Tenía una mezcla de miedo y vergüenza de compartir esta historia porque durante años pensé que si la hacía pública nadie me iba a creer.

Sin embargo, me atreví a mandártela, ya que he visto que en tu canal abordas este tipo de relatos y experiencias sin ningún tapujo ni censura.
Así que aquí va mi historia.
Lo que te voy a contar ocurrió hace muchos años atrás, cuando yo prestaba servicio en la región de los ríos.
En ese tiempo me tocaba cubrir sectores rurales, caminos interiores, zonas de bosque, parcelas aisladas y rutas donde después de cierta hora la oscuridad es total.
Esa noche estábamos de servicio cuando nos llevó el aviso sobre una persona extraviada en un sector cercano al Parque Nacional Alerce Costero hacia la zona de Chawin y los caminos interiores rurales entre Corral y La Unión.
No es raro recibir este tipo de llamados, ya que hay caminos de ripio, senderos, predios forestales, quebradas, esteros y tramos donde la señal del celular desaparece sin aviso y muchas personas ocasionalmente se pierden dejando preocupados a sus familiares.
El aviso llegó inicialmente como un extravío común.
Una mujer adulta había llamado angustiada diciendo que su marido, un hombre de unos cin y tantos años, había salido a revisar unos cercos alrededor de un camino interior y no había regresado.
Lo extraño era que antes de perder contacto alcanzó a enviar un audio por WhatsApp.
En el audio se le escuchaba respirando agitado, como si viniera corriendo.
Decía que no estaba solo, que había alguien entre los árboles.
La familia pensó que podía tratarse de algún desconocido, un ladrón de madera, alguien escondido en el predio incluso una persona bajo los efectos del alcohol alguna sustancia ilícita.
Esa era la hipótesis más lógica.
Nos desplazamos en la radiopatrulla junto a mi compañero.
Informamos por radio el procedimiento.
Pedimos antecedentes y nos dirigimos hacia el sector.
Era invierno y no llovía de manera intensa, simplemente caía una garúa fina que de todas maneras te moja.
La neblina estaba baja y el camino de Ripio era extenso.
A los costados los árboles formaban unos túneles oscuros bastante tenebrosos.
En algunos tramos había casas aisladas, luces lejanas y perros ladrando.
Después de eso, absolutamente nada.
Cuando llegamos, la mujer del hombre no se esperaba fuera de la casa de madera.
Estaba bastante pálida y preocupada.
Nos dijo que su marido había salido cerca de las 7 de la tarde, cuando todavía quedaba algo de luz.
se dirigía a revisar unas rejas porque habían escuchado ruidos muy extraños durante varios días.
No eran ruidos de animales, según las palabras de la mujer.
Eran como golpes secos y ramas quebrándose, pero siempre alrededor de la casa, como si alguien estuviera dando vueltas, ocultándose.
Nos pasó el celular para escuchar el audio de su marido.
Me gustaría pedir disculpas porque el audio contenía garabatos.
Según lo que recuerdo, el hombre decía algo así.
Hay una huevada rara siguiéndome.
Esta hueva no camina normal.
Después de eso se escuchaba viento, respiración y algo más.
Algo como un golpe extraño, muy fuerte, sordo, muy cerca del micrófono.
Luego él susurraba, “Tiene ojos grandes esta huevada.
No sé qué es.
El audio se cortaba justo en ese momento.
Mi compañero me miró, no dijimos nada, pero los dos pensamos lo mismo.
Podía ser una persona escondida, un animal, un susto, cualquier cosa, pero había que entrar.
Primero hicimos lo que correspondía.
Tomamos los datos, preguntamos por enfermedades, consumo de alcohol, medicamentos, posibles conflictos, armas en el domicilio, rutas que salía a tomar, la ropa que llevaba puesta y el último punto donde había sido visto.
También se pidió a la familia que permaneciera en la casa con un teléfono disponible y que no salieran a buscar por su cuenta para no aumentar el riesgo.
En procedimientos de extravío, sobre todo de noche y en zonas rurales, eso es clave.
Si todos salen desesperados, después no buscas a una persona, buscas a cinco.
Nos indicaron un sendero que bajaba hacia una quebrada y luego subía a una zona de bosque más cerrado.
Tomamos linternas, chalecos reflectantes, radio portátil y partimos.
Al comienzo encontramos huellas de botas en el barro.
También vimos marcas recientes cerca de unas rejas, como si alguien hubiera pasado apurado.
A unos 15 minutos de la casa, el bosque cambió radicalmente.
No sé cómo explicarlo sin que suene exagerado.
Era como si hubiéramos cruzado una línea invisible.
Atrás todavía se escuchaban muy lejanos los perros y los ruidos propios del lugar, pero adelante nada.
No se escuchaban insectos ni pájaros nocturnos.
ni vientos, las ramas, solo el ruido de nuestra ropa mojada y la respiración.
Y fue ahí cuando la sentimos por primera vez.
Mira, era una sensación extraña de amenaza, no era miedo normal, no era la preocupación de encontrar a una persona herida.
Era algo distinto, mucho más primitivo, como cuando uno sabe que hay un peligro cerca, aunque todavía no lo vea.
Es como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza que había algo observándonos desde algún rincón del bosque.
Mi compañero se detuvo y me dijo en voz baja, “Mi sargento, ¿usted siente eso?” Yo le dije que siguiera alumbrando.
Avanzamos unos metros más y encontramos la primera señal clara.
Una mochila tirada entre unos arbustos era del hombre extraviado.
Adentro tenía una botella de agua, un cuchillo chico de trabajo, una cuerda y una manta.
Nada estaba revuelto.
No parecía un robo.
Parecía que lo hubiera soltado de golpe para correr.
Entonces escuchamos el ruido de una rama quebrándose a nuestra derecha.
Alumbramos al mismo tiempo y no vimos nada, pero algo se movió entre los troncos.
Muy rápido, bajo, como una sombra que se arrastraba.
No era un perro ni un puma, tampoco parecía ser una persona.
Yo he visto todo tipo de animales de noche, como zorros, perros asilvestrados, vacunos perdidos, incluso caballos debocados.
Eso no se movía como un animal.
Seguimos avanzando porque ya no era solo una búsqueda, había una persona perdida y posiblemente lesionada y tal vez alguien más en el sector.
Informamos por radio que habíamos encontrado pertenencias y que continuaríamos el rastreo visual, solicitando que se mantuviera comunicación y se evaluara apoyo si la situación se extendía.
A unos metros de la mochila escuchamos unos gritos.
Venía desde la quebrada.
Bajamos con cuidado, afirmándonos de ramas y raíces.
La pendiente estaba muy resbalosa.
Yo iba adelante y mi compañero detrás alumbrando hacia los costados.
Mientras bajábamos, el hombre volvió a gritar.
Llegamos a una zona más abierta junto a un estero pequeño y allí lo vimos.
Estaba sentado contra una piedra con la ropa embarrada, una mano sangrando y la cara completamente desencajada.
No tenía heridas graves a simple vista, pero estaba en shock.
Miraba hacia arriba, hacia la copa de los árboles, como si esperara que algo bajara en cualquier momento.
Nos acercamos, nos identificamos y tratamos de calmarlo.
Le pregunté si había alguien más.
Él me agarró el brazo y me dijo, “Esa hueva no era una persona.
” Después apuntó hacia el bosque.
Al principio no vimos nada, solo troncos, ramas, neblina.
y la luz de nuestras linternas rebotando en la humedad.
Pero entonces, de entre los árboles apareció algo.
No salió caminando, simplemente apareció.
Era una figura alta, demasiado delgada, de un color gris oscuro, casi negro, pero no como ropa, era como piel opaca.
Tenía la cabeza más grande de lo normal, inclinada hacia un lado y unos ojos negros que reflejaban la luz de una manera extraña.
No eran ojos de animal, no brillaban como los de un perro o un zorro, eran más planos, más grandes, hasta me atrevería a decir más quietos.
Por un instante, mi mente trató de racionalizar lo que estaba viendo.
Podría ser un hombre con una máscara, alguien disfrazado, un enfermo o un borracho.
No sé.
Solo sé que estaba ahí.
Mi compañero lo vio también.
Lo sé porque levantó la linterna y retrocedió sin decir nada.
La figura no tenía ropa visible, tampoco hacía ruido.
Estaba simplemente parada entre los árboles, con los brazos pegados al cuerpo, demasiado largos, como si le llegaran casi a las rodillas.
La neblina pasaba frente a ella, pero no la ocultaba del todo.
El hombre extraviado empezó a desesperarse y a llorar.
Me siguió desde el cerco, decía, y me imitaba la voz.
Esa frase me perturbó más que la imagen, porque unos minutos antes habíamos escuchado al hombre gritar desde la quebrada, pero después él juró que no había gritado, que estaba demasiado asustado para gritar, que la voz que escuchamos no era suya.
En ese momento, desde el otro lado del estero, escuchamos mi nombre completo.
No voy a decirlo aquí, pero lo escuché muy claro.
Lo dijo una voz baja, muy ronca.
Mi compañero se quedó paralizado.
Yo nunca había dicho mi nombre en voz alta desde que entramos al bosque.
Solo nos habíamos tratado por grado y por indicaciones cortas.
La figura seguía inmóvil.
Repentinamente dio un paso y cuando lo hizo, el aire cambió.
Sentimos un olor espantoso, como carne podrida, tierra húmeda y algo químico parecido a metal quemado.
Me dieron ganas de vomitar.
El hombre extraviado comenzó a convulsionar de miedo y a vomitar, no como una crisis epiléptica, sino como un temblor incontrolable.
Yo grité una orden, no sé si fue alto o identifíquese, pero fue un reflejo profesional.
Uno hace lo que ha repetido durante años, pero esa cosa no reaccionó como una persona.
Se inclinó hacia delante y lo más raro es que cambió.
No sé cómo decirlo de otra manera.
Su silueta se deformó.
Por un segundo pareció más baja, más ancha, casi animal.
Luego volvió a largarse.
Sus ojos desaparecieron y reaparecieron más arriba, como si la cabeza hubiese cambiado de posición demasiado rápido.
Fue como mirar algo que no tenía una forma fija, algo que intentaba parecer cuerpo, pero que cambiaba continuamente.
Mi compañero me gritó que había otra figura a la izquierda.
Alumbré y vi una sombra moviéndose entre los árboles, pero no estoy seguro de que fuera otra.
Pudo haber sido la misma.
Esa era una de las cosas más extrañas.
Parecía estar en más de un lugar a la vez.
Un segundo frente a nosotros, otro segundo entre los árboles y después detrás de una roca.
Tomamos al hombre entre los dos y comenzamos a subir por la quebrada.
Yo iba atrás alumbrando hacia el bosque.
Mi compañero ayudaba al hombre a caminar.
A cada paso escuchábamos ramas quebrarse, pero no a un lado fijo.
Sonaban desde todas las direcciones, adelante, atrás, arriba, como si algo nos rodeara sin acercarse del todo.
Entonces escuchamos la voz de mi compañero, pero venía desde el bosque.
Decía, “Por aquí mi sargento.
Mi compañero, el verdadero, estaba frente a mí, afirmando al hombre.
Se detuvo y me miró.
Ahí los dos entendimos algo que todavía me cuesta aceptar.
Lo que fuera que nos seguía podía imitar voces, no de manera perfecta.
Había algo raro, una pausa extraña, una entonación que no sonaba natural, como una especie de grabación mal hecha, pero en medio del bosque, con miedo y de noche, esa voz podía engañar a cualquiera.
Continuamos apresuradamente, sin responder a la voz.
Cuando llegamos a la parte alta, vimos luces a lo lejos.
Eran vecinos y familiares que se habían acercado hasta cierto punto, pese a que se les había pedido no internarse.
Gritamos para que se quedaran donde estaban.
No queríamos que nadie más entrara al bosque.
En una emergencia normal, uno controla perímetros para evitar más riesgos.
Esa noche, aunque no sabíamos qué riesgo era, sabíamos que había que mantener a todos afuera.
Antes de salir del sendero, miré una última vez hacia atrás.
La figura estaba parada en medio del camino.
Ahora se veía distinta.
Ya no era tan delgada.
Tenía algo parecido a hombros, pero demasiado altos.
La cabeza seguía siendo grande, sin rasgos claros, salvo esos ojos oscuros que parecían absorber la luz.
La linterna la iluminó de frente y por un segundo pensé que vería piel, ropa, una máscara, algo humano, pero no vi nada reconocible, solo una superficie gris, lisa, húmeda, como si estuviera cubierta de ceniza mojada.
Entonces abrió la boca o al menos apareció una abertura donde debía estar la boca.
Emitió un sonido bajo, vibrante, que lo sentimos más en el pecho que en los oídos.
Intentamos salir lo más rápido que pudimos del lugar.
Ya en la casa se activó la parte más terrenal del procedimiento.
El hombre fue evaluado y se coordinó atención médica.
Estaba deshidratado, con heridas menores, hipotermia leve y un estado de shock evidente.
Se dejó constancia de lo ocurrido de la forma más objetiva posible.
Persona extraviada, hallazgo enquebrada, relato de persecución por desconocido, imposibilidad.
de identificar a terceros en el lugar, condiciones climáticas adversas y resguardo del afectado.
Eso fue lo que quedó escrito.
Pero lo que no quedó escrito es que algo nos siguió, que escuchamos voces que no correspondían a nadie y que vimos una figura que no parecía humana, que cambiaba de forma entre los árboles y que por momentos tenía un aspecto tan extraño que la palabra extraterrestre se me cruzó por la cabeza, aunque yo nunca he creído en lo paranormal.
Al día siguiente, con luz, se revisó parte del sector.
No se encontraron campamentos.
ropa, huellas claras de terceros, [música] ni señales de que alguien hubiera estado escondido allí.
Sí se encontraron marcas raras en el barro, pero nada concluyente.
Podían ser animales, ramas arrastradas, deformaciones del terreno.
Siempre hay una explicación posible cuando uno mira las cosas desde lejos y de día.
Pero yo estuve ahí de noche.
Yo escuché mi nombre salir del bosque.
Yo vi a mi compañero quedarse blanco cuando su propia voz nos llamó desde un lugar donde él no estaba.
Durante mucho tiempo pensé que quizás todos nos sugestionamos que la neblina, el cansancio, el miedo y el audio del teléfono nos prepararon para ver algo que no estaba ahí.
Pero esa explicación nunca me convenció, porque una cosa es sentir miedo en el bosque y otra muy distinta es ver una figura parada frente a ti, escucharla, imitar voces y sentir que cada instinto de tu cuerpo te está diciendo que si te alcanza no vas a volver.
Hasta el día de hoy no sé qué fue esa cosa.
Quizás fue algo paranormal, algo del monte, una entidad que se alimenta del miedo, una aparición, una criatura que no debería existir o algo que por su forma y sus ojos parecía venir de un lugar que no era este mundo.
Simplemente no tengo una respuesta clara ni lógica para lo que vivimos.
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Nos vemos muy pronto en un próximo misterio.
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