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El drama de las familias venezolanas no termina tras semanas de los sismos: Es difícil perderlo todo

Cuando las Cámaras Se Apagan: El Verdadero Drama Comienza Después del Terremoto

Dos semanas después de la tragedia, los sobrevivientes enfrentan una crisis psicológica silenciosa mientras excavan con las manos desnudas buscando a sus seres queridos
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Daniela permanece en silencio por un momento largo, sus ojos fijos en un punto indefinido en el horizonte. Luego habla, y sus palabras son simples pero devastadoras: “Es difícil, es difícil perderlo todo, en cuestión de segundos. Yo también estaba ahí, no lo pude ayudar, no lo pude sacar”. En esa frase breve se condensa la experiencia de cientos de miles de venezolanos que sobrevivieron al doble terremoto del veinticuatro de junio, pero que ahora enfrentan algo potencialmente más destructivo que el desastre natural mismo: la crisis psicológica que emerge cuando la emergencia aguda se transforma en trauma crónico.

El edificio Coral Mar en La Guaira, que alguna vez fue un complejo residencial que albergaba a familias, ahora es un monumento a la devastación. Completamente colapsado, reducido a capas de concreto aplastado, permanece como un recordatorio físico de la magnitud de lo que ocurrió. Pero lo que hace que Coral Mar sea particularmente simbólico de la crisis actual no es solo su destrucción, sino lo que sucede en sus alrededores dos semanas después del terremoto.

Aproximadamente ciento cinco personas, incluyendo sesenta y cinco adultos y cuarenta niños, viven actualmente en las aceras adyacentes al sitio de Coral Mar. No viven en campamentos organizados con tiendas de campaña designadas. Viven literalmente en la calle, bajo lonas improvisadas que ofrecen protección mínima contra los elementos. Cuando llueve, las lonas se rasgan, y sus pertenencias, sus colchones, la leche de los bebés, todo se empaña. Cuando hace calor, el calor tropical es sofocante bajo el plástico improvisado. Estos no son refugiados en un campamento temporal; son personas que han sido reducidas a vivir en condiciones de extrema precariedad en el mismo lugar donde perdieron todo.
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Lo que genera particular frustración entre los residentes de Coral Mar es la ausencia de maquinaria pesada en el sitio. No hay excavadoras. No hay grúas. No hay equipos de demolición controlada. Lo que hay son familias desesperadas excavando con sus manos desnudas, con palas pequeñas, con herramientas improvisadas, intentando extraer fragmentos de cuerpos de sus seres queridos de entre toneladas de escombro de concreto reforzado. Es un acto de amor desesperado que también es, en cierto sentido, un acto de futilidad. Sin la maquinaria adecuada, sin los equipos especializados, el progreso es medido en centímetros por día, no en metros.

Los residentes de Coral Mar han hecho un llamado específico: necesitan una excavadora de orugas de tamaño jumbo y una grúa telescópica con capacidad de carga superior a ciento cincuenta toneladas. Estos equipos son los únicos capaces de levantar las losas de piso de concreto reforzado que pesan decenas de toneladas, permitiendo que los rescatistas accedan a los sótanos donde muchas familias quedaron atrapadas. Sin estos equipos, las búsquedas continúan siendo ejercicios de excavación manual que avanzan a ritmo de caracol.

Pero la crisis física es apenas la mitad de la historia. La verdadera magnitud del desastre se revela cuando se examina lo que sucede en la mente de los sobrevivientes. La psicóloga clínica Carolina Guzmán, especialista en diseño de estilos de vida y bienestar, ha identificado un fenómeno psicológico particular que está emergiendo entre los afectados: lo que ella denomina el Síndrome del Sobreviviente, una condición que es potencialmente tan destructiva como el terremoto mismo.
VENEZUELA-EARTHQUAKE

Guzmán señala que el momento más crítico psicológicamente para los sobrevivientes no es inmediatamente después del terremoto, cuando la adrenalina, la esperanza de rescate, y la presencia de equipos internacionales de emergencia mantienen a las personas en un estado de actividad frenética. El momento más crítico es ahora, dos semanas después, cuando las cámaras de televisión se han ido, cuando los equipos de rescate internacionales han regresado a sus países, cuando los perros de búsqueda especializados han completado sus operaciones y se han marchado. Es en este momento cuando la realidad del desastre se impone con toda su crudeza.

Los sobrevivientes que presenciaron la muerte de sus seres queridos enfrentan lo que Guzmán describe como “culpa del sobreviviente”. Daniela, quien estaba presente cuando su familiar fue aplastado bajo los escombros y no pudo hacer nada para salvarlo, ahora carga con la pregunta atormentadora: ¿por qué yo sobreviví y él no? ¿Qué hice diferente? ¿Debería haber estado en otro lugar? ¿Debería haber actuado más rápido? Esta culpa no es racional; es visceral, es emocional, es profundamente destructiva.

La culpa del sobreviviente se complica aún más cuando se combina con lo que Guzmán identifica como una “crisis existencial”. En cuestión de segundos, los sobrevivientes perdieron todo: sus hogares, sus pertenencias, sus seres queridos, su sentido de seguridad en el mundo. La pregunta fundamental “¿quién soy?” se vuelve imposible de responder cuando todo lo que definía la identidad de una persona ha desaparecido. ¿Quién es Daniela sin su familia? ¿Quién es una madre sin sus hijos? ¿Quién es un hijo sin sus padres?
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Guzmán advierte que esta crisis existencial, combinada con las condiciones de vida precarias en los campamentos de refugiados, con la falta de sueño, con la desnutrición, con el estrés constante, se transformará rápidamente en depresión clínica severa. No es una depresión leve o transitoria. Es una depresión que puede ser incapacitante, que puede llevar a comportamientos autodestructivos, que puede resultar en suicidio. Los sobrevivientes del terremoto de Venezuela no solo enfrentan el trauma del evento en sí, sino también el riesgo de que ese trauma se cristalice en enfermedad mental crónica.

Existe un factor adicional que complica el proceso de duelo: la ausencia de cuerpos para enterrar. Para miles de familias, los cuerpos de sus seres queridos nunca fueron encontrados, o fueron identificados pero no devueltos, o fueron enterrados en fosas comunes sin ceremonia. El proceso de duelo, según la teoría de Elisabeth Kübler-Ross, requiere ciertos rituales. Requiere la oportunidad de decir adiós. Requiere un cierre, aunque sea simbólico. Cuando estos rituales no ocurren, cuando una madre no puede ver el cuerpo de su hijo, cuando un esposo no puede enterrar a su esposa, el proceso de duelo se congela. No avanza. Se convierte en un trauma permanente.

Guzmán sugiere que las familias que no pueden encontrar los cuerpos de sus seres queridos implementen lo que ella denomina “reconstrucción histórica de la memoria”. Esto implica reunir fotografías antiguas, objetos personales que sobrevivieron, cartas, cualquier cosa que pueda servir como recordatorio tangible de la persona fallecida. Combinado con prácticas espirituales o religiosas, esto puede crear lo que Guzmán llama una “despedida simbólica”, un ritual que permite que el proceso de duelo avance, aunque sea parcialmente.
Magnitude 7.2 Earthquake Strikes Venezuela

Pero estas intervenciones psicológicas requieren acceso a profesionales de salud mental. Requieren espacios seguros donde las personas puedan procesar su trauma. Requieren tiempo y recursos que actualmente no están disponibles en los campamentos de refugiados de Venezuela. Las personas que viven en las aceras de Coral Mar no tienen acceso a psicólogos. No tienen acceso a grupos de apoyo. Lo que tienen es el dolor, la incertidumbre, las noches bajo lonas rotas, y la excavación diaria de escombros con las manos desnudas.

La ironía de la situación es que el desastre más visible, el terremoto mismo, ya ha ocurrido. Lo que queda es un desastre invisible: la crisis psicológica de cientos de miles de personas que sobrevivieron físicamente pero que están siendo lentamente destruidas por el trauma emocional. Daniela, quien no pudo salvar a su ser querido, quien ahora vive en la calle excavando escombros, representa no solo a una víctima del terremoto, sino a una víctima de lo que sucede después del terremoto.

La pregunta que permanece sin respuesta es si Venezuela, como nación, tiene la capacidad de reconocer y abordar esta crisis psicológica invisible. ¿Habrá recursos dedicados a salud mental? ¿Habrá programas de apoyo psicológico para los sobrevivientes? ¿Habrá reconocimiento de que el trauma psicológico es tan real y tan destructivo como las lesiones físicas? O continuarán los sobrevivientes, como Daniela, viviendo en las aceras, excavando con las manos, cargando con la culpa, la pérdida, y la pregunta imposible de responder: ¿por qué yo?

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