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Así han logrado salvar vidas en Venezuela tras doblete sísmico: hablan sobrevivientes

Bajo los escombros de Venezuela: el niño que sobrevivió 74 horas y la historia de una solidaridad que cruza fronteras
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En medio del desastre que dejó el doble terremoto en Venezuela, emergen historias que hielan la sangre, pero también otras que devuelven una esperanza frágil y profundamente humana. Entre toneladas de concreto, días sin electricidad, niños enfermos, familias rotas y miles de damnificados, una escena ha concentrado la atención internacional: Moisés, un niño de 11 años, fue rescatado con vida tras pasar 74 horas atrapado a más de tres metros de profundidad bajo los restos de un edificio de 11 pisos en La Guaira. Su rescate no fue casualidad ni milagro aislado, sino el resultado de una operación milimétrica ejecutada por el equipo colombiano USAR Colombia 1, uno de los grupos de rescate urbano más preparados de la región.

La tragedia venezolana, que ya había dejado una estela de muerte, desplazamiento y destrucción, se cuenta ahora también a través de rostros concretos. En Morón, estado Carabobo, donde el daño en infraestructura ha sido severo aunque las cifras mortales no sean tan altas como en otros puntos del país, el panorama sigue siendo dramático. Allí, varios habitantes llevan más de cinco días durmiendo en la calle, sin energía eléctrica, sin agua potable y soportando la presencia constante de mosquitos y enfermedades respiratorias en niños que ya comienzan a presentar fiebre y crisis de asma. Para quienes viven allí, la emergencia no terminó con los temblores: apenas empezó una lucha diaria por sobrevivir.

Los testimonios recogidos desde la zona muestran una realidad que no siempre entra en las cifras oficiales. Jefferson, Pierina y otros vecinos han insistido en la necesidad urgente de alimentos, medicamentos, carpas y maquinaria pesada para remover los escombros. Cuando una comunidad entera queda atrapada entre ruinas y calor, sin servicios básicos y con viviendas derrumbadas, la ayuda no solo debe ser rápida: debe ser suficiente, continua y bien coordinada. De lo contrario, la catástrofe se prolonga mucho después del sismo.
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Una de las historias más duras es la de Marioxi Hernández. En segundos vio destruida la casa que había levantado con 25 años de esfuerzo. El terremoto no solo arrasó con su patrimonio material, sino también con parte de su historia familiar. Sus dos nietas, que habían regresado desde Colombia apenas un día antes para pasar las vacaciones, murieron bajo los escombros de la habitación donde dormían. Esta clase de relatos explican por qué la tragedia venezolana ya no puede entenderse únicamente como un fenómeno natural. Es también una suma de duelos íntimos, pérdidas irreparables y vidas partidas en dos.

En medio de ese dolor, sin embargo, también hay algo que se repite con fuerza: la solidaridad. El voluntario Jesús Álvarez, que llegó desde Valencia con equipo médico para apoyar las labores de emergencia, aseguró que el desastre ha logrado algo insólito en un país profundamente polarizado: unir a la gente por encima de diferencias políticas, raciales o religiosas. Esa observación es importante porque Venezuela, como tantos países de la región, arrastra fuertes divisiones internas. Pero frente a los escombros, la realidad se impone. Cuando la supervivencia está en juego, las ideologías dejan de importar tanto como el agua, la comida o una mano que ayude a levantar.

La solidaridad no se limita a la población local. También alcanza a las familias extranjeras que perdieron a sus seres queridos en el desastre. Uno de los casos más conmovedores es el de Natalia Fernández Díaz Granados, una ciudadana colombiana de 34 años que murió durante el sismo en Tucacas. Su hermana, Marcela Fernández, habló desde Sevilla, donde vive actualmente, y relató una historia que parece escrita por el destino. Hace 21 meses, Natalia le había donado un riñón para salvarle la vida. Luego, ya recuperada, Natalia viajó con su esposo venezolano y su hija de 11 años por Colombia y Venezuela para visitar a la familia. Marcela describió ese viaje como una despedida sin que nadie lo supiera. Natalia enviaba fotos mostrando felicidad, como si intuyera que estaba cerrando un ciclo.
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El momento del sismo fue decisivo. El esposo y la hija estaban en la sala viendo televisión cuando reaccionaron instintivamente y lograron salir. Natalia, en cambio, estaba en el baño, en una zona más profunda del apartamento, y quedó atrapada. Los vecinos intentaron excavar con las manos hasta donde pudieron, pero finalmente su cuerpo fue recuperado y entregado a la familia al día siguiente, a las nueve de la noche. La familia decidió repatriar el cuerpo a España para proteger emocionalmente a la niña, hija de Natalia, que ahora debe crecer con una ausencia imposible de explicar del todo. Marcela pidió además que la muerte de su hermana no sea usada con fines políticos. Su mensaje fue claro: en medio del dolor, lo que debe primar es el respeto, la oración y la solidaridad entre pueblos que ya sufren demasiado.

Pero si hay una historia que resume el valor de la preparación, la ciencia del rescate y la disciplina técnica, esa es la de Moisés, un niño de 11 años rescatado por el equipo colombiano USAR Colombia 1 tras 74 horas bajo tierra. El menor quedó atrapado a más de tres metros de profundidad en un edificio de 11 pisos que colapsó en forma de apilamiento en La Guaira. A su lado murieron su madre y su hermana. El rescate no fue simple ni rápido. Requirió seis horas de trabajo milimétrico, mediciones constantes, perforaciones controladas y una coordinación casi quirúrgica para evitar un colapso secundario. Los rescatistas tuvieron que imponer silencio total en la zona para ubicar con precisión su voz y sus gritos a través de los huecos en la estructura.

La imagen de Moisés saliendo con los ojos cubiertos para proteger su visión del sol quedó grabada como una de las escenas más poderosas de esta emergencia. Pero detrás de esa imagen hay una historia de método, entrenamiento y experiencia acumulada durante años. El éxito del rescate no apareció de la nada. Colombia ya había comprendido la necesidad de crear una fuerza especializada después del derrumbe del edificio Space en Medellín en 2013, una tragedia que reveló la ausencia de una capacidad de respuesta unificada y certificada internacionalmente. A partir de entonces, comenzó un proceso de construcción institucional que llevó años.
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USAR Colombia 1 fue diseñado con una lógica distinta a la de otros países. No depende de una sola institución, sino que integra a la Cruz Roja, la Policía Nacional, el Ejército y los bomberos en una misma estructura operativa. Esa mezcla permite responder con mayor amplitud y flexibilidad. En 2018, el equipo fue sometido a una exigente evaluación en el centro de entrenamiento de la Cruz Roja en el Eje Cafetero. Allí debieron superar varios días y noches de simulación extrema bajo supervisión de expertos internacionales para obtener la certificación USAR 1 de Naciones Unidas. Esa distinción no es ornamental: es la garantía de que el equipo puede intervenir en escenarios reales de alta complejidad en cualquier parte del mundo.

A la misión en Venezuela también se sumó una delegación de 15 rescatistas profesionales de Quindío, acompañados por médicos y psicólogos, muchos de ellos con experiencia acumulada desde el terremoto de 1999. Su llegada refuerza la idea de que la cooperación humanitaria no es solo una reacción improvisada, sino una construcción histórica basada en la memoria de otros desastres. Los países que han sufrido terremotos graves suelen desarrollar una sensibilidad y una capacidad técnica que luego se convierten en ayuda para otros. En ese sentido, Colombia no solo envió manos: envió memoria, oficio y aprendizaje.

Todo esto ocurre mientras Venezuela sigue enfrentando una crisis compleja de salud, infraestructura y refugio. Los afectados en Morón, La Guaira, Tucacas y otras zonas no solo necesitan rescates espectaculares, sino respuestas sostenidas. Necesitan alimentos, atención médica, control epidemiológico, agua limpia, refugios seguros y acompañamiento psicológico. La fase heroica del rescate puede capturar titulares, pero la fase silenciosa de la recuperación es mucho más larga y difícil. Y si esa etapa no se organiza bien, las consecuencias humanitarias se profundizan.
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Lo que dejan estas historias, al final, es una imagen contradictoria pero muy real de la tragedia: por un lado, destrucción, muerte y familias que no volverán a ser las mismas; por otro, rescates que demuestran que todavía hay tiempo para salvar vidas si existe preparación, coordinación y voluntad. Moisés salió vivo porque hubo experiencia, disciplina y una cadena de decisiones correctas. Natalia no sobrevivió, pero su historia sigue recordando el costo humano de este desastre. Marioxi perdió a sus nietas y su casa. Morón sigue buscando agua y medicinas. Y en medio de todo, comunidades enteras se están sosteniendo unas a otras.

La tragedia venezolana ya no es solo una noticia de derrumbes. Es una lección sobre vulnerabilidad, cooperación y capacidad de respuesta. También es un recordatorio de que, frente al poder de la naturaleza, la diferencia entre la vida y la muerte muchas veces depende de minutos, de herramientas adecuadas y de personas que estén dispuestas a meterse bajo tierra para traer de vuelta a otro ser humano. Esa es, quizá, la imagen más poderosa de todo lo ocurrido: la humanidad agachada entre escombros, buscando vida donde casi no quedaba nada.

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