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**¿Te imaginas entrar a la habitación de un cliente y descubrir que el cuarto está preparado como un set de filmación y una mesa con herramientas de carnicería? 😰** Esto le pasó a Roxana, una joven bailarina en Guadalajara. Tras aceptar una oferta de un cliente adinerado y elegante para ir a su casa en la colonia Americana, descubrió detrás de una cortina dos cámaras profesionales apuntando a la cama y una mesa quirúrgica con cuchillos y serruchos perfectamente limpios. Al intentar escapar, el hombre la descubrió y la amenazó de muerte recordándole que sabía dónde trabajaba. Logró huir con vida, pero el terror de haber estado a punto de convertirse en la protagonista de una película snuff la persiguió por años. 👇 **¿Qué horrores inimaginables escondía una pareja de extranjeros en la Condesa y qué perturbador secreto descubrió un acompañante en Monterrey? Escucha estas impactantes historias acá:**

Hay oficios que, sin duda, pueden acercar a las personas a situaciones más que desagradables y extrañas, tal cual como lo pueden ser los médicos forenses, los cuales con frecuencia tienen experiencias paranormales, o los guardias de seguridad nocturnos que llegan a tener encuentros con lo paranormal, ya sea por la soledad o por las horas en las que ellos desempeñan su labor.

Asimismo, el oficio más viejo del mundo también puede acercar a las chicas.

o chicos que desempeñan este trabajo a situaciones peligrosas, indeseables e inclusive paranormales.

Experiencias que no cualquier persona podría soportar, pero que ellas tienen que aguantar para sobrevivir.

Uno nunca sabe qué hace a una persona tener un acercamiento con este mundo o dedicarse al mismo.

Eso sin mencionar que muchas de ellas están ahí por deseo propio.

Y eso es lo más oscuro de todo este mundo.

Por lo mismo, te pido respeto y sin más dilación, pasemos con experiencias aterradoras de chicas de la noche.

Roxana nos cuenta su historia.

Te escribo con mucho respeto y con algo de miedo todavía.

Han pasado más de 20 años, pero hay recuerdos que no se borran nunca.

Cuando pasó todo esto, yo tenía 23.

Era joven, ingenua, en muchas cosas y aunque suenea duro decirlo, también estaba cansada de sobrevivir.

En ese tiempo trabajaba bailando en un mensubara.

No lo hacía por gusto, sino porque era lo que me permitía pagar renta, comer y mandar algo de dinero a mi familia.

Yo no era de Guadalajara, soy originaria de Tijuana y había llegado a la ciudad buscando empezar de nuevo.

Las noches en ese lugar eran todas parecidas.

La música, las luces, hombres que te ven, pero que a la vez no lo hacen.

Aprendí rápido a leerlos, a distinguir quién solo quería hablar, quién era grosero y quién podía ser peligroso.

Por eso, él me llamó la atención desde el principio.

Siempre llegaba solo, nunca levantaba la voz, era joven, guapo.

Yo calculo que tendría unos 28 años de edad, tal vez un poco más.

Vestía muy bien, ropa elegante, reloj caro, zapatos limpios, pero lo que más recuerdo era su perfume.

No era común y tampoco era barato y se quedaba impregnado incluso después de que se iba.

Eso y su forma de comportarse más pensar que era alguien con dinero y poder.

Durante semanas, tal vez meses, siempre me pedía privados.

Nunca cruzó límites, nunca me hizo sentir incómoda.

Hablaba poco, observaba mucho.

Con el tiempo empecé a sentirme segura con él.

Hoy me duele admitirlo, pero bajé la guardia.

Una noche me hizo una propuesta distinta.

Me dijo que si quería ir a su casa, que ahí estaríamos más tranquilos, sin interrupciones y que, claro, me daría un muy buen dinero extra.

Dudé, claro que dudé, pero también pensé que lo conocía, que no me había dado motivos para desconfiar.

Acepté.

Nunca debí hacerlo.

Me llevó a una casa grande en la colonia americana.

Desde afuera se veía elegante, de esas casas antiguas, pero bien cuidadas.

Al entrar, la sala me impresionó.

Los muebles, cuadros, todo perfectamente acomodado.

No había desorden, no había ruido, era un silencio raro, pesado.

Me llevó por un pasillo largo hasta el cuarto.

Ahí fue donde noté algo que me incomodó.

La mitad del cuarto estaba cubierta por una cortina gruesa, como si dividiera el espacio en dos.

No dijo nada al respecto, solo me dijo que me adelantara, que él iba a prepararse.

Desde el momento en que se fue, sentí un nudo en el estómago.

No sé si fue intuición, miedo o simple curiosidad, pero me acerqué a la cortina, la toqué.

Era pesada, la corrí apenas y lo que vi me paralizó.

Detrás había dos trípodes con cámaras grandes.

A mí se me figuraron como las de un foro de televisión.

Eran profesionales.

Apuntaban hacia el centro del espacio, hacia donde estaba la cama.

Del otro lado de la cortina también había una mesa metálica perfectamente limpia y sobre ella instrumentos quirúrgicos, cuchillos, cerruchos, pinzas, todo acomodado con cuidado, como si alguien supiera exactamente lo que hacía.

No había manchas rojas que mostraran rastros de algo atroz.

No había suciedad.

Eso fue lo que más me dio miedo.

En ese instante mi mente se llenó de recuerdos y rumores.

Yo provenía de Tijuana y en esos años se hablaba mucho de las muertas de Juárez.

Las historias terribles que decían que algunas mujeres eran acabadas para ser grabadas, que esos videos se vendían al extranjero por cantidades enormes de dinero.

También recordé una película que estaba muy de moda en ese tiempo, Hostel, donde gente rica pagaba por acabar con personas en otros países.

Todo eso pasó por mi cabeza en segundos.

Sentí que estaba en peligro real.

Intenté abrir la ventana del cuarto, estaba cerrada por fuera.

Ahí entendí que no tenía mucho tiempo.

Si quería salir de ahí, tenía que hacerlo.

Ya salí del cuarto tratando de no hacer ruido y caminé rápido por el pasillo hacia la puerta principal.

Mi corazón latía tan fuerte que sentía que se me iba a salir del pecho.

Cuando estaba a punto de llegar, escuché su voz detrás de mí.

¿A dónde vas? Me congelé, me volteé despacio y le dije lo primero que se me ocurrió, que tuve una emergencia familiar, que tenía que irme de inmediato al hospital.

El sujeto me miró fijamente sin parpadear.

Yo no sonreía.

Ya no era el mismo tipo del club.

Parecía ser otra persona.

Es verdad.

Me preguntó con un tono frío que me atravesó.

Sí, me tengo que ir.

Entonces se me acercó, me tomó del hombro con una fuerza que no esperaba y se inclinó hacia mi oído.

Su voz era baja, controlada, amenazante.

Si dices algo, te hago pedazos.

Al final ya sé dónde trabajas.

Solo abrí la puerta y corrí.

Corrí sin pensar.

Sin voltear atrás, con el miedo empujándome.

Me subí a un taxi y me fui.

No paré de temblar en todo el camino.

Durante semanas no pude dormir bien.

No regresé al club.

Evité esa zona de la ciudad por completo.

Años después supe que esa casa se rentaba constantemente, que nadie duraba ahí demasiado.

Nunca volví a ver al hombre.

No sé qué hacía realmente.

No sé si alguien más no tuvo la misma suerte que yo, pero algo sé con certeza.

Esa noche pude no haberlo contado, pude haberme quedado ahí.

Te escribo porque tengo una historia que pocas amigas conocen y que he cargado toda mi vida.

Y aunque han pasado unos 15 años de esta experiencia sigue apareciendo en mi cabeza de vez en cuando.

Me gustaría que me llamaras Rosa.

En ese tiempo yo trabajaba como acompañante nocturna.

No existían aplicaciones todavía como ahora y yo no ocupaba sitios web como muchas ocupan actualmente.

Varias de nosotras nos anunciábamos en periódicos locales.

Eran anuncios pequeños.

Algunos discretos con una foto donde siempre nos tapábamos el rostro.

Algunas colegas ocupaban las fotos de modelos o famosas para llamar la atención.

Aún así, aunque suene ilógico, muchos clientes creían que sí encontrarían a esa persona.

Mucha gente creía que nadie llamaba, pero la verdad es que sí llamaban y bastante.

Había de todo tipo de clientes.

Con el tiempo, una se vuelve dura.

Aprende a no sorprenderse fácilmente y conoces desde hombres solitarios, algunos raros, otros amables, como si esto fuera lo más normal del mundo, y muchos que simplemente daban miedo.

También de vez en cuando era común encontrar parejas.

No era lo más cotidiano, pero ya me había tocado antes, así que no era algo completamente nuevo para mí.

Una noche me llamaron.

Era una pareja que vivía en la colonia Condesa desde la llamada noté algo distinto.

El acento eran estadounidenses gringos.

Su español era un tanto complicado de entender, pero me explicaron lo que querían y acepté poniendo una condición clara.

Solo interactoría con ellos, nadie más.

Cuando llegué a la dirección, entendía de inmediato que no eran mexicanos, eran extranjeros, probablemente gringos o canadienses, una pareja ya mayor, alrededor de unos 60 años.

No parecían nerviosos ni improvisados, al contrario, se notaba que no era la primera vez que hacían algo así.

El departamento era antiguo, grande, pero muy muy descuidado.

Desde que entré sentí algo raro.

Había otras parejas ahí, todos extranjeros.

La mayoría eran blancos, no hablaban entre ellos, solamente observaban y llevaban antifas, lo cual me incomodó profundamente.

Volví a aclarar que yo había aceptado simplemente con ellos dos, con la pareja.

Es así que el señor, en un tono calmado y un español apenas entendible, me dijeron que no me preocupara, que ellos no participarían, que solo mirarían.

Lo dijeron con una naturalidad que francamente me congeló.

Incluso comentaron como si fuera algo normal, que ya lo habían hecho antes con otras chicas.

En ese momento pensé en irme.

No sabía de qué serían capaces estas personas.

Y es que si querían podían hacerme lo que quisieran, pero ya estaba ahí, así que decidí continuar con el trabajo.

El lugar estaba distribuido de forma extraña.

Entrabas directo a la sala, a la mano derecha estaba la cocina y luego al fondo un pasillo largo con tres cuartos, uno a cada lado y al fondo una habitación más grande que parecía la recámara principal y al lado de un cuarto estaba un baño.

Todo se sentía frío, como silencioso.

Es así que decidí hacer el trabajo.

Todo se hizo en medio de la sala.

Mientras las demás personas simplemente observaban de forma seria, parecían simplemente analizar el acto.

Cuando todo terminó, yo solo quería irme.

Fui al baño para limpiarme y tranquilizarme un poco.

Estaba abrumada.

Fue ahí donde ocurrió lo peor.

Mientras me lavaba las manos, noté algo en la regadera.

En el tubo donde estaba la cortina había ropa, era un pequeño pans y una playera muy pequeña.

Estaba ahí colgada como si se estuviera secando.

Ropa que claramente no era de adulto.

Eso ya me parecía extraño, pero lo que terminó de romperme fue ver una playerita muy pequeña hecha bolita en una esquina de la regadera.

Estaba mojada.

Me llené de curiosidad.

Así que decidí tomarla.

Es así que la extendí y vi que estaba manchada.

Tenía una mancha roja y en medio de esa mancha había un agujero.

Sentí un vacío en el estómago, una sensación de peligro inmediato, de algo que no debía estar viendo.

La dejé exactamente donde estaba, casi replicando la forma en cómo estaba hecha bola en esa esquina.

Cuando salí del baño, juro que escuché el llanto de un niño proveniente del cuarto del fondo del pasillo.

Fue un sonido breve, ahogado, como si alguien intentara callarlo.

No quise confirmar si era real.

Caminé de regreso a la sala con las personas.

Mis piernas estaban temblando.

El hombre de la pareja me vio de forma seria.

Las demás personas se llenan en los sillones ahora simplemente tomando una copa de vino.

Fue una escena sumamente extraña, a la vez de espeluznante.

El hombre me vio de forma seria y es que el llanto, juro que se escuchó muy claro.

Él simplemente sacó dinero y me dio un extra en dólares.

Él notó el nerviosismo en mí, pero simplemente se limitó a abrirme la puerta del departamento.

No agradecí, no miré atrás, no pregunté nada, sabía que no quería saber más.

Nunca volví a aceptar un servicio en esa zona.

No volví a atender a extranjeros en grupo y nunca volví a anunciarme en ese periódico después de eso, al menos en un tiempo.

No sé exactamente qué hacían esas personas.

No sé si lo que escuché fue real o producto del miedo, pero hay cosas que una siente en el cuerpo sin necesidad de pruebas.

Y lo que vi en el baño creo que indicaba algo muy obvio.

Ellos hacían prácticas muy turbias y sobre todo prohibidas.

Hasta hoy cuando recuerdo esa ropa en el baño y recuerdo ese llanto que está profundamente grabado en mi memoria, me hace pensar en qué clase de personas eran ellos, hasta dónde estaban dispuestos a llegar conmigo, si es que cambiaban de parecer.

Esto es algo que me hizo repensar muchas cosas y sobre todo tener cuidado de con quién meterme.

Hola, Stan.

No sé si algún día puedas leer esto completo, pero si lo haces, solo te pido algo, que mi historia se cuente con respeto.

No busco lástima, busco que se sepa que esto sí pasó.

Mi hijo me está ayudando a escribir esto y traté de resumirlo lo más posible.

Yo soy de Oaxaca.

En el año 2009 tenía apenas 18 años.

Vivía con mi familia en una comunidad muy pequeña.

Yo quería trabajar para ayudar en la casa.

Cierto día conocí a una mujer que me ofrecía empleo fuera del estado.

Me habló bonito, me prometió un sueldo fijo, hospedaje y comida.

Dijo que sería algo temporal.

Ella había llegado al pueblo por cuestiones de negocios supuestamente, pero parecía más como una reclutadora de jóvenes, de mujeres jóvenes.

Nunca imaginé que esa decisión me iba a quitar la libertad.

Decidí irme con ella.

El viaje fue largo.

Cuando llegamos entendí que ya no estaba cerca de casa.

Estaba en Toluca.

Aunque en ese momento ni siquiera me dijeron dónde estaba exactamente.

Ahí fue cuando todo cambió.

Me quitaron el teléfono, mis papeles me dijeron que ya no podía irme, que ahora tenía una deuda, que debía pagar trabajando.

Yo no entendía, pregunté, lloré.

Grité.

Me respondieron con amenazas.

Me dijeron que se intentaba escapar.

Mi familia iba a pagar las consecuencias.

Fue entonces cuando supe la verdad.

Me habían raptado para obligarme a venderme.

¿Tú me entiendes? No estaba sola.

En ese lugar había muchas otras chicas.

Algunas de Veracruz, otras de Guerrero, de Chiapas, de Puebla.

Todas jóvenes, todas con la misma mirada, miedo, cansancio y silencio.

Nadie hablaba de su vida anterior, nadie preguntaba cuando íbamos a salir.

Aprendimos rápido o nos hicieron aprender rápido que callar era sobrevivir.

Los días se mezclaban con las noches.

Perdí la cuenta del tiempo.

Cada cliente se sentía igual.

Y nosotras, lamentablemente, nos acostumbrábamos a eso, a estar con cualquiera que tuviera el dinero para comprarnos.

Ahí, quieras o no, te haces fuerte.

Yo me repetía todos los días que tenía que salir viva.

Una madrugada escuchamos gritos distintos.

No eran los de siempre, eran órdenes, pasos, golpes en las puertas.

Pensé que nos iban a castigar o que nos iban a llevar a otro lado, pero no.

Era un operativo.

Hombres que se identificaban como afisaron al lugar.

Nos gritaron que saliéramos, que ya estábamos a salvo.

Yo no les creío.

Pensé que era otra mentira hasta que vi cómo se llevaban esposados a quienes nos cuidaban.

Ahí entendí que se había terminado.

Nos sacaron una por una, nos cubrieron, nos hablaron con calma.

Muchas lloramos sin poder parar, otras no lloraron nada.

Había mujeres o chicas que ya estaban vacías.

Parecían tener nada dentro.

No esperaban nada ni tenían esperanza.

Yo temblaba tanto que no podía caminar bien.

Nos dijeron que nos pasarían a un lugar donde tendríamos que dar nuestra información para que así dirian con nuestras familias.

Yo regresé a Oaxaca tiempo después, no volví siendo la misma.

esa etapa, esa época que ni siquiera me atrevo a escribirla aquí con detalle porque en primera no vale la pena y porque en segunda hecho lo posible para bloquear ciertas cosas, pero sigo aquí viva con mi familia y con mi hijo.

En ese lugar entendí que este tipo de cosas no son historias lejanas, no es algo que solo pasa en las noticias.

pasa en silencio, pasa con engaños.

Dice que esto es algo que incluso hasta la fecha sigue pasando todavía y hoy te hablo por todas aquellas que no pudieron llegar a serlo.

No sé si algún día vayas a leer esto, pero después de escucharte decir que enviáramos nuestras anécdotas, sentí que tenía que escribirte.

Solo te pido discreción.

Porque lo que voy a contarte es algo que me marcó y que hasta hoy no logro entender del todo.

Cuando pasó todo, yo tenía aproximadamente 15 años.

Una tarde me encontraba en la estación Pino Suárez.

Iba con una amiga, pero al entrar al metro nos separamos porque ella se dirigía a bellas artes.

Mientras caminaba por la estación que vi llamó la atención.

No era algo completamente nuevo para mí.

Ya había notado antes que en algunas estaciones del metro había mujeres que se dedicaban a la vida galante.

No me sorprendía su presencia, aunque eso evidentemente no era para nada algo lícito.

Lo que me sorprendió en verdad fue que una de ellas en particular era diferente.

Era una chica que a simple vista parecía de mi edad, quizá incluso más joven.

Se notaba desorientada.

como bajo el efecto de alguna sustancia estaba acompañada de un hombre mucho mayor.

Lo más inquietante es que había policías cerca observando y no hicieron absolutamente nada.

Eso fue lo que me encendió las alarmas.

Me pareció tan fuera de lugar ver a alguien de esa edad con un adulto que al parecer estaba hablando con ella y al parecer llegando a un acuerdo.

Decidí seguirlos, no por valentía, sino por una mezcla de curiosidad, miedo y una sensación extraña de que algo no estaba bien.

Lo seguí fuera de la estación y vi cómo entraban a un hotel.

Yo me quedé afuera dudando.

Después de un rato vi salir solo al hombre.

Eso me inquietó aún más.

Me quedé observando, esperando a que saliera su acompañante.

De pronto escuché gritos.

Me acerqué a la entrada del hotel y había una discusión muy fuerte.

Estoy casi seguro de que venían del cuarto donde había entrado la chica.

Logré escuchar que la pelea tenía que ver con el hombre con el que había llegado.

Pensé en intervenir, pero no me animé.

No iba a serme el héroe.

Estaba paralizado, asustado, sin saber qué hacer.

Cuando por fin salieron del cuarto, yo estaba tan nervioso que era obvio que había escuchado todo.

En ese momento, la chica se dio cuenta de mí.

Me retó.

No sé de dónde saqué el valor o la estupidez para decirle que iba a llamar a la policía porque ella claramente se veía que tenía mi edad.

Jamás voy a olvidar lo que pasó después.

Ella me agarró de la camiseta, me sacó empujones del hotel e incluso me pateó en el forcejeo.

Mi celular cayó y se rompió.

Yo no podía entender lo que estaba pasando, pero lo peor vino después.

Justamente mientras estaba forcejeando con la chica, pasó un policía justo a mi lado.

Pensé que iba a ayudarme, pero no.

Solo vio la escena y siguió caminando como si fuera algo totalmente normal.

Antes de irse, la chica me insultó y me gritó que no me metiera problemas.

No entendí nada.

Tal vez solo te escribo esto para desahogarme, pero desde ese día me hago la misma pregunta una y otra vez.

¿Qué tan podrida está la sociedad para que la autoridad vea estas cosas y no le importe? Y aún peor, ¿cómo es posible que estas personas que claramente no están ahí porque quieren terminen defendiendo a quienes los lastiman? Pero sé que la gente que las maneja tiene tácticas y formas bastante delesnables para manipularlas.

Y eso es lo que más me da miedo de todo esto, ya que si bien actualmente ya casi no hay chicas en las estaciones de metro, sí lo hubo durante un tiempo y estoy seguro de que las autoridades sabían perfectamente que todo esto sucedía.

Realmente nunca pensé en contar esto, mucho menos admitirlo.

Verás, Stan, trabajé durante varios años como acompañante.

No es algo de lo que me sienta orgulloso ni avergonzado.

Simplemente fue una etapa en mi vida.

La mayoría de mis clientas eran mujeres mayores, solas, con dinero y con una necesidad clara.

compañía, a veces afecto, a veces atención, a veces solo sentirse vistas.

Así es como conocía a Beatriz.

No es un hombre real, obviamente.

Ella básicamente me triplicaba la edad.

Era una mujer muy elegante, educada, con un poder adquisitivo que se notaba desde la primera cita.

Nunca me negó nada.

Ropas.

viajes, dinero, regalos.

Si deseaba algo, ella lo conseguía.

Para ella, yo era más que un acompañante.

O al menos eso decía.

Nuestra relación se daba casi siempre en un departamento que ella tenía en el centro de la ciudad de Monterrey.

Era un lugar bonito, silencioso, demasiado callado.

Desde la primera vez noté algo que me incomodó.

En una repisa, como si fuera un altar discreto, había una urna funeraria y junto a ella una fotografía de un hombre.

Beatriz me explicó con naturalidad que era su esposo fallecido.

Yo realmente ignoraba este dato, al menos al principio.

Debo aclararte algo.

Desde niño tengo cierta sensibilidad para percibir cosas que otros no ven.

No siempre pasa.

No siempre quiero que pase, pero sucede.

llámese presencias, sombras, sensaciones que no deberían estar ahí.

Y con Beatriz empezó a pasar.

Las primeras veces fueron cosas pequeñas, cambios de temperatura, la sensación de que alguien más estaba en el departamento cuando solo estábamos ella y yo.

Pero las manifestaciones siempre ocurrían en los mismos momentos.

cuando nos acercábamos más, cuando había muestras de cariño, cuando ella me abrazaba con algo que ya no era solo deseo, sino afecto.

Y entonces lo vi.

No fue de golpe, primero fue una sombra, luego una figura quieta en el marco de una puerta, como asomándose.

Sencillamente observaba siempre en silencio.

Un día, mientras Beatriz estaba en otra habitación, levanté la vista y lo vi claramente.

Era idéntico al hombre de la fugata junto a la urna.

Lo vi en un pestañeo, pero no me miraba con rabia, me miraba con algo peor, reproche.

Jamás le dije nada a Beatriz.

Y es que, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo explicarle que su difunto esposo parecía estar presente cada vez que yo estaba con ella? Me lo guardaba.

Fingí que no pasaba nada, pero las apariciones se volvieron más constantes y luego se volvió más notorio.

Comencé a soñar con él.

En los sueños el hombre me agredía, me empujaba contra la pared, me gritaba que me alejara de su mujer, que no la tocara, que no ocupara su lugar.

Su rostro no era borroso ni difuso, era real, sólido, lleno de odio.

Los sueños eran bastante vívidos.

Y lo más fuerte fue cuando dejé de verlo solo en la casa de Beatriz.

Una noche, ya en mi propio departamento, sentí esa misma presencia, el mismo frío, el mismo peso en el ambiente y supe por este instinto que tengo que me había seguido.

Ahí entendí que esto ya no era un juego, ni una coincidencia, ni algo que pudiera ignorar.

Corté todo contacto con Beatriz sin explicaciones.

Cambié de número, me alejé por completo.

Me dolió.

Sí, porque a su manera ella había sido buena conmigo.

Pero el miedo era más fuerte.

Desde el día que la dejé, el hombre desapareció.

Nunca volvió a manifestarse.

Nunca más soñé con él.

Nunca más sentí esa presencia.

Hoy estoy convencido de algo.

Ese hombre nunca se fue.

Y mientras yo estuve ahí, mientras ocupé un espacio que no me correspondía, él se aseguró de hacérmelo saber.

Esto es de lo más raro que me sucedió mientras desempeñaba esa labor.

Como te dije en un inicio, no me arrepiento, pero vaya que esta experiencia me impactó en muchos sentidos.

No sé si lo que voy a contar te tenga una explicación lógica.

Yo ya no la busco.

Prefiero pensar que hay cosas que simplemente pasan y que algunas personas cargamos con ellas.

Trabajo en el oficio más viejo del mundo desde hace muchos años.

No voy a decirte dónde ni desde cuándo exactamente, solo que he visto de todo, toda clase de hombres e inclusive mujeres.

Con el tiempo aprendí algo muy importante.

Cuando algo se siente mal desde el inicio, casi siempre lo está.

Esa noche un cliente llegó sin avisar.

Me recogió de la avenida de donde yo suelo estar.

No lo había visto antes.

No era alguien que se anunciara ni que viniera recomendado.

Simplemente apareció.

Vestía normal.

Lo único raro era su mirada.

No parpadeaba.

Subimos a una habitación de un hotel que está por mi calle.

Desde que cerré la puerta sentí una sensación que solo puedo describir como estar acompañada, aunque solo estuviéramos dos personas.

El aire estaba pesado, como si el cuarto estuviera ocupado por algo más.

Él no hablaba, se sentó en la cama y me miraba como si yo no fuera una persona, sino un recuerdo.

Cuando se acercó, sentí un frío extraño, como si su piel no tuviera temperatura.

No voy a entrar en detalles, pero hubo algo que me marcó.

Cada vez que yo mostraba algún gesto de afecto, una caricia, algo que no fuera solo automático, él se detení.

Se ponía rígido, molesto, como si eso no estuviera permitido.

En un momento se levantó y fue al baño.

Ahí lo escuché hablar, pero no conmigo.

Susurraba, discutía.

Decía frases como, “Ya te dije que no.

” Y no es lo que crees.

Pensé que se había metido algo o que hablaba por teléfono, pero cuando salió no llevaba más en las manos.

Terminamos rápido, demasiado rápido.

Antes de irse me dijo algo que todavía me provoca escalofríos.

Gracias por cuidarlo mientras yo no estaba.

Me pregunté de qué hablaba.

Me miró confundido, como si yo fuera la que no entendía.

De ti, dijo, siempre has sido tú.

Se fue.

Pensé que era un loco más.

El problema es que regresó, pero no físicamente.

Esa misma noche, cuando me acosté a dormir, sentí que alguien se sentaba en la orilla de mi cama.

Era el mismo frío que había sentido cuando ese hombre estaba conmigo.

Abrí los ojos y lo vi de pie, observándome exactamente como lo había hecho horas antes.

Intenté gritar, pero no pude.

Rápidamente prendí las luces y ya no estaba por ningún lado.

Era como si lo hubiera imaginado, pero se veía muy real.

Esto empezó a pasar en otros lugares, en el espejo del baño, en el reflejo de ventanas, en sueños donde me reclamaba cosas que yo no recordaba haber hecho.

Soñaba que me decía que yo ya había sido suya antes, que no era la primera vez que me encontraba.

El hecho de que este hombre me estuviera molestando y apareciéndome duró algunas semanas.

Pero su presencia se fue desvaneciendo.

Aquí tengo dos hipótesis.

Una es que este hombre se dedicaba a la magia, a la hechicería o algo parecido y algún rastro de él, alguna energía suya se quedó atrapada en mí por alguna razón.

Y la otra es que él fuera alguna clase de fantasma o algo parecido, algún alma errante.

Aunque realmente no sé con quién estuve esa noche, pero fue lo más raro que me tocó en este oficio.

Hasta aquí el video del día de hoy.

Espero que te haya gustado.

Ya hemos escuchado algunas historias de trabajadoras nocturnas.

Con lo ya escuchado, creo que podemos confirmar que ellas tienen los acercamientos paranormales y también masturbios que se puedan hallar en cualquier trabajo.

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La música del video es por Repulsive.

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