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Unión venezolana como respuesta a la catástrofe

Más Allá de los Escombros: El Análisis que Expone la Verdadera Batalla por la Narrativa de Venezuela
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Mientras los equipos de rescate continúan removiendo escombros en La Guaira y las familias siguen buscando a sus seres queridos bajo toneladas de concreto, existe una batalla paralela que es igualmente importante, aunque menos visible. Es una batalla por la narrativa, por el significado, por quién tiene el derecho a contar la historia de lo que está sucediendo en Venezuela. El sociólogo Óscar Lloreda, en un análisis que trasciende los números de víctimas y los reportes de daño estructural, ha identificado algo que muchos observadores externos parecen haber pasado por alto: que Venezuela no es un país de víctimas pasivas esperando ser salvadas, sino una sociedad con capacidades internas profundas de autoorganización y resistencia. Y que hay fuerzas que tienen un interés vested en que el mundo no vea esta realidad.

El argumento de Lloreda comienza con una observación cultural que es fundamental para entender cómo Venezuela está respondiendo a la crisis. Existe una práctica ancestral llamada “Cayapa” o “Gayap”, un sistema de trabajo comunitario basado en el principio de “todos por uno y uno por todos”. Cuando llega una crisis, cuando una familia enfrenta una emergencia, la comunidad se moviliza espontáneamente. No hay que llamar al gobierno, no hay que esperar órdenes oficiales. La gente simplemente se reúne y trabaja juntos para resolver el problema. Es un mecanismo de solidaridad que ha existido durante siglos, que ha sido probado y refinado a través de generaciones de adversidad.

Lo que Lloreda señala es que esta práctica no es simplemente un vestigio folclórico del pasado. Es un sistema vivo, activo, que fue revitalizado durante la crisis económica de las últimas décadas. Cuando la economía venezolana colapsó, cuando los servicios del gobierno se volvieron poco confiables, las comunidades no se rindieron. En su lugar, desarrollaron redes de autogestión, sistemas de distribución de alimentos, estructuras de apoyo mutuo. Estas redes, que han estado funcionando durante más de una década, fueron activadas inmediatamente cuando los terremotos golpearon. No fue necesario que el gobierno coordinara estos esfuerzos. Las comunidades ya sabían cómo hacerlo.

Venezuela’s Democratic Transition Needs Women, Including Machado | Council on Foreign Relations

Esto es lo que explica por qué, en los primeros momentos después del terremoto, mientras el gobierno aún estaba organizando sus respuestas oficiales, ya había equipos de voluntarios excavando, ya había caravanas de alimentos llegando a las zonas afectadas, ya había sistemas de distribución funcionando. No fue porque el gobierno fuera eficiente. Fue porque la sociedad civil ya tenía las estructuras en lugar para responder.

Pero aquí es donde la análisis de Lloreda se vuelve más incisivo. Señala que hay una narrativa que está siendo promovida activamente en los medios internacionales y en las redes sociales, una narrativa que presenta a Venezuela como un país que necesita ser salvado desde el exterior, que es incapaz de cuidarse a sí mismo, que requiere intervención internacional. Es una narrativa que, según Lloreda, no es simplemente una descripción inexacta de la realidad. Es una herramienta política, un arma en lo que él llama una “guerra de la percepción”.

Lloreda va más allá y conecta esto con patrones históricos. Señala que hay un precedente directo en la historia de Venezuela: el terremoto de Caracas de 1812. Ese terremoto ocurrió apenas un año después de que Venezuela declarara su independencia de España. En ese momento, mientras la ciudad aún estaba en ruinas, mientras las personas estaban traumatizadas y asustadas, los poderes coloniales y la Iglesia Católica utilizaron la tragedia para argumentar que el terremoto era un castigo divino por el intento de independencia. Era una forma de desmoralizar a la población, de minar la confianza en el proyecto de independencia, de preparar el terreno para la recolonización.
Tens of thousands still missing in Venezuela, five days after twin earthquakes devastated the coast | Here & Now

Lo que Lloreda sugiere es que algo similar está sucediendo ahora. La narrativa de que Venezuela es incapaz de cuidarse a sí mismo, de que necesita ser salvada por fuerzas externas, es una forma moderna de colonialismo. No es colonialismo en el sentido tradicional de ocupación militar, sino en el sentido de control narrativo, de determinar cómo se entiende la realidad, de establecer quién tiene autoridad para hablar sobre lo que está sucediendo.

Pero hay más. Lloreda señala que hay elementos de discriminación racial y de clase en estas narrativas. Los ataques contra la presidenta interina Delcy Rodríguez, la conexión de los terremotos con festivales culturales de raíces africanas como San Juan, la insistencia en que los venezolanos son incapaces de autoorganizarse: todo esto, según Lloreda, refleja un sistema de pensamiento que históricamente ha marginado a los pobres, a los trabajadores, a las personas de color. Es una forma de decir que estas personas no son capaces de gobernar sus propios asuntos, que necesitan ser gobernadas por otros, que son fundamentalmente inferiores.

Lo que es notable es que Lloreda no está negando que hay problemas reales en Venezuela, que hay desafíos significativos que enfrentar. Lo que está diciendo es que estos desafíos no invalidan la capacidad de los venezolanos para responder, para organizarse, para reconstruir. De hecho, está argumentando que la experiencia de la crisis económica ha fortalecido estas capacidades, no las ha debilitado.
At least 1,430 dead after devastating back-to-back earthquakes in Venezuela | Fox Weather

Lloreda propone lo que llama una “metodología de remar en la misma dirección”. No significa que todos los venezolanos tengan que estar de acuerdo en todo, que tengan que tener la misma ideología política. Significa que, en este momento, en esta crisis, hay un proyecto común: sobrevivir, reconstruir, garantizar que la vida sea posible. Y que este proyecto requiere que las personas trabajen juntas, que superen las divisiones políticas, que se enfoquen en lo que los une en lugar de lo que los divide.

Es un argumento que es tanto inspirador como desafiante. Inspirador porque sugiere que hay una capacidad real, demostrada, de resistencia y autoorganización. Desafiante porque requiere que las personas rechacen las narrativas externas que dicen que son víctimas impotentes, que requiere que tomen responsabilidad por su propio futuro.

Lo que emerge de este análisis es una comprensión más compleja de lo que está sucediendo en Venezuela después de los terremotos. No es simplemente una historia de desastre natural y respuesta humanitaria internacional. Es una historia de una sociedad que ha desarrollado capacidades profundas de autoorganización, que está resistiendo activamente las narrativas que la presentan como impotente, que está eligiendo la solidaridad y la unidad sobre la división y la dependencia.
Venezuela’s race to find survivors enters its darkest phase | Malay Mail

Esto no significa que Venezuela no necesite ayuda internacional. Claramente la necesita. Pero significa que esa ayuda debe ser ofrecida de una manera que respete la capacidad de los venezolanos de tomar decisiones sobre sus propios asuntos, que reconozca que ellos no son simplemente receptores pasivos de caridad, sino actores activos en su propia reconstrucción.

Lo que Lloreda está sugiriendo es que la verdadera batalla no está siendo librada en los escombros de La Guaira, aunque allí es donde es más visible. La verdadera batalla está siendo librada en el terreno de la narrativa, en la lucha por determinar cómo se entiende la capacidad de los venezolanos, en la resistencia a las historias que dicen que son incapaces de cuidarse a sí mismos.

Y en esa batalla, según Lloreda, los venezolanos ya han ganado. Porque la realidad en el terreno, la solidaridad que está siendo demostrada, la autoorganización que está ocurriendo, es más fuerte que cualquier narrativa externa. Los escombros pueden ser removidos, los edificios pueden ser reconstruidos, pero la capacidad de la sociedad civil venezolana de organizarse, de cuidarse mutuamente, de resistir, eso es algo que no puede ser destruido por un terremoto. Y eso es lo que realmente importa en el largo plazo.

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