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Mariano viajaba con su esposa Cielo y su hija de 15 años hacia los Esteros del Iberá, en Corrientes.

Desde que pisaron la ruta de tierra sintieron una energía pesada y amenazante, pero lo peor llegó al hospedarse en una posada completamente desolada, donde la cerradura de su habitación estaba rota.

A la medianoche, el panorama se volvió una pesadilla: los perros del lugar empezaron a llorar y a rasguñar la puerta desesperadamente, mientras el techo de chapa crujía bajo los brutales golpes de algo que caminaba arriba.

Aterrados, abrieron la puerta para rescatar a los animales.

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pero los perros estaban durmiendo plácidamente en la galería.

El horror no terminó ahí.

Durante toda la madrugada, la habitación contigua sufrió portazos y golpes inexplicables.

Al amanecer, decidieron huir del lugar, pero al quejarse con el encargado por el ruidoso vecino de al lado, este los miró pálido y les abrió la habitación: estaba completamente vacía.

“Acá no se hospedó nadie más que ustedes”, les dijo.

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Mi nombre es Mariano, actualmente tengo 40 años.

Mi mujer se llama Cielo y tenemos una hija de 15 años.

Somos una familia normal y sin nada especial que mencionar, pero nos pasó algo que sin dudas puso a prueba nuestras creencias y nuestra capacidad de entender y aceptar algo distinto a lo que estamos acostumbrados.

Es una historia donde múltiples cuestiones se fueron presentando y si bien de forma aislada podrían ser normales, en este caso estamos seguros que fue distinto y vos te vas a dar cuenta a medida que la historia avance.

Allá por agosto del 2021 decidimos emprender un viaje desde Buenos Aires, capital federal a las cataratas de Iguazú en nuestro propio auto.

Unas vacaciones merecidas que veníamos planeando desde hacía tiempo por ser un destino que justamente no conocíamos.

La cuestión fue que aprovechando que íbamos a cruzar el litoral, mi mujer me propone hacer un pequeño desvío a otro destino sumamente interesante.

La idea era pasar tres días en los esterilos de Libera Corrientes, haciendo todas las excursiones y paseos posibles dentro del tiempo que tuviéramos y luego sí seguir camino a Iguazú, respetando el viaje original.

Nosotros tenemos alma aventurera, siempre lo fuimos, así que no era algo muy distinto a lo que normalmente hacíamos.

Así que te podrás imaginar que no dudé un solo segundo y acepté esta propuesta en el momento.

El 9 de agosto del 2021 comenzó este viaje.

Salimos de casa temprano, contentos y con muchas ganas de conocer lugares nuevos.

El GPS marcaba 9 horas y media aproximadamente hasta Colonia Pellegrini en Corrientes.

Así que el viaje comenzó muy bien, yendo en un principio por la ruta 14, después por la 119, pero lo llamativo fue cuando llegamos a Mercedes en Corrientes.

El GPS me indica tomar la ruta 123 y pocos kilómetros después salir por la provincial 40, ruta que no vamos a olvidar en toda nuestra vida.

Desde Mercedes hasta Colonia Pellegrini hay poco menos de 120 km y me indicaba que llegaría en 2 horas o más.

Esto me llamó la atención porque a la velocidad que íbamos, unos 120 km/h, llegaríamos en una hora.

Pero claro, hay que tener en cuenta que gran parte de este camino, nosotros no lo sabíamos, era de tierra, por lo cual uno va más lento.

Algo bastante molesto porque tenemos un auto y no una camioneta preparada para este terreno.

Pero bueno, este tipo de imprevistos se pueden dar y no hay más que continuar, aunque sea a menor velocidad.

Lo más raro de esta parte, y tal vez acá comienza la historia, fue que automáticamente cuando dejamos el pavimento, ingresamos a esta ruta de tierra, todo cambió.

Y me refiero a la energía, al ambiente, al aire.

No sé cómo explicarlo con palabras porque es una sensación que se siente en el cuerpo.

Seguramente quien vivió algo semejante pueda comprenderlo mejor.

Fue como haber entrado en una dimensión donde la normalidad se transformó en incoherencia, donde nos sentíamos observados en todo momento y de forma amenazante.

Sé muy bien que esto puede parecer algo sin sentido, algo loco, pero espera porque todavía falta lo peor.

Faltan muchas cosas que fueron pasando.

Bueno, nada, vamos avanzando.

Y de repente veníamos solos, de repente muchos animalitos, mucha fauna extraña para nosotros, porque la verdad es que si bien como te decía, mi germo de huele huechu y y vemos animales todo el tiempo en la ruta y en todos lados, estos eran particulares, si bien sabemos que es una fauna particular, la una fauna diferente y bueno, obviamente al ir tan despacito por ahí parábamos un ratito, sacamos una foto y de repente veníamos andando y vemos un ciervo que según lo que después me dijo, eh, Mi suegro, creo que se llaman Guazuncho, me parece, o algo así, pero era un ciervo blanco que se nos quedó mirando y yo le digo a mi mujer, “Bueno, sacar una foto, pero anda muy despacito porque se va a asustar y no no va a salir la foto.

” Y empezó a caminar despacito mi mujer para sacar la foto y el seguía ahí, parecía petrificado, de hecho no no movía ni los ojos, ¿viste? Se acerca, se acerc hasta que llegó a tenerla, pero si te digo 10 m de distancia y el tipo no se movía y nada, nos quedamos como sorprendidos porque no se movía, no tenía mucha expresión tampoco, pero bueno, le sacó la foto, subimos, subió al auto y seguimos viajando.

Pocos kilómetros más adelante se nos cruza una camioneta traffic y cuando digo se nos cruza fue que literalmente se nos pone a la par, al punto tal que tengo que frenar la marcha.

Baja la ventanilla una señora, al mismo tiempo abre el portón lateral una nena y se nos queda mirando el conductor.

En ese momento, otro señor mayor con una amabilidad de extraña, me pregunta, “¿Vos estás seguro, pibe, de querer entrar acá?” Digo, “Por el auto, no más.

” Y en ese contexto, en ese lugar, no sabes si esa frase o esa pregunta es un consejo o, ¿por qué no?, una amenaza.

La sonrisa de esas tres personas mientras nos hacían esta pregunta era rara, por lo menos.

Y más aún por cómo aparecieron.

Ni siquiera tocaron bocina, no dijeron hola.

Solo se pusieron a la par, aparecieron de golpe y por poco no tocaron el auto.

Me hicieron esta pregunta a la que yo respondí con una sonrisa porque no me dieron tiempo ni siquiera a reaccionar y después siguieron camino delante mío.

Al poco rato ya no los veía al frente porque se alejaron bastante rápido.

Estaba anocheciendo, así que traté de apurar un poquito el paso porque no quería que nos atrape la oscuridad en un lugar así.

no conocíamos y aparte no había nada, era pura vegetación para donde mires.

Finalmente nos agarró la noche, no queríamos esto, pero igualmente teníamos previsto hacer noche en una posada donde ya habíamos reservado y pagado incluso y estábamos a menos de 3 km del lugar de destino, así que no fue tan grave.

Pero la cuestión fue que cruzamos un puente largo de madera, bastante conocido, seguramente muchos lo conozcan.

Y al pasarlo llegamos al cartel de Colonia Pellegrini, quien nos recibió con una llovisna y algo bastante curioso.

Y en el cartel ese vimos tres [carraspeo] personas de negro con gorra, capucha, pero no se le veía bien la cara, sentadas, o sea, uno parado, dos sentados, veníamos despacito, veníamos 30 km/h, 20 km/h, los paso por al lado y les levanto la mano, le digo, “Buenas noches.

” Y nos miran y se ríen.

Se ríen, pero de una manera como nos dien cargando, ¿viste? O sea, una burla.

Bueno, nada, yo obviamente lo dejé pasar, no iba a frenar ni nada.

Seguí, seguí porque yo ya lo mío ya lo había hecho que era el saludo.

Saludé y seguí.

Mira, yo a esa altura del viaje estaba cansado y lo único que quería era llegar, comer y dormir un rato.

Así que no me importó ese acto de mala educación, así lo interpreté al menos en el momento.

Me meto por algunas callecitas, obviamente de tierra, es todo de tierra en el lugar, siguiendo el GPS que me indicaba que estaba muy cerca de la posada, pero la realidad es que en la oscuridad de la noche no se veía absolutamente nada, ninguna entrada, era oscuridad total.

Prendí las luces altas.

Llego hasta el final de una calle cerrada que tenía la laguna del otro lado y no había nada.

Doy vuelta en U para retomar el camino y ver si puedo leer o encontrar el cartel de la posada que la habíamos visto por la web y era una entrada bastante grande como para pasarla por alto.

Llegué a la esquina y frené para ver si alguien del pueblo podía ayudarme.

A todo esto, la zona estaba totalmente desolada.

El único indicio de vida hasta el momento fueron esas tres personas de negro que estaban en la entrada y realmente no inspiraron mucha confianza.

Pero para nuestra sorpresa, cuando estaciono el auto, pongo otra vez las luces altas y ahí estaba la posada.

Con mi mujer nos miramos y nos reímos, pero fue una risa más bien nerviosa porque antes te aseguro que no le habíamos visto.

No perdimos tiempo, nos metimos en el predio del complejo y nos llamó la atención que literalmente no había nadie en la posada, ni clientes, no había empleados, ni alguien recibiéndonos.

El primer pensamiento que tuvimos fue, “Nos estafaron.

” Pero no.

Resulta que después de unos minutos se enciende una luz a lo lejos en el fondo y se acerca un muchacho.

Un poco más aliviado.

Le dije a este muchacho, “Hola, ¿qué tal? Buenas noches.

¿Cómo estás? Soy Mariano.

Reservé una habitación.

” Este muchacho, al parecer, sin importarle lo que le estaba diciendo, saca del bolsillo una llave y me dice interrumpiéndome.

Es ahí.

Solo eso.

Pero nosotros no solo estábamos con ganas de descansar después de semejante viaje estábamos con mucho hambre.

Y es por eso que le pregunto, “Che, disculpa la molestia, pero te hago una consulta.

¿Hay algún lugar para comer acá o para comprar algo de comida?” Me respondió realmente de muy mala gana.

Acá a la vuelta hay algo.

Como lo vi justamente con muy pocas ganas de comunicarse, no insisté más con las preguntas y él solo agregó esto último.

“Yo ahora me voy a mi casa, pero mañana a partir de las 7 de la mañana está el desayuno y les cuento más sobre las excursiones y también los lugares para visitar.

” Terminó la frase, se subió a la moto y se fue.

Junto con mi mujer y mi hija llevamos todo a la habitación por llamarla de una forma que se entienda, porque se alejaba bastante de lo publicado en internet.

Puse las llaves y con solo colocarla en la cerradura, la puerta se abrió.

Entramos todo lo necesario y cuando voy a cerrar la puerta, la cerradura no funcionaba, ni siquiera el pestillo, es decir, la puerta quedaba abierta completamente.

Nos acomodamos, nos baneáamos, pero con la idea de hablar al día siguiente con el empleado de la posada para que nos cambie la habitación, por favor, ya que no nos sentíamos seguros durmiendo o dejando las pertenencias durante el día con la puerta abierta y el acceso totalmente libre.

Pero eso sería tarea para el día siguiente.

Nos cambiamos, salimos con el auto a buscar entre la lluvia ese famoso lugar para comer.

Luego de dar unas cuantas vueltas con las luces altas en todo momento, ya que el alumbrado público era casi inexistente, encontramos este lugar, un lugar que no encajaba con el pueblo.

Era una esquina con alambrado que en su interior tenía un bar restó.

Entre el alambrado y la estructura había un lindo parque y un caminito de cemento que te llevaba a la puerta de entrada.

Estaba muy bien iluminado este lugar, así que fue fácil de identificar entre tanta oscuridad del barrio.

Así que estacioné el auto y bajamos con un poco de apuro por la llovisna fuerte y ahí nos encontramos con una situación similar a la entrada a Colonia Pellegrini.

Pero en este caso eran tres mujeres de negro sentadas en la puerta de la casa que estaba enfrente de este lugar.

Obviamente levantamos la mano saludando a lo que estas mujeres sentadas a la intemperie y claramente mojándose por la lluvia hicieron el mismo gesto que los hombres de la entrada.

Dirigen la mirada hacia nosotros, vuelven la cabeza y se ríen entre ellas.

Ninguna saludó.

Algo extraño, sin dudas, estaba pasando.

Cenamos en este lugar y nos fuimos.

Y una vez afuera, entramos al auto, lo pongo en marcha y comenzamos la vuelta a la posada.

Aún estaba lloviendo.

No era una lluvia copiosa, pero sí puedo decir que era una llovina bastante fuerte.

A minutos de emprender el recorrido de vuelta, vemos que en la oscuridad una mujer de negro estaba colocando sábanas en una soga que estaba en el jardín de su casa al intemperie.

Estaba colgando sábanas de una manera muy pero muy lenta, de noche y lloviendo.

Y acá seguramente se entienda mi frase inicial cuando dije que la normalidad se transformaba en incoherencia.

Todo lo relatado hasta el momento contado cada hecho en forma aislada, quizás sean cosas normales o hechos únicos que en un todo pueden ser intrascendentes, pero a estas alturas todo era llamativo y tal vez nos estaba preparando para lo que estaba por venir.

Llegamos a la posada, entramos a la habitación y como la cerradura no funcionaba, entonces con mi mujer decidimos trabas de luz.

No era un sistema de seguridad digno de un búnker, pero al menos no dejaba que algún perro el mismo viento abra la puerta por la noche.

La cuestión fue que nos acostamos a dormir pasada las 12 de la noche y siendo 10 de agosto era el cumpleaños de mi mujer.

La saludamos entre risas, nerviosas por la incómoda situación y nos tapamos hasta la cabeza porque hacía frío.

No pasaron más de 10 minutos que empezamos a escuchar a unos perros llorar y quejarse.

No ladrar, no gruñir.

un llanto y un quejido como si les estuvieran pegando.

Inmediatamente y al mismo tiempo la puerta de la habitación se empezó a sacudir y los perros arrascar la puerta.

El techo de la habitación que por dentro era machimbrado pero por fuera de chapa, comenzó a crujir como si hubiese alguien caminando, aunque no parecía alguien, sino algo, un animal.

Mientras estoy escribiendo esto, se me tensan todos los músculos de la cara y se me paran los pelos de los brazos.

Es increíble.

Con mi mujer nos levantamos para ver qué pasaba fuera.

Estábamos muy asustados porque no sabíamos si afuera había un animal que estaba atacando a los perros o si alguna persona los estaba lastimando, así que la idea era ayudarlos dentro de lo posible.

Sinceramente, el llanto y el quejido de estos perros sonidos de los que no nos vamos a olvidar nunca más.

Y pasó algo más.

Al mismo tiempo, el techo comenzó a sentirse aún más ruidoso, como si le estuvieran pegando con algo, con alguna cosa.

Y también se sentían sonidos más agudos, como si estuviesen tirando piedras.

No nos quedó otra, así que tomamos valor y abrimos la puerta lentamente.

Abrimos la puerta y vemos a los perros durmiendo.

O sea, no no es que estaban yéndose porque abrimos la puerta o que pararon de de ladrar o bueno, o lo que sea cuando abrimos la puerta, ¿eh? No, no.

Los perros estaban durmiendo en el hall, seguían otra vez durmiendo ahí en la en lo que sería la galería, digamos.

Nos mirabamos con mujer como diciendo, “No, no, acá estamos acá algo pasa decí, no, acá algo pasa, está basta.

” O sea, uno un poco está bien, se caga de risa con el el tipo de la de la ruta que te dice, “Che, eh, tengan cuidado.

” Bueno, te reí un poquito.

También te reí de la gente que le levantas la mano y no te saluda.

Te reís que estén todos de negro abajo de la lluvia.

Te reís un poco porque, bueno, nada, sí, uno relaja un poco porque si no tampoco va a estar todo el tiempo perseguido con que hay algo sobrenatural que que te quiere que te quiere matar, ¿viste? Entonces es como que no no no lo pensamos por ese lado, pero ya esto que había pasado fue algo extremo, extremo, porque fue algo auditivo.

Sí, nosotros escuchamos los perros llorar, escuchamos el techo a los golpes limpios y algo visual porque cuando abrimos la puerta los perros estaban durmiendo, o sea, no es que estaban yéndose, estaban durmiendo.

Entonces es como que algo no cuadraba en esa en esa escena.

Después de un rato de haber pasado esto, escuchamos pasos afuera y alguien entrando a la habitación de al lado.

Deducimos entonces que sería un nuevo huésped, pero espiamos por la ventana y nos pareció raro no ver ni un vehículo.

No había un auto, no había un camión, no había una moto, no había una bicicleta.

Digo, es muy difícil llegar a este lugar caminando.

Ya es difícil llegar en vehículo compacto, mucho más complejo es llegar a pie.

Entonces, imaginemos que si no era un huésped, sería el encargado o alguien del predio.

El ingreso de esta persona fue muy evidente, pero una vez que entró a la habitación, ya no se escuchó nada, aunque sea por un rato.

Toda la situación fue extraña, porque si no era un empleado del lugar, entonces era un huésped y si era un huésped, seguramente debería estar el encargado para darle la llave.

Lo mejor que podíamos hacer era aprovechar esta oportunidad de hablar con él para ver si podía cambiarnos a otra habitación.

Así que salimos, salimos a la galería y otra vez no vemos signos de vida humana en ningún lado.

De hecho, la habitación de al lado estaba oscura, no había luz.

En el ingreso al predio, no había otro vehículo más que el nuestro.

La oficina de recepción estaba con la luz apagada.

Así que todo esto era muy pero muy extraño.

Nos metimos adentro sin entender bien la situación.

No pudimos pegar un ojo en toda la noche, te podrás imaginar.

Y al parecer el de al lado tampoco, porque no paraba de hacer ruidos.

Si no era un golpe contra la pared eran pasos.

Si no era un golpe contra el piso, si no eran portazos, era algo insoportable.

Pero lamentablemente existen personas así en todos lados y no hay mucho que se pueda hacer.

Ya entrada las primeras horas de la madrugada, sin haber dormido un minuto, acordamos con mi mujer decirle al encargado una mentira piadosa, aludiendo una urgencia en Buenos Aires, que nos teníamos que regresar cuanto antes y que no importaba perder lo ya abonado por el hospedaje, pero no teníamos opción.

Era una mentira que de alguna forma nos servía a nosotros para irnos sin dar mayores explicaciones.

Explicaciones que tal vez no serían tomadas de buena manera y lo hacíamos sin perjudicarlo, ya que habíamos abonado el total de la estadía y queríamos dejarlo.

Ese fue el acuerdo que hicimos con mi mujer y lo cumplimos.

Con el primer rayo de sol armamos la valija, las mochilas, las cargamos en el auto y ni bien lo vimos venir le dimos la noticia.

Este muchacho nos ofrecido sin problemas devolvernos la diferencia por las noches que no usaríamos e incluso nos invitó a desayunar, pero le dijimos que no a todo.

Fue muy amable y considerado, pero teníamos la idea de irnos cuanto antes de ahí.

Fue tan insistente que finalmente nos quedamos a desayunar y también nos devolvió el dinero íntegro de lo abonado.

No había manera de negárselo.

Después de este gesto y viéndolo como algo justo, le dejamos una propina muy importante.

Hay que contemplar.

Así lo hicimos nosotros, que ese dinero ya lo dábamos por perdido.

Y en el fondo creo que el gesto que tuvo este empleado fue muy honesto y empático con nosotros.

Aprovechando ese lapso de confianza que nos había dado la noche anterior, le dijimos antes de irnos esto.

Che, y por otro lado, nada que ver, pero un poco ruidoso el nuevo huésped que vino después de nosotros.

No paró de hacer ruido un solo segundo en toda la noche.

¿Y sabes quién nos respondió? Los únicos son ustedes.

No vino nadie toda la noche.

El complejo está vacío.

Y así como queriendo mostrar que estaba diciendo la verdad porque nos vio la cara, tomó las llaves, abrió la puerta de la habitación de al lado a la nuestra y obviamente estaba vacía y sin señales de que alguien haya estado.

No supimos qué decir, así que el silencio fue lo más acorde al momento.

El 10 de agosto, tipo 9 de la mañana, salimos del complejo y no había un alma en la calle.

Insisto, entre las 8 y las 9 de la mañana, horario en el que normalmente la gente va a trabajar, los chicos al colegio, otros al supermercado, horario en el que mínimamente a una persona seguro ves, pero no, no había nadie, no había una persona, no había un auto, nada de nada.

Parecía una escena de alguna película postapocalíptica, exceptando claro que estaba todo en condiciones, aunque faltaba la vida humana, no más.

Un simple detalle.

Minutos después tomamos la ruta provincial 40 y mi mujer decide manejar ese tramo hasta el pavimento.

Fuimos hablando de toda la locura que vivimos esa noche.

Sacamos conjeturas, tratamos de ser lo más terrenales posibles, pero la conclusión siempre terminaba en algo ilógico, en algo que no tenía explicación tangible.

Pero en un momento, a la altura de Galarza, ya en la ruta 41, que es igual a la 40 en características, los dos empezamos a tener una sensación horrible que recién más adelante la confesamos.

Mientras tanto, cada uno la vivió y la sintió en silencio.

Este detalle es muy importante.

Estuvimos callados por un largo rato hasta que en un instante ella pierde un poco el control del auto, ya que había muchas huellas de camiones y camionetas.

Recordemos que la ruta en ese tramo es de tierra y en bastante mal estado.

La cuestión es que un poco más adelante vuelve a perder el control levemente y le pregunto si estaba bien porque quizás estaba cansada y quería que yo siga manejando.

No terminó de contestarme diciéndome que no, que estaba bien, pero la ruta estaba intransitable cuando nuevamente pierde el control, pero esta vez de una manera más violenta, haciendo que el auto se despiste y literalmente salimos volando entre los arbustos.

Caímos en una zanja, más bien en un enorme sanjón que afortunadamente estaba seco, pero desafortunadamente era bastante profundo.

Por suerte, nuestra hija estaba bien, venía durmiendo y con el cinturón de seguridad.

Mi mujer en cambio se lastimó las muñecas por el golpe y se puso muy nerviosa.

Yo me lastimé los tobillos y junto a mi hija intentamos calmarla y saber cómo seguir.

El auto estaba destruido, pero por suerte funcionando.

Lo primero que teníamos que hacer era buscar una solución e intentar salir de ahí cuanto antes.

Así que agarré el teléfono para llamar al seguro, a los bomberos, a la grúa, a la policía o a quien sea, pero que nos vengan a buscar, que nos ayuden.

La cuestión era que no había una sola línea de señal, ninguno de los teléfonos funcionaba.

Mi mujer se recompuso levemente del ataque de pánico y subió a la lomada que se para la ruta de la zanja con el fin de pedir ayuda.

Pero como era de esperar y como lo sabíamos, no pasaba absolutamente nadie.

La zona era realmente desolada por completo.

En un momento intenté mover el auto y me di cuenta que era posible salir, así que le dije a mi hija que se agarre fuerte y en un acto de imprudencia, tal vez y desesperación, aceleré a fondo y trepé el montículo como si fuese un todoterreno.

Logramos salir de la zanja.

El auto estaba destruido, pero con posibilidad de llegar a Posadas y hacerlo revisar para volver a Buenos Aires.

La travesía no podía seguir con el vehículo en esas condiciones.

Hay un dato de color que quiero mencionar y es que en el camino entre el accidente y la entrada de la ruta faltada a varios kilómetros encontramos muchos animales muertos, vacas y caballos principalmente.

Todos estaban al costado de la ruta muertos y con la cabeza comida, con los huesos a la vista.

Esto nos llamó la atención, pero desconocemos realmente si hay algo relacionado o no a todo lo que nos fue pasando.

Por último, algo que te pedí que recuerdes y muy importante, fue que entrando a la ruta faltada nos pusimos a recordar y hablar del accidente y ambos dijimos al unísono la sensación que tuvimos minutos antes de chocar.

Mi mujer empezó a contarme lo que había sentido y yo confirmé que había sentido exactamente lo mismo.

¿Cuál fue la razón? No lo sé.

Y dentro de estas sensaciones fue que veía la ruta de tierra recta, pero sentía que a pesar de estar avanzando, estaba pasando lo contrario.

Veía que la ruta se alejaba más bien.

Ella me miró cuando le conté esto y con los ojos llorosos, porque no entendía lo que estaba pasando, me dijo que había sentido lo mismo.

Y esto puede ser una coincidencia, pero es muy extraño que no lo hablamos en el momento y cada uno lo sintió independientemente en el mismo momento sin saberlo.

Llegamos a pensar que nos habían puesto algo en la comida, en el desayuno.

No sé.

Tratamos de buscarle una respuesta razonable, coherente, con sentido, que no nos pinte como locos, pero sabes qué, no llegamos a ninguna conclusión firme.

A mí me cuesta creer en lo paranormal, en lo invisible, en lo energético, pero sinceramente no encuentro palabras para describir lo que sentimos una vez que dejamos la ruta 41.

fue como cuando el protagonista de una película de terror logra escapar del captor, del asesino, como cuando estás bajo el agua y logr salir a respirar.

Estábamos saliendo de la pandemia y cuando llegamos al límite de corrientes y misiones, yo rengueando a mi mujer con las muñecas adoloridas, el auto con los paragolpes destrozados, de hecho el paragolpe trasero quedó en la zanja, lo primero que me piden es que me isope.

Les comenté a los agentes que habíamos tenido un accidente, que necesitábamos primero un médico y un mecánico, pero no hubo caso.

Primero el isopado.

Podríamos haber atropellado a alguien en la ruta, haber matado a un transeunte, no sé, cualquier barbaridad, pero no.

La mayor preocupación era tener el isopado, así que me lo hice.

La gente después de esto me indica que cerca de ahí había una estación de servicio con taller.

Así que nos fuimos directo.

Hablamos con el mecánico, le pedimos que nos ponga el auto en condiciones mínimamente aceptables como para poder volver a casa y ahí sí llevar el auto a arreglar como corresponde.

Pero este mecánico se llamaba Juan.

Después de saber los planes iniciales del viaje y cómo habíamos cambiado por completo el itinerario, no solo nos arregló el auto muy bien, sino que también nos convenció de seguir viaje y conocer cataratas.

Esa noche, además de festejar como corresponde el cumpleaños de mi mujer, descansamos como nunca.

Al día siguiente nos levantamos, fuimos a cataratas, la pasamos excelente y nos volvimos a Buenos Aires.

Eso sí, a la vuelta manejé desde cataratas aposadas, dormimos una noche y salimos muy temprano para intentar cruzar todo corrientes sin descansar ni siquiera para comer.

Las cosas que nos pasaron en este viaje, especialmente la zona de corrientes, fueron, a nuestro entender bastante extraordinarias, llamativas, por lo menos.

Después, con el tiempo hablando con mi mujer y divagando un poco, sentimos como que entramos en otra dimensión.

Es algo totalmente ilógico.

Pero vos, ya que escuchaste toda la historia, me dirás si hay algo que tal vez pueda ser una respuesta.

Es decir, que por algún motivo ingresamos en una zona negra o a un plano paralelo de este mismo punto del mapa.

Y lo pensamos porque googleamos los lugares, las rutas, la posada, cada sector donde estuvimos, el resto, por ejemplo, todo.

Y son lugares que en fotos se ven de ensueño y los comentarios son todos buenos.

Son lugares super valorados y visitados por mucha gente todos los años y todos ellos se van con una experiencia única vivida.

Positiva, por supuesto.

Entonces, creemos que algo raro, no sabemos qué, pasó en el momento en el que el pavimiento se terminó en la ruta provincial 40.

Los animales, el ciervo que nos miraba desafiante, esta familia en la camioneta, la actitud de la poca gente que vimos en la colonia, el episodio en la habitación donde claramente vivimos una experiencia paranormal, el huésped que nunca existió, la sensación que tuvimos antes del accidente, muchas cosas en poco tiempo y en un mismo lugar.

Después, investigando un poco sobre todo lo que nos pasó y hablando con gente de campo, el fenómeno se esclareció tal vez un poquito.

Lo primero que varios nos preguntaron fue si pasamos por el santuario del Gauchito Hill y lo saludamos y la verdad es que no.

Así que la conclusión más repetida fue que quizás ahí estuvo el problema.

Si vas a estos lugares y no saludas al gauchito, perdés la protección.

Y al perder la protección podés tener mala suerte en el camino.

No es seguro, no siempre, pero algo puede pasar incluso hasta tener un accidente.

Y nosotros cuando llegamos a Mercedes pasamos literalmente a metros del santuario.

A pocos kilómetros de ahí es donde empezó nuestra odisea.

Ese fue el comentario común con respecto al accidente y a todo lo que pasó en la ruta provincial 40.

En cuanto al episodio de la posada, hay una opinión dividida.

Paranormal ambas, pero dividida.

Algunos opinaron que se trató del lobisón, muy común en Corrientes.

Se dice que cuando está cerca los perros se alteran y pueden escucharse golpes en todos los alrededores.

Otros opinan que claramente se trató del bombero, duende del nordeste que hace ruidos, golpes, camina por los techos y molesta a la gente por las noches imitando sonidos confusos.

En cuanto al huésped invisible, la verdad es que ya no sabemos qué pensar, pero tal vez se trató también del bombero.

En conclusión, lo único que sabemos es que de esta experiencia no nos vamos a olvidar jamás.

Los ruidos, los golpes, los quejidos de los perros y la puerta sacudiéndose junto a todo lo del viaje fue real.

Lo escuchamos y lo vivimos.

 

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