¿Por qué en el centro histórico se juntan las peores situaciones del mundo criminal y paranormal de toda la capital? Múltiples veces te he hablado de toda la clase de crímenes que se cometen aquí, desde robos pequeños a transeútes hasta delitos tan terribles como el tipo, que llevaban un diablito los restos de pequeños que supuestamente habían sido ofrendados en alguna especie de ritual.
Cosas así de fuertes se han vivido en el centro.
Pero asimismo, entre esta clase de atrocidades conviven energías extrañas, fenómenos paranormales que llegan a pasarles a algunos visitantes y vecinos de la zona, desde encontrarse con el famoso maniquique de Ambulan en Reforma hasta museos que guardan entidades por demás oscuras.
Te pido te quedes porque esta entrega de historias aterradoras en el centro viene sumamente fuerte.
Es así que sin más dilación, pasemos con experiencias turbias en el centro histórico.
Hola, Sten.
Mi nombre es Mónica.
Quiero contarte algo que pasó hace varios años, cuando todavía iba en la preparatoria.
Hasta el día de hoy, cada vez que recuerdo esa experiencia hace que me aterre por lo cerca que estuve de algo aterrador, sobre todo por estar cerca de algo que no puedes explicar con lógica.
y que a pesar de eso me dejó marcado para siempre.
Desde niña siempre fui una persona muy sensible a las energías.
No sé exactamente cómo explicarlo, pero podía entrar a ciertos lugares y sentir si algo estaba mal.
A veces percibía presencias, veía sombras o simplemente una sensación pesada en el cuerpo o un intenso dolor de cabeza.
Con el tiempo aprendí a vivir con eso.
Mi abuela decía que yo había heredado esa sensibilidad de ella porque ella sabía curar con hierbas, hacer limpias y manejar ciertas energías.
Yo nunca me consideré bruja ni nada por el estilo, pero siempre entendí que había cosas que yo podía sentir y otras personas no.
Todo pasó más o menos en abril o mayo del 2013.
En la preparatoria nos dejaron una tarea de historia.
teníamos que visitar el museo de la tortura o también conocido como museo de la Santa Inquisición ubicado en la calle Tacuba, en el centro histórico, muy cerca del metro Allende, la tarea consistía en recorrer el museo, conocer algunos instrumentos utilizados durante la época de la Santa Inquisición y escribir cuáles nos parecían más extremos.
También teníamos que investigar cómo llegó la Santa Inquisición a México, durante qué años estuvo activa y cómo es que dejó de operar, cosas por el estilo.
Cuando la maestra mencionó el museo, todos mis compañeros se emocionaron.
A muchos les daba curiosidad ver esos instrumentos.
A mí también me llamó mucho la atención.
No voy a mentir.
Siempre me había sentido interesado por los temas antiguos y todo lo relacionado a cuando se perseguían a las brujas o herejes.
Siempre me daba curiosidad saber cómo operaba la Santa Inquisición.
Pero desde el momento en que supe que tenía que ir a ese lugar, algo dentro de mí se sintió mal.
No era miedo normal, era una sensación extraña, como un aviso, como si mi cuerpo supiera algo que mi mente todavía no entendía.
Sentía un hueco en el estómago cada vez que pensaba en el museo.
Me daba curiosidad, sí, pero al mismo tiempo algo me decía que no debía ir.
Aún así, no podía faltar a la tarea.
Quedé de verme con una amiga en el metro Allende.
La idea era entrar juntas al museo para que no se sintiera tan pesado el recorrido y sobre todo ir a pasear después de entrar al museo.
Recuerdo que ese sábado iba en el metro con una inquietud horrible.
Todo el trayecto sentí como si algo malo fuera a pasar.
No podía concentrarme.
Miraba a las personas en el vagón.
Escuchaba el sonido del metro avanzando entre las estaciones, pero mi mente estaba en otra parte.
Tenía una presión en el pecho.
Cuando por fin llegué a Metroyende, me bajé y empecé a buscar a mi amiga.
Yo había llegado un poco tarde, así que pensé que quizá ella me estaba esperando afuera.
Salí, pero no la vi.
Me crucé del otro lado de la calle para ver si estaba en la otra salida del metro, pero tampoco.
Le llamé varias veces y no contestaba.
Pasó media hora y yo ya estaba incómoda.
No solo porque estaba sola, sino porque esa sensación rara se estaba haciendo más fuerte.
De pronto, mi celular sonó.
Era ella.
Contesté rápido, pensando que ya había llegado, pero me dijo que la perdonara, que no iba a poder ir.
había pasado algo en su casa y que mejor iba a ir al museo al día siguiente con su familia.
En ese momento me sentí mal, no quería entrar sola.
Algo dentro de mí decía que me fuera, que regresara otro día, que no pasaba nada si hacía la tarea después.
Pero también pensé que ya estaba ahí, que ya había hecho el trayecto y que no quería regresar sin haber cumplido.
Así que aunque no quería, terminé entrando sola.
Desde que puse un pie dentro del museo, el ambiente se sintió diferente.
No era solo que el lugar fuera oscuro o que los objetos fueran perturbadores.
Era algo más.
El aire se sentía pesado, como si todo ese sitio estuviera cargado de dolor.
Había personas recorriendo el museo, pero aún así yo me sentía completamente sola.
Recuerdo que en el museo te prestaban unos audífonos.
estaban sincronizados con el recorrido y conforme avanzabas, el audio te iba explicando cada método y qué tipo de castigos se aplicaban y a qué condenados iban dirigidos.
Al principio traté de concentrarme en la tarea.
Iba notando mentalmente algunas cosas, observando los instrumentos y escuchando la explicación, pero cada paso que daba me hacía sentir más incómoda hasta que llegué a una sección donde estaba el instrumento conocido como Potro.
A un lado de ese objeto había un maniquí vestido como verdugo.
No sé por qué, pero desde que lo vi me impactó.
El maniquí estaba de pie, cubierto con una especie de capucha oscura.
No se le veía la cara.
Estaba mirando hacia el frente, rígido como parte de la exhibición, pero había algo en él que no se sentía como un simple objeto.
Cuando pasé junto a él, sentí un dolor fuerte en el estómago.
Fue repentino, como si alguien me hubiera apretado por dentro.
Me detuve un segundo, respiré y traté de convencerme de que era sugestión.
Pensé que quizá el lugar me estaba afectando, que tal vez el ambiente y los audios estaban jugando con mi imaginación.
Seguí caminando, pero algo me hizo voltear como un sentido de alerta y en ese momento noté algo.
El verdugo ya no estaba en la misma posición.
No fue un cambio enorme, pero sí lo suficiente para darme cuenta.
Antes estaba viendo hacia el frente, hacia donde estaba el potro, completamente recto, y ahora su cuerpo parecía haberse girado ligeramente, como unos 90 gr.
Era como si yo le hubiera sorprendido a medio movimiento y él se hubiera detenido de golpe.
Sentí que la sangre se me fue a los pies.
Miré alrededor buscando si alguien más se había dado cuenta, pero las pocas personas que estaban cerca seguían caminando normal, viendo las vitrinas, escuchando sus audios como si nada estuviera pasando.
Yo quería decir algo, pero no podía.
Mi mente trataba de encontrar alguna explicación.
Quizá alguien lo había movido, quizá yo lo había visto mal, quizá la luz me había engañado, pero en el fondo sabía que no era así.
Me alejé rápido de esa parte y seguía el recorrido, aunque en ese punto yo ya solo quería salir.
Después llegué a otra zona donde estaba la tortura de la rueda.
Ahí había otro maniquí colocado como si fueraado.
La escena era fuerte, pero lo que más me perturbó fue que ese muñeco se veía demasiado real.
No parecía un simple maniquí.
Tenía una presencia extraña, la piel, la postura, la expresión, todo se sentía como si hubiera una persona ahí.
Me quedé observándolo unos segundos, completamente hipnotizada por lo raro que se veía y entonces noté algo que me causó escalofrío.
Yo recordaba perfectamente que segundos antes ese maniquí tenía la mirada hacia arriba, pero cuando volví a verlo, sus ojos estaban dirigidos hacia mí.
Me estaba viendo.
No sé cómo explicarlo, Stan.
Pero no era solo que la cabeza estuviera acomodada de otra manera.
Yo sentí que algo dentro de esa figura me estaba mirando, algo maligno, algo que sabía que yo podía percibirlo.
En ese instante entré en pánico.
Ya no me importó la tarea, ni la gente ni nada.
Salí corriendo del museo.
Incluso recuerdo que algunas personas voltearon a verme raro, como si yo estuviera exagerando.
Pero yo solo quería salir de ahí.
Necesitaba respirar aire de la calle, alejarme de ese lugar, de esa energía tan pesada.
Me dolía la cabeza.
Cuando por fin estuve afuera, traté de calmarme.
Me repetí que seguramente había sido mi imaginación, que tal vez el miedo me había jugado una mala pasada, pero en el fondo sabía que algo me había visto y peor aún sentía que algo se había venido conmigo.
Llegué a mi casa con una presión muy fuerte en el cuerpo.
No era cansancio normal, era como si trajera encima una carga que no era mía.
Me dolía la cabeza, me sentía débil y con una angustia que no podía explicar.
Me acosté y terminé quedándome dormida.
Cuando desperté ya era noche.
Vi la hora y eran alrededor de las 10.
La casa estaba en silencio.
Me levanté de la cama pensando que quizá mi mamá estaba abajo o que mi hermano estaría en su cuarto.
Bajé a la sala, le grité a mamá, pero nadie respondió.
Revisé un poco y me di cuenta de que estaba sola.
No estaban mis papás ni mi hermano.
Fue cuando la sensación regresó.
La misma presión que había sentido en el museo estaba dentro de mi casa.
Era como si el ambiente se hubiera vuelto denso, como si algo estuviera parado en algún lugar observándome.
Me sentí vulnerable, como si yo no estuviera segura, ni siquiera en mi propia casa.
Decidí volver a mi cuarto para tomar mi celular y llamar a mis padres.
Pero cuando iba subiendo, vi algo que hasta la fecha no puedo olvidar.
Desde la entrada de mi cuarto algo se asomó.
Me quedé paralizada.
Era una sombra, no tenía un cuerpo definido, pero así una forma humana y llevaba una capucha alta, muy parecida a la del verdugo que había visto en el museo.
La sombra salió de mi cuarto, cruzó el pasillo lentamente y se desvaneció en la pared que estaba enfrente de la puerta.
No gritó ni hizo ruido, solamente cruzó.
En ese momento le llamé a mi abuela.
Ella vivía relativamente cerca y como te dije al inicio, ella sabía ser limpias y quitar energías.
Era la única persona a la que podía contarle algo así sin que pensara que estaba loca.
Cuando llegué a su casa, apenas crucé la puerta y ella me miró con una cara seria.
Antes de que yo le contara todo, me dijo, “Algo se te cargó, hija.
Pásate.
” Sentí un escalofrío horrible.
Le conté todo.
Le dije lo del museo, lo del verdugo, lo del maniquí de la rueda, la sensación en el estómago y sobre todo de la sombra que había visto salir de mi cuarto.
Mi abuela me escuchó sin interrumpirme, después me dijo algo que me dejó pensando mucho.
Según ella, en lugares así donde se exhiben instrumentos relacionados con dolor, muerte, miedo y sufrimiento, se mueve una energía muy fuerte.
me dijo que ese tipo de objetos, aunque sean réplicas o parte de una exhibición, pueden atraer cosas pesadas si hay suficiente carga emocional alrededor.
También me dijo que tal vez en ese museo se hacía algún tipo de práctica espiritual o ritual.
Ella no lo dijo con certeza, pero me explicó que por el tipo de museo que era, por las figuras, por la historia de la Santa Inquisición y por todo lo que representa, no sería raro que ciertas entidades se sintieran atraídas a ese lugar y que al verme a mí, al sentir mi sensibilidad, se me acercaron.
Mi abuela me hizo una limpia, usó hierbas, rezos y otras cosas que yo ya había visto desde niña.
Mientras lo hacía, sentí como esa presión se iba bajando poco a poco, como si algo se estuviera desprendiendo de mi espalda, de mi pecho y de mi cabeza.
Cuando terminó, me sentí mucho mejor, más ligera, como si por fin pudiera respirar.
Pero lo que más me dejó pensando no fue solo haber visto esa sombra, sino el hecho de saber que yo sentía algo malo incluso antes de ir al museo.
Desde que supe que tenía que visitarlo, mi cuerpo me avisó.
Mi abuela me dijo que eso era parte de mi don, de mi sensibilidad y que probablemente después de esa experiencia me pasaría más seguido.
Desde entonces aprendí a hacerle más caso a mi sexto sentido.
Ya no ignoro esas sensaciones raras.
Si un lugar me incomoda, si una persona me da mala espina, prefiero alejarme.
A veces pienso en ese sábado y me pregunto qué habría pasado si mi amiga sí hubiera ido conmigo.
No sé si ella también habría visto lo mismo o si aquello solo se manifestó porque yo estaba sola y podía sentirlo.
Lo único que sé es que no he podido olvidar a esa entidad, esa sombra con capucha alta, esa presencia que vi primero en el museo y después en mi propia casa.
Y aunque ya pasaron muchos años, cada vez que recuerdo al verdugo girándose lentamente o al maniquí de la rueda mirándome con esa maldad, vuelvo a sentir ese miedo.
Me aterra a saber como algo se me pudo pegar simplemente por visitarlo.
Yo creo que hasta la fecha ese museo sigue guardando una aura muy oscura, una de la cual es muy difícil de desprenderse.
Fernando Vallarta nos cuenta, “¿Qué tal están? Quiero contarte algo que me pasó una noche en el centro histórico de la Ciudad de México.
Esto ocurrió hace aproximadamente dos años.
Yo iba con mi novia Natalia.
Era viernes por la tarde y quedamos de vernos para ir a cenar al restaurante que está en la Torre Latino.
Todo empezó muy bien.
Cenamos tranquilos, después dimos un paseo por Madero hasta llegar al Zócalo y más tarde pasamos a un bar cerca de Isabel Católica.
La noche iba muy bien hasta que Natalia me dijo que ya era hora de irnos porque al día siguiente ambos trabajaríamos.
Como los dos íbamos rumbo a Constitución de 1917, decidimos caminar hacia el metro salto del agua, que era el que teníamos más cerca.
Eran como las 11:30 de la noche.
Íbamos caminando por la calle Regina, cerca del cruce con Simón Bolívar, cuando vimos algo raro en un callejón que está entre la calle Bolívar y al Daco.
Había un vagabundo acostado sobre unos cartones.
Él estaba tapado con una cobija.
A su lado había alguien en cuclillas.
El vagabundo se notaba dormido y esta persona tenía una figura demasiado delgada.
Se veía exageradamente delgado.
Tenía una gabardina larga y un sombrero viejo.
Estaba moviendo al vagabundo de un lado hacia otro, como intentando despertarlo.
De pronto, el hombre despertó y al ver a esta persona se espantó horrible.
Laó un grito y se hizo para atrás como arrastrándose y empezó a decir, “No, no, por favor.
” Natalia y yo pasamos cerca tratando de no meternos, pero en ese momento la figura de la gabardina se incorporó y volteó hacia nosotros.
En ese momento nosotros nos quedamos perplejos.
Y es que ese tipo no era una persona, era un maniquí.
Un maniquí tal cual.
No tenía rostro.
Su cara era completamente lisa, sin ojos, sin boca y sin nariz.
Y no se trataba de una máscara, puesto que también su cuerpo se veía rígido, como de plástico.
Incluso recuerdo que brillaba con la luz de los faros de la calle.
Entonces hizo como que iba a correr hacia nosotros.
Yo no la pensé.
Agarré a Natalia de la mano y salimos corriendo.
Mientras corríamos escuchamos algo detrás de nosotros.
Y es que no eran pasos normales.
Sonaba como plástico o algo macizo golpeando el piso, solamente que lo hacía de manera constante, tal cual como si fueran pasos.
Esas calles están particularmente oscuras, pero esa noche se veían más.
Se veían lúgubres, aterradoras, aparte de que nuestro trayecto apenas si nos cruzamos con una que otra persona.
Corrimos hasta llegar a eje central.
Ahí el sonido se detuvo de golpe.
Volteamos, pero ya no había nada.
Seguimos hasta el metro salto del agua, sin decir absolutamente nada en un paso sumamente rápido.
Natalia iba pálida y yo no podía quitarme de la cabeza esa imagen, esa persona que tal cual era un maniquí.
y que su cara no tenía ningún rostro.
Yo he escuchado historias acerca de ese maniquí, de cómo se le manifiesta a algunas personas.
Nadie sabe exactamente qué es.
una entidad sobrenatural, alguna persona disfrazada, cosa que por mi experiencia te puedo decir que no es cierto, ya que tal cual es un maniquí caminando, no sé de qué rayo se trate.
Y yo lo he platicado con mi novia, creo que el vagabundo ya lo había visto con anterioridad, quizá por eso reaccionó de esa forma y esta entidad lo molestaba constantemente.
¿Qué vimos exactamente aquella noche? A veces me gustaría saber qué hay detrás de aquella entidad.
David Durantes nos cuenta, “Hola, Sten, quiero platicarte algo que me pasó cerca del zócalo.
Te lo cuento por si algún día lo quieres compartir en tu canal y también para que la gente tenga cuidado con los locales o viviendas que renta, ya sea para habitar o para poner un negocio, como fue en mi caso.
Esto que te voy a contar pasó en el año 2010.
En esa época, por esa zona, ya había uno que otro negocio, pero no tantos como ahora.
El centro siempre ha sido muy transitado, pero algunas calles están más solitarias que otras y conservan ese ambiente antiguo con edificios viejos y construcciones que parecían llevar años abandonadas.
Para empezar, te cuento que en el año 2007 conocí a quién ahora es mi esposa.
Ella se llama Melanie.
Desde que empezamos a salir, ella me decía que su mamá se dedicaba a ser limpias, leía la mano y también las cartas.
Yo sí creía en este tipo de cosas porque mi abuela, que en paz descanse, era muy creyente de todo este tipo de mundo.
Yo crecí dentro de ese entorno, aunque en mi familia nadie más desarrolló ese don.
Solo mi abuelita tenía esas tendencias por lo esotérico.
Tiempo después me junté con Melanie.
Sus papás siempre fueron muy buenos conmigo, tanto que nos dejaron vivir con ellos y eso fue una ayuda muy grande cuando recién nos juntamos.
En ese entonces yo sabía un poco de mecánica, así que conseguí trabajo en un taller pequeño acerca de la casa de mis suegros.
Ellos viven por el rumbo del metro Candelaria, así que nosotros siempre andamos por la zona de la Merced, el centro y el mercado de Sonora, porque ahí íbamos a comprar el mandado de la semana, ya que nos salía mucho más económico.
El taller donde yo laboraba estaba por la calle Albañiles.
Allí aprendí muchas cosas, pero el dueño y era una persona grande y un día decidió cerrarlo.
Él no tenía quién heredar el negocio.
El señor fue muy amable conmigo.
me dijo que en una semana cerraría el taller, pero que me iba a liquidar por mis dos años de trabajo.
Finalmente le agradecí.
Tenía que llevar el dinero a casa y no sabía qué hacer.
Ese mismo día le comenté a mi esposa.
Ella trató de tranquilizarme, me decía que no me desanimara, que pronto encontraríamos algo.
Diario compraba periódicos, revisaba los anuncios y metía solicitudes de trabajo, pero no me llamaban de ningún lado.
Así estuve bastante tiempo.
Lo que más me preocupaba era que ya venían las fechas de sembrinas, cuando siempre hay más gastos por la cena de Navidad, los regalos y todo eso.
Yo seguía sin conseguir trabajo, por más que buscaba.
Ya estaba próximo el 24 de diciembre y mis suegros fueron quienes pusieron todo el dinero para la cena.
El día 23 fuimos a la merced a comprar lo necesario.
Mi esposa y yo llegamos al mercado y compramos todo lo que venía en la lista.
Terminamos las compras temprano y mientras caminábamos pasamos por la calle Talavera y vimos un local en renta.
Desde afuera se notaba que era una construcción vieja.
La fachada estaba deteriorada y por suspecto parecía que llevaba años sin rentarse.
Como te comento, nosotros íbamos cada semana a comprar el mandado por esa zona, pero nunca habíamos pasado por ahí.
O al menos yo no recordaba haber visto ese edificio antes.
Por alguna razón me llamó mucho la atención.
Me quedé viéndolo unos segundos.
Había algo raro en ese sitio.
No sabría explicarlo bien, pero tuvo una sensación extraña.
No era miedo como tal, pero sí una incomodidad, como si el edificio tuviera una energía pesada.
Mi esposa también lo sintió.
Los dos nos quedamos mirando lugar, pero lo ignoramos.
Seguimos caminando y continuamos con lo que íbamos a hacer.
Ese día había mucha gente en el centro.
Nos tardamos mucho en regresar y llegamos como a las 5 de la tarde.
Al día siguiente llegó el 24 de diciembre.
Ayudé a preparar la cena y por la noche cenamos en familia.
Durante la cena, mi suegra empezó a platicar que quería poner un local para vender sus productos y hacer sus limpias.
Ella se dedicaba a eso.
Hasta el momento ella atendía en su casa, pero cada vez tenía más gente.
Cuando le encargaban veladoras tenía que ir al mercado de Sonora por ellas porque todavía no sabía prepararlas y cada vez que alguien le pedía algo especial tenía que ir al mercado porque allí encontraba de todo.
Mi suegra comentó que estaba buscando un lugar en renta y yo le mencioné acerca del edificio que habíamos visto o el local.
Le dije que era un lugar que se veía grande.
Yo le comenté a mi suegra y ella me dijo que si volví a pasar anotara el número.
Finalmente fuimos el día 30 de diciembre a comprar la cena de Año Nuevo.
Después de terminar las compras, volvimos a pasar por la calle Talavera para anotar el número.
Mi suegra llamó y el dueño le dijo que rentaba el lugar en 10,000 pesos.
En ese tiempo era mucho dinero, pero estaba relativamente barato porque el inmueble era grande y era de dos pisos.
Mi suegra sacó una cita para ir a verlo.
La acompañamos.
Cuando llegamos, el dueño ya nos estaba esperando.
Nos pasó y nos enseñó el local.
Efectivamente, era de dos pisos y era en serio muy amplio.
Había un tercer piso, pero este era ocupado solamente por los dueños como bodega.
El lugar se veía dañado.
A las paredes se les desprendía la pintura.
Todo estaba lleno de polvo y telarañas.
Había muebles viejos.
También había un muy presente olor a humedad.
El señor nos comentó que llevaba varios años sin rentarse, pero nunca quiso decirnos que comercio había funcionado ahí antes.
Mi suegra le explicó que ella se dedicaba a ser limpias, a vender artículos como veladoras, figuras y ese tipo de cosas.
Le detalló bien su trabajo porque en esa época había mucha gente que veía un poco mal esto de hacer limpias y todo lo relacionado a trabajos hechicería.
Para nuestra sorpresa, el dueño le dijo que no había ningún problema.
le comentó que podían usar el local para eso, pero que sí tendrían que arreglar muchas cosas.
También nos dijo que si queríamos quedarnos con los muebles podíamos hacerlo y si no podíamos tirarlos.
Prácticamente nos dio libertad para hacer lo que quisiéramos con el local.
Entonces, mi suegra cerró el trato con el señor.
Algo que me sorprendió fue que no le pidió anticipo, solo le pidió la renta del mes.
Esa misma semana mi suegra fue por las llaves.
Como yo no tenía trabajo, ella me ofreció trabajar en el local.
Yo acepté porque al no encontrar nada de mecánica, esa era la mejor opción que tenía en ese momento y sabíamos que había mucho que hacer antes de abrir.
Comenzamos a limpiar el local, pusimos en un rincón los muebles rotos y barrimos todo el polvo acumulado.
Al día siguiente empezamos a raspar las paredes para pintarlas y fue en ese momento cuando vimos algo extraño.
Vimos palabras escritas y lo que parecían ser símbolos.
Mi suegra no los identificó y eso que es entendida en todo esto.
Fue entonces cuando le expliqué que sentí algo extraño la primera vez que vi el edificio y ella también lo había sentido la primera vez que entramos.
Al ver esos símbolos, pensamos que algo raro había pasado en ese lugar, pero aún así seguimos restaurándolo.
A los pocos días algo se hizo presente.
Mientras trabajábamos escuchábamos ruidos, pasos por las escaleras, los cuales bajaban o subían, muebles que se movían y hasta voces.
Lo extraño era que la cortina del local estaba cerrada y solo estábamos nosotros.
Cada vez que eso pasaba, mi suegra empezaba a rezar y todo se calmaba.
Pero ya era un hecho de que algo extraño estaba pasando en ese sitio.
Finalmente, cuando terminamos de arreglar el local, llegaron los muebles para acomodar la mercancía.
Mi suegra decidió que abajo estaría la tienda y arriba se harían las limpias y los trabajos.
Un día nos dejó a Melanie y a mí limpiando todo mientras ella iba con mi suegro a comprar mercancía.
Pensamos que todo se había calmado con sus oraciones, pero mientras limpiábamos escuchamos claramente la voz de mi suegra gritándonos.
También se escucharon pasos.
Creímos que había regresado porque se le había olvidado algo, pero al voltear no había absolutamente nadie.
Salí a la calle, pero no había nada.
Mi suegra no estaba.
Melanie también lo había escuchado, así que no fue cosa mía.
Cuando mi suegra volvió, le contamos lo que pasó.
Ella nos dijo que en ningún momento ella había regresado al local.
Hasta la fecha nos seguimos preguntando de dónde provino esa extraña voz.
Después de acomodar la mercancía, llegó el día de la apertura.
Antes de inaugurar, mi suegra hizo una limpia en todo local para traer buenas vibras, mejorar las ventas y calmar todo lo que se estaba manifestando.
Al principio todo parecía normal.
Llegaban sus clientes de años y una que otra persona curiosa.
Poco a poco empezó a venir más gente, sobre todo por las limpias.
Creo que eso fue lo que desató todavía más la actividad paranormal, porque las energías con las que carga la gente se iban quedando acumuladas en el sitio.
Lo que sentíamos al principio regresó, pero lo más fuerte pasó un día en el que llegué solo al local a limpiar el cuarto donde mi suegra hacía las limpias.
Mi esposa había ido con su mamá por más mercancía.
Yo me puse a limpiar las repisas donde estaba el material cuando por el rabillo del ojo vi a una sombra que cruzó de una esquina a otra.
Si te lo puedo describir, Stan parecía un monje, ya que se le notaba que traía capucha.
No quise darle importancia y seguí limpiando.
Sé que si uno les presta atención se hacen todavía más fuertes.
Después me acerqué al altar donde mi suegra tenía figuras católicas y de la niña blanca.
Empecé a limpiar una figura de la santa y en cuanto la tomé sentí como si alguien no hubiera soplado detrás de mí.
En ese momento todas las veladoras apagaron al mismo tiempo.
Se me puso la piel chinita.
Sabía que estaba solo, que ellas iban a tardar tiempo y que en ese piso no había corriente de aire que pudiera apagar las veladoras.
Intenté no hacer caso, pero lo que pasó después fue todavía más aterrador.
Mientras trapeaba, escuché claramente la voz de mi abuela.
la voz de mi abuela que ya había fallecido.
Ella siempre me decía, “Mi hijito, para todo me decía así.
” Y eso fue exactamente lo que escuché.
Mi hijito.
Ey, mi hijito.
Me quebré.
Empecé a llorar y esto lo hice casi por inercia, pero le dije, “Abuela.
” Y decir eso fue el peor error que cometí.
Escuché un sí venir de una de las esquinas de la habitación, pero casi de forma inmediata escuché una risa macabra que retumbó en todo el cuarto.
Las figuras del altar empezaron a caerse.
Yo estaba aterrorizado.
Por un momento incluso pensé que estaba temblando hasta que vi una sombra, la que parecía un monje.
Esa sombra, te lo juro, venía rápidamente hacia mí.
Yo por huír de eso me tropecé en las escaleras y me golpeé en la cabeza perdiendo el conocimiento.
Cuando desperté, mi suegra me estaba haciendo una limpia.
Mi esposa corrió hacia mí y me abrazó muy preocupada.
Me ayudaron a levantarme y dijeron que ese día no abriríamos el local.
Ya en casa estuve más tranquilo.
Les conté lo que había pasado.
Mi suegra me dijo que eso que se manifestó no era mi abuelita, sino algo que quería apoderarse de mí.
que era algo sumamente fuerte, ya que no cualquier energía es capaz de hacer eso que hizo conmigo.
Cuando ellas llegaron al local, me encontraron tirado en el suelo con todo regado alrededor.
Antes de entrar, mi suegra sintió algo malo y sin pensarlo empezó a limpiarme.
Me dijo que yo estaba muy débil y que podían tomarme nuevamente.
La mejor opción era que yo ya no fuera local.
Después de eso dejé de frecar el negocio y seguí buscando trabajo de mecánica.
Y al poco tiempo, afortunadamente encontré mi suegra estuvo trabajando ahí tiempo más y vieron muchísimas cosas.
Entre lo más aterrador que recuerdo es que decía que se manifestaba un niño, pero un niño que tenía patas de cabra.
Eso era suficiente como para que yo ni de chiste, me acercara a ese negocio.
Mi esposa seguía frecuentándolo, pero con muy poca medida, y casi siempre se quedaba en la entrada.
No se atrevía a entrar.
Mi suegra limpiaba constantemente el lugar, pero este poseía una energía muy extraña.
Incluso una vez le dijo a los dueños qué había pasado ahí.
Y ellos simplemente se notaron nerviosos, diciendo solamente que había muchas personas que habían rentado local, pero que no duraban.
Ella tan solo logró sacarles esa información, no más, pero por los símbolos que vimos, por la energía que se movía ahí.
Muy seguramente en ese lugar llevaron a cabo algún ritual o algún tipo de exorcismo o algo parecido.
Al menos así lo describe mi suegra.
A los pocos meses, ella dejó ese lugar.
Una hermana le consiguió un local en un mercado famoso dedicado a esto mismo y ella sigue laborando de lo mismo.
Es sumamente curioso cómo uno puede encontrarse con esta clase de cosas, cómo puede toparse con lo sobrenatural y estar al borde del peligro sin deberla ni temerla.
Afortunadamente, yo logré sobrevivir a todo esto.
Stan, te mando un saludo y ojalá puedas leer mi historia.
Hasta aquí el video del día de hoy.
Espero que te haya gustado.
¿Ya has escuchado algunas historias aterradoras sucedidas en el centro histórico.
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