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Terremotos en Venezuela generarían nuevo impacto migratorio: experto explica cuál es el panorama

Cuando la Tierra Tiembla: Cómo el Desastre Natural Abre las Puertas a una Nueva Ola Migratoria
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El terremoto que sacudió Venezuela en junio de 2026 no solo destruyó edificios y vidas. También desencadenó una reacción en cadena que está transformando la geografía humana de América Latina. Mientras el mundo se enfoca en los números de fallecidos y en las labores de rescate, existe una realidad menos visible pero igualmente importante: miles de venezolanos que habían decidido quedarse en su país, a pesar de la crisis política y económica, ahora están considerando abandonarlo nuevamente. El desastre natural se ha convertido en el catalizador de una nueva ola migratoria que promete ser tan significativa como la que marcó la última década. Y Colombia, ya saturada de migrantes venezolanos, se prepara para enfrentar nuevos retos sin precedentes.

Ronald Rodríguez, politólogo e investigador del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario en Colombia, ofrece una perspectiva experta sobre lo que está sucediendo. Su análisis revela que el terremoto no es simplemente un desastre natural aislado, sino un evento que interactúa con una realidad política, social y económica compleja para crear una tormenta perfecta de migración. Los números que proporciona el gobierno venezolano sobre víctimas y daños son cuestionados por organismos internacionales independientes, que sugieren que la magnitud real de la catástrofe es mucho mayor de lo que se reporta oficialmente. Y cuando la gente no confía en los números, cuando siente que la información es incompleta o manipulada, cuando ve que sus vecinos están muertos o desaparecidos, la decisión de partir se vuelve más fácil.

Lo que hace particularmente interesante el análisis de Rodríguez es su enfoque en la dinámica familiar. “Muchos de los venezolanos que están en Colombia quieren traer a sus adultos mayores, a sus abuelos y a sus padres”, explica. Esta observación captura algo fundamental sobre la migración: no es solo un movimiento de individuos buscando mejores oportunidades. Es un movimiento de familias que se han dividido geográficamente, que han estado separadas durante años, y que ahora ven en el terremoto una razón urgente para reunirse. Los abuelos que se quedaron en Venezuela porque no querían abandonar sus hogares, porque creían que las cosas mejorarían, porque tenían raíces profundas en el país, ahora se encuentran en una situación donde quedarse se ha vuelto peligroso. Las casas donde vivieron durante décadas están dañadas o destruidas. La infraestructura de servicios básicos está comprometida. Y sus hijos, que ya están en el extranjero, les suplican que se vayan.
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El contexto es crucial para entender por qué este desastre natural generará una migración diferente a la que hemos visto antes. Venezuela ya había experimentado una de las mayores diásporas de su historia moderna. Millones de venezolanos han abandonado el país en la última década, buscando escapar de la crisis política y económica. Pero también hay millones que se quedaron. Algunos porque tenían raíces demasiado profundas, otros porque no tenían los recursos para partir, otros porque simplemente no querían abandonar su país. El terremoto ha cambiado el cálculo para muchos de ellos. Ya no es una cuestión de elegir entre quedarse en un país con crisis política o irse en busca de oportunidades. Ahora es una cuestión de seguridad física, de acceso a servicios básicos, de viabilidad de la vida cotidiana.

Colombia, como principal receptor de la diáspora venezolana, enfrenta una situación particularmente compleja. El país ya alberga a millones de venezolanos, ha invertido recursos significativos en integración, ha creado programas especiales como el Estatuto Temporal de Protección. Pero la capacidad de absorción tiene límites. Las ciudades colombianas ya están saturadas de migrantes. Los servicios de salud, educación y vivienda están bajo presión. El mercado laboral está competido. Y ahora, con una nueva ola de migración en el horizonte, Colombia debe preguntarse cómo puede manejar una situación que está más allá de su capacidad actual.

Rodríguez señala que Colombia necesita renovar y ampliar sus medidas de protección. El Estatuto Temporal de Protección ha sido un instrumento importante, pero es temporal por definición. Necesita ser revisado, actualizado y potencialmente transformado en algo más permanente. Además, las políticas migratorias de los últimos años han tendido a ser restrictivas, enfocadas en limitar la migración en lugar de gestionarla de manera humana y ordenada. Rodríguez sugiere que se necesita un cambio de enfoque, una política que reconozca la realidad de que los venezolanos seguirán llegando, y que por lo tanto es mejor tener un marco claro y humanitario para recibirlos que tener una situación caótica donde la migración ocurre de todas formas pero sin regulación.
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Lo que emerge del análisis de Rodríguez es también una crítica implícita a la falta de transparencia del gobierno venezolano. Los números oficiales de fallecidos y daños son cuestionados por organismos internacionales que sugieren que la realidad es mucho más grave. Cuando hay una brecha entre los números oficiales y lo que la gente ve en las calles, cuando hay una brecha entre lo que el gobierno dice y lo que reportan los medios internacionales, la confianza se erosiona. Y cuando la confianza se erosiona, las personas toman decisiones basadas en el miedo y la incertidumbre en lugar de basarse en información confiable. Esto acelera la migración, porque la gente no espera a tener información clara. Simplemente se va.

El aspecto de la reunificación familiar es particularmente importante. Rodríguez menciona específicamente a abuelos, padres y otros adultos mayores que se quedaron en Venezuela. Estos son grupos vulnerables que enfrentan desafíos particulares en una situación de desastre. Tienen menos capacidad para trabajar en la reconstrucción, tienen mayores necesidades de servicios de salud, tienen menos flexibilidad para adaptarse a nuevas circunstancias. Para sus hijos que ya están en el extranjero, la decisión de traerlos es tanto emocional como práctica. Es emocional porque quieren estar con sus padres. Es práctica porque sus padres estarán mejor cuidados en el extranjero que en un país donde la infraestructura de servicios está colapsada.

La migración generada por el terremoto también tiene implicaciones para otros países además de Colombia. Perú, Ecuador, Chile y otros países de América Latina también han recibido migrantes venezolanos. Es probable que también vean un aumento en las solicitudes de migración. Algunos venezolanos que estaban en Colombia pueden decidir seguir adelante hacia otros países. Otros que estaban considerando quedarse en Venezuela pueden decidir partir. El terremoto ha abierto una ventana de oportunidad para la migración, una ventana que probablemente permanecerá abierta durante años mientras Venezuela se reconstruye.
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Rodríguez también toca un tema delicado: la necesidad de apoyo internacional. Venezuela necesita ayuda para reconstruirse, necesita recursos financieros, necesita expertise técnico. Pero el apoyo internacional ha disminuido significativamente en comparación con años anteriores. Hay preocupaciones legítimas sobre cómo se utilizarán esos recursos, sobre si llegarán a las personas que realmente los necesitan o si serán desviados. Rodríguez sugiere que se necesita una estrategia diplomática más activa para buscar recursos internacionales, y que es importante coordinar con la diáspora venezolana en el extranjero para asegurar que la ayuda llegue a donde debe llegar.

Lo que hace complejo este análisis es que la migración no es simplemente un problema a resolver. Es también una realidad humana que debe ser reconocida y gestionada con dignidad. Los venezolanos que se van no son criminales o parásitos. Son personas que han tomado una decisión racional basada en sus circunstancias. Son padres que quieren proteger a sus hijos, son hijos que quieren cuidar a sus padres, son trabajadores que buscan empleos, son estudiantes que buscan educación. La migración es una respuesta racional a una situación irracional.

El desafío para Colombia es cómo mantener su compromiso humanitario con los migrantes venezolanos mientras también protege sus propios intereses nacionales. Cómo proporciona servicios a una población migrante cada vez mayor sin sobrecargar sus propios sistemas. Cómo integra a los migrantes en la sociedad colombiana de manera que sea beneficiosa para ambos. Estas son preguntas difíciles sin respuestas fáciles.
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Rodríguez también sugiere que la reconstrucción de Venezuela será un proceso largo y complejo que requerirá coordinación internacional. No será simplemente una cuestión de reconstruir edificios. Será una cuestión de reconstruir confianza, de reconstruir instituciones, de reconstruir una sociedad que ha sido fracturada por años de crisis. Y durante ese proceso de reconstrucción, es probable que continúe la migración. Porque incluso cuando se reconstruyen los edificios, la pregunta fundamental permanece: ¿es seguro vivir en Venezuela? ¿Hay oportunidades? ¿Hay esperanza?

El análisis de Rodríguez nos recuerda que los desastres naturales no ocurren en un vacío político y social. Ocurren en contextos específicos, en países con historias específicas, con poblaciones que tienen experiencias específicas. El terremoto en Venezuela no es simplemente un evento geológico. Es un evento que interactúa con una realidad política compleja, con una crisis económica profunda, con una diáspora ya establecida, con sistemas de gobernanza cuestionados. Y el resultado es una nueva ola de migración que transformará la geografía humana de América Latina.
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Para Colombia, para otros países de la región, y para la comunidad internacional, el desafío es cómo responder a esta nueva realidad. Cómo proporcionar apoyo humanitario sin crear incentivos perversos. Cómo integrar a los migrantes de manera que sea beneficiosa para todos. Cómo ayudar a Venezuela a reconstruirse de manera que la migración eventualmente se reduzca. Estas son las preguntas que enfrentará la región en los próximos años, y las respuestas que se den determinarán no solo el futuro de los migrantes venezolanos, sino también el futuro de los países que los reciben.

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