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“Quieren seguir saqueando”: reacciones a pedido de Delcy Rodríguez sobe el oro venezolano

El Oro de la Discordia: Cómo Venezuela Intenta Usar la Tragedia del Terremoto para Recuperar 31 Toneladas de Oro Bloqueado en Londres
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Mientras Venezuela aún estaba contando sus muertos, mientras las familias buscaban a sus seres queridos bajo los escombros, mientras los rescatistas trabajaban sin descanso en La Guaira, algo sucedía en los pasillos del poder político en Caracas que parecía casi surrealista en su cinismo. Delcy Rodríguez, la encargada del régimen chavista en Venezuela, estaba escribiendo una carta al Rey Carlos III del Reino Unido. No era una carta de gratitud por la ayuda internacional. No era una carta pidiendo asistencia humanitaria. Era una carta pidiendo que se liberara el oro venezolano que ha estado bloqueado en las bóvedas del Banco de Inglaterra durante años. Treinta y una toneladas de oro, con un valor aproximado de cuatro mil millones de dólares, que Venezuela afirma le pertenece y que debería ser liberado para “atender las consecuencias del sismo”. Era un movimiento que dejó a muchos analistas internacionales boquiabiertos, no solo por su audacia, sino por lo que revelaba sobre las prioridades del gobierno venezolano en un momento de crisis humanitaria.

La historia del oro venezolano en el Banco de Inglaterra es compleja y está entrelazada con años de conflicto político, sanciones internacionales, y disputas sobre la legitimidad del gobierno. El oro fue depositado en Londres hace décadas, cuando Venezuela tenía relaciones normales con el Reino Unido y cuando el sistema financiero internacional funcionaba de manera diferente. Pero en los últimos años, a medida que las sanciones internacionales se intensificaron contra Venezuela, a medida que el gobierno enfrentaba presiones políticas y económicas, ese oro se convirtió en un símbolo de poder, de soberanía, de recursos que podrían ser utilizados si tan solo pudieran ser accedidos. El problema era que no podían ser accedidos. El Banco de Inglaterra, siguiendo las directrices del gobierno británico, se negaba a liberar el oro. La razón oficial era que había incertidumbre sobre quién era el representante legítimo de Venezuela, quién tenía autoridad para ordenar la liberación de los fondos.

Ahora, con el terremoto, el gobierno venezolano estaba haciendo un nuevo intento. Estaban argumentando que la tragedia humanitaria justificaba la liberación del oro. Era una estrategia que parecía diseñada para aprovechar la simpatía internacional que Venezuela estaba recibiendo después del desastre natural. Era un intento de convertir la tragedia en una oportunidad política y financiera. Pero para Vanessa Neumann, directora ejecutiva de Asymmetrica y analista internacional especializada en Venezuela, esta solicitud revelaba algo mucho más profundo sobre las intenciones del gobierno venezolano.
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Neumann señaló que este no era el primer intento del gobierno de acceder al oro. Hace seis años, durante la pandemia de COVID-19, el gobierno había hecho un argumento similar. Habían dicho que necesitaban el oro para comprar medicinas, para atender la crisis de salud pública. Pero cuando se les preguntaba cómo exactamente usarían el oro, cómo lo convertirían en medicinas, los detalles se volvían vagos. Ahora, con el terremoto, estaban haciendo el mismo argumento nuevamente, solo con una crisis diferente como justificación. Era un patrón que sugería que el interés del gobierno en el oro no era simplemente acceder a recursos para ayudar a los necesitados, sino algo más.

Lo que hacía que el oro fuera particularmente atractivo para el gobierno, según Neumann, era su naturaleza única como activo financiero. A diferencia del dinero en efectivo, que puede ser rastreado a través de sistemas bancarios internacionales, a diferencia del petróleo que tiene cadenas de suministro identificables, el oro es lo que los economistas llaman un “activo fungible”. Una vez que el oro es derretido, una vez que es refundido, una vez que sus números de serie son eliminados, es prácticamente imposible rastrear de dónde vino o a dónde va. Esto lo hace perfecto para transferencias de dinero que no desean ser rastreadas, para movimientos de capital que prefieren permanecer ocultos. Si el gobierno pudiera acceder al oro, podría convertirlo fácilmente en efectivo, podría enviarlo a países como Dubai, Turquía o Irán, podría utilizarlo para financiar actividades que de otra manera serían imposibles de financiar debido a las sanciones internacionales.

Pero más allá de las consideraciones prácticas, el oro tenía un significado político profundo. Para el gobierno venezolano, el oro representaba soberanía nacional, representaba la capacidad de actuar de manera independiente en el escenario internacional, representaba un símbolo de poder que había sido arrebatado por fuerzas externas. El hecho de que el oro estuviera bloqueado en Londres era una humillación constante, un recordatorio de que el gobierno no tenía control total sobre los recursos de la nación. Recuperar el oro sería una victoria política, una demostración de que el gobierno podía desafiar a las potencias occidentales, que podía recuperar lo que consideraba suyo.
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Desde una perspectiva legal, sin embargo, la solicitud de Delcy Rodríguez al Rey Carlos III era prácticamente sin fundamento. El Rey no tenía autoridad para ordenar la liberación del oro. Esa decisión estaba completamente en manos del Banco de Inglaterra y del Ministerio de Asuntos Exteriores británico. Más importante aún, existía una doctrina legal conocida como la “Doctrina de Una Sola Voz”, establecida por la Corte Suprema británica en fallos anteriores. Esta doctrina establecía que cuando hay disputa sobre quién es el representante legítimo de un país, el Ministerio de Asuntos Exteriores británico es la única entidad que puede determinar quién es ese representante. Y el Ministerio de Asuntos Exteriores británico no había reconocido al gobierno de Delcy Rodríguez como el gobierno legítimo de Venezuela. Por lo tanto, legalmente, Rodríguez no tenía derecho a ordenar la liberación del oro.

Pero lo que era quizás más preocupante que los aspectos legales era la cuestión de cómo sería utilizado el oro si fuera liberado. No había ningún mecanismo de supervisión internacional. No había ningún plan detallado sobre cómo los fondos llegarían a las víctimas del terremoto. El gobierno simplemente estaba pidiendo que se le diera el dinero, con la promesa implícita de que lo utilizaría para ayudar a los necesitados. Pero dado el historial del gobierno, dado las acusaciones de corrupción generalizada, dado que funcionarios anteriores como Tareck El Aissami habían sido acusados de robar más de veinte mil millones de dólares de los fondos públicos, ¿por qué alguien debería confiar en que el dinero sería utilizado para fines humanitarios?

Neumann hizo un punto particularmente mordaz sobre la ironía de la situación. Argumentó que si realmente el gobierno estaba preocupado por los recursos para ayudar a los necesitados, podrían simplemente recuperar el dinero que sus propios funcionarios habían robado. El dinero que había sido sacado ilegalmente del país, que estaba siendo guardado en cuentas bancarias secretas en el extranjero, era significativamente mayor que el valor del oro en Londres. Si el gobierno pudiera recuperar esos fondos, tendría más que suficiente para ayudar a las víctimas del terremoto. Pero eso requeriría admitir que había corrupción, que requeriría investigar a sus propios funcionarios, que requeriría un nivel de transparencia que el gobierno no parecía dispuesto a proporcionar.

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Lo que la solicitud del oro revelaba, entonces, era una serie de realidades incómodas sobre Venezuela. Revelaba que incluso en medio de una crisis humanitaria, incluso cuando miles de personas estaban muriendo, incluso cuando familias estaban siendo destrozadas, la prioridad del gobierno seguía siendo acceder a recursos que pudieran ser utilizados de maneras que no eran transparentes, que no eran supervisadas, que no eran responsables ante el pueblo. Revelaba que el gobierno estaba dispuesto a utilizar la tragedia como una herramienta política, como una oportunidad para avanzar sus objetivos geopolíticos y financieros. Revelaba que la preocupación por las víctimas del terremoto era secundaria a la preocupación por recuperar el poder, por recuperar recursos, por recuperar la capacidad de actuar sin restricciones internacionales.

Neumann también señaló que la solicitud del oro no era simplemente un acto de cinismo político. Era también un acto de desespero. El gobierno estaba buscando cualquier forma de acceder a recursos en un momento en que la economía venezolana estaba en colapso, en que los fondos de divisas eran escasos, en que la capacidad de importar bienes esenciales era limitada. El terremoto, aunque una tragedia, era también una oportunidad para intentar resolver problemas financieros de largo plazo. Era una oportunidad para hacer un argumento que podría resonar con la comunidad internacional: “Nuestro país está sufriendo, necesitamos recursos para reconstruir, liberen el oro que nos pertenece.”

Pero la comunidad internacional, al menos según Neumann, no debería caer en esa trampa. Debería reconocer que liberar el oro sin mecanismos de supervisión sería simplemente facilitar la corrupción, sería simplemente permitir que recursos que podrían ayudar al pueblo venezolano fueran desviados hacia cuentas privadas, hacia financiamiento de actividades ilegales, hacia enriquecimiento personal de funcionarios del gobierno. Debería insistir en que si el oro fuera liberado, debería ser bajo supervisión internacional estricta, a través de organizaciones como la Cruz Roja Internacional o agencias de las Naciones Unidas que pudieran asegurar que los fondos llegaran realmente a las víctimas del terremoto.
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Lo que la historia del oro revelaba, en última instancia, era que incluso en tiempos de crisis, incluso cuando la humanidad debería unirse para ayudar a los necesitados, la política, el poder y los intereses financieros continuaban jugando un papel central. Era un recordatorio de que la tragedia puede ser utilizada como herramienta política, que el sufrimiento puede ser explotado para objetivos que no tienen nada que ver con aliviar ese sufrimiento. Y era un recordatorio de que la verdadera reconstrucción de Venezuela, la verdadera ayuda a sus ciudadanos, requeriría no solo recursos financieros, sino también un cambio fundamental en cómo el poder era ejercido, en cómo los recursos eran distribuidos, en cómo la responsabilidad era establecida. Hasta que eso sucediera, incluso si el oro fuera liberado, sus beneficios probablemente nunca llegarían a las personas que más lo necesitaban.

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