Baby Etchecopar, el reencuentro imposible y la Argentina que mira el escándalo como una serie: cuando la coartada vale más que el robo

En la Argentina de los últimos años, pocas cosas parecen escandalizar tanto como la pérdida de la vergüenza. La corrupción, las explicaciones absurdas, los lujos inexplicables y los relatos construidos para justificar lo injustificable se han convertido en parte del paisaje político y mediático. En ese clima, el editorial de Baby Etchecopar en A24 volvió a poner sobre la mesa dos escenas aparentemente distintas, pero unidas por una misma idea: la distancia cada vez más corta entre el delito, la impunidad y el espectáculo.
Por un lado, Baby contó una anécdota personal tan incómoda como impactante: su encuentro, años después, con el hombre que había participado en el asalto a su casa y que terminó disparando contra su hijo. Por otro, lanzó una reflexión ácida sobre la manera en que algunos dirigentes y figuras públicas intentan explicar su relación con el dinero, el poder y los privilegios, apelando a coartadas cada vez más difíciles de sostener. El eje de su planteo, más allá del tono provocador, fue claro: en la Argentina actual, muchas veces no importa tanto lo que se hizo, sino la historia que se inventa para cubrirlo.
Un encuentro que parece de película
La primera parte de la historia parece escrita por un guionista de cine negro. Baby Etchecopar relató que fue a cenar con su esposa y su cuñada a una parrilla nueva en San Isidro. Todo transcurrió con normalidad, como una salida cualquiera. Pero al día siguiente recibió una llamada que lo dejó helado: uno de los cocineros que había trabajado en ese lugar era Lucas Track, el hombre que años atrás había irrumpido en su casa durante un robo y había disparado dos veces contra su hijo.
La escena tiene algo de irreal. No solo por el reencuentro casual con alguien ligado a un episodio tan traumático, sino por la reacción del propio agresor. Según contó Baby, cuando el hombre lo vio sentado en el restaurante, habría entrado en pánico. Luego, habría confesado ante el chef que era la misma persona que había participado en el robo y que había cumplido una condena de doce años por ese hecho. Poco después, abandonó el trabajo.
Más allá del detalle morboso, lo que Baby quiso destacar no fue la venganza ni el rencor, sino otra cosa: la inevitabilidad de las consecuencias. Su postura, según relató, fue que si hubiera sabido quién estaba ahí, habría preferido acercarse, hablarle y decirle que cambie de vida antes que buscar revancha. En esa frase hay una tensión interesante entre dolor, memoria y una forma de perdón que no borra el pasado, pero tampoco lo convierte en un espectáculo de odio.

El mensaje detrás de la anécdota
La historia podría haberse quedado en un episodio sensacionalista más. Sin embargo, Baby la usó para subrayar una idea más amplia: en algún momento, todos terminan enfrentándose con sus actos. “Todo en la vida se paga”, fue, en esencia, el sentido de su reflexión. Y aunque esa frase puede sonar moralista, en el contexto de una sociedad golpeada por la inseguridad y la desconfianza institucional cobra un peso particular.
El relato también abre una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con la reinserción social cuando el pasado de una persona la persigue para siempre? Si alguien cumple su condena, ¿debe quedar condenado de por vida por el recuerdo público de su delito? Baby parece inclinarse por una visión práctica: mejor trabajar y no volver a delinquir. Esa mirada no resuelve el problema ético, pero sí introduce una dimensión humana que suele faltar en las discusiones más duras sobre el castigo y la rehabilitación.
La otra parte del editorial: la coartada como arte político
Si la primera historia apeló al drama personal, la segunda se movió en el terreno de la sátira política. Baby Etchecopar apuntó contra una costumbre que, según él, se repite en Argentina: la de no solo robar o enriquecerse de manera dudosa, sino fabricar luego una explicación elegante, extravagante o ridícula para intentar legitimar lo obtenido.
Ahí apareció uno de los ejemplos más comentados de su editorial: la referencia a Sofía Clerici, quien en el marco de la causa que involucró a Martín Insaurralde sostuvo que había ganado dinero como acompañante y que no debía rendir cuentas fiscales por eso. Baby tomó esa versión con ironía y la utilizó para remarcar lo que considera el núcleo del problema: no siempre se trata del dinero en sí, sino del relato construido para ocultar su origen o su contexto.
Su punto, en el fondo, es que la política argentina ha perfeccionado el arte de la coartada. Ya no bastaría con tener dinero, propiedades o viajes lujosos; ahora también sería necesario producir una explicación que suene lo suficientemente extravagante como para desorientar a la opinión pública. Según esa lógica, el escándalo no desaparece, pero sí se transforma en una anécdota discutible, en una polémica interminable, en una niebla donde la verdad pierde nitidez.

Lujos, apariencias y una cultura del exhibicionismo
Otra de las ideas que Baby desarrolló fue su crítica al consumo ostentoso. Mencionó relojes de lujo, bolsos carísimos y la necesidad de exhibir marcas como si eso demostrara éxito, autoridad o refinamiento. En su lectura, detrás de esa conducta suele esconderse algo menos glamoroso: la inseguridad, la necesidad de parecer lo que no se es, o la urgencia por compensar un origen humilde con símbolos visibles de riqueza.
Esta observación no es nueva, pero sí conecta con un fenómeno muy actual: la estetización del poder. En tiempos de redes sociales, la imagen pesa tanto como la acción. Un reloj, un auto, una cartera o unas vacaciones pueden construir una identidad pública más persuasiva que un informe, una trayectoria o una política concreta. El problema es que, cuando la apariencia reemplaza al contenido, la política se vuelve cada vez más parecida al marketing y cada vez menos a la gestión.
Baby recuperó incluso una mirada atribuida a sectores aristocráticos españoles: quienes intentan demostrar distinción mediante objetos demasiado ostentosos terminan revelando lo contrario. En vez de elegancia, exhiben vulgaridad. En vez de autoridad, ansiedad. En vez de estilo, ansiedad por ser vistos.
Jésica Cirio y la velocidad desigual de la Justicia
El editorial también se metió en el terreno judicial, otra vez desde la indignación. Baby cuestionó por qué algunas causas avanzan rápido y otras se prolongan durante años sin resoluciones claras. En ese contexto mencionó la situación de Jésica Cirio, cuya causa lleva tiempo en discusión pública y, según señaló, ha tenido un curso lento pese a la exposición mediática y a las sospechas que la rodean.
Más allá de los detalles procesales, la crítica apunta a un problema que la sociedad argentina conoce bien: la percepción de que la Justicia no avanza con la misma velocidad para todos. Algunos expedientes se aceleran, otros se congelan, y otros parecen moverse solo cuando la presión mediática se vuelve insoportable. Esa desigualdad erosiona la confianza pública más que cualquier discurso político.
La sensación social es simple y devastadora: hay ciudadanos que sienten que las reglas no son iguales para todos. Y cuando esa percepción se instala, ya no se discute solo un caso puntual, sino la legitimidad misma del sistema.

Escándalos repetidos, indignación cansada
Baby también evocó otros episodios de corrupción ampliamente conocidos por el público argentino: La Rosadita, los dólares contados en video, los bolsos, los patrimonios inexplicables, los nombres que se repiten una y otra vez en causas que parecen no terminar nunca. La idea que transmitió es que el país convive con un circuito de escándalos que, lejos de producir una catarsis, se han convertido en una especie de entretenimiento involuntario.
Y ahí aparece una de las partes más incómodas de su editorial: la crítica al modo en que la ciudadanía consume la corrupción. Verla, comentarla, indignarse por un rato y seguir adelante se parece demasiado a mirar una serie. El problema es que no se trata de ficción. Detrás de esos videos, esas coimas, esas declaraciones y esas mansiones hay dinero público, instituciones deterioradas y oportunidades perdidas.
En ese sentido, Baby sugiere que la Argentina no solo sufre por la corrupción, sino también por su capacidad de acostumbrarse a ella. Lo que antes era escándalo, hoy a veces es solo otro capítulo más.
Entre la provocación y una verdad incómoda
Como suele ocurrir con Baby Etchecopar, su estilo divide opiniones. Para algunos, sus editoriales son excesivos, incendiarios o innecesariamente agresivos. Para otros, su virtud está precisamente en decir en voz alta lo que muchos piensan pero no se animan a expresar. En este caso, más allá del tono, hay una línea argumental que resulta difícil de ignorar: la distancia entre el discurso público y la conducta real de muchas figuras del poder sigue siendo una de las grandes heridas de la Argentina.
Su relato personal con el delincuente que atacó a su familia suma además una capa humana que impide reducir todo a la política. Porque, al final, la historia no trata solo de corrupción o apariencias. También trata sobre segundas oportunidades, consecuencias, memoria, dolor y la posibilidad de no quedar atrapado para siempre en el peor momento de la vida.
Quizás por eso su editorial generó tanta repercusión: porque mezcla el impacto de una anécdota real con una crítica feroz a una cultura pública donde la coartada vale más que la transparencia, y donde a veces el verdadero problema no es el robo, sino el esfuerzo por convencer a todos de que nunca ocurrió.
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