos sin entender qué pasó realmente, porque no fue como perderse en un lugar enorme.
Después de horas caminando, solo fueron unos cuantos metros y aún así fue como si por un momento el mercado hubiera cambiado la realidad alrededor de nosotros.
Hasta aquí el video del día de hoy.
Espero que te haya gustado.
Ya hemos escuchado algunas otras historias de la Merced.
Aquí me gustaría preguntarte, ¿tú has vivido algo extraño en esta icónica colonia del centro? Si así lo es, puedes enviarme tu historia a mi correo evidencia.
tan@gmail.
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La música del video es por Repulsive.
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Sin más que decir, no te olvides que yo soy Stan y te deseo dulces, pesadillas.
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