Cuando el Duelo se Convierte en Pesadilla: La Crisis de Salud Mental que Acompaña a los Terremotos de Venezuela

Expertos en psicotraumatología advierten sobre una segunda ola de víctimas: aquellos que sobreviven físicamente pero quedan atrapados en el infierno psicológico de la incertidumbre y el duelo sin cuerpo
Dos semanas después de que la tierra dejara de temblar en Venezuela, una crisis diferente pero igualmente devastadora continúa desplegándose en las mentes y los corazones de miles de personas. Mientras que los rescatistas han cesado en gran medida sus búsquedas en los escombros, otra batalla ha comenzado: la batalla contra los traumas psicológicos que amenazan con dejar cicatrices permanentes en una generación de venezolanos. Los expertos en psicotraumatología advierten que el terremoto ha dejado no solo edificios destruidos y vidas perdidas, sino también un legado de angustia mental que podría perdurar durante años. Y lo más perturbador es que muchas de estas víctimas psicológicas nunca tendrán la oportunidad de despedirse adecuadamente de sus seres queridos, porque simplemente no hay cuerpos que enterrar.
María Antonieta López, experta en psicotraumatología, ha sido una de las voces más claras en articular la magnitud de esta crisis de salud mental. En su análisis, López enfatiza que “es un proceso muy complejo” y que “definitivamente recomiendo que las personas asistan en esos casos ayuda profesional porque muchas veces cuando ocurren estos sucesos, lamentablemente no se pueden ni reconocer los cuerpos y eso hace que el duelo sea aún más complejo”. Estas palabras, aunque técnicas, capturan una verdad fundamental: el duelo por la pérdida de un ser querido es ya de por sí una de las experiencias más difíciles de la vida humana. Pero cuando ese duelo se complica por la incertidumbre, por la imposibilidad de ver el cuerpo, por la falta de un lugar donde llorar, se convierte en algo más profundo y más destructivo.
La realidad en las calles de Venezuela refleja esta complejidad. En el cementerio de La Esperanza, en Carayaca, miles de cruces blancas marcan tumbas. Pero muchas de estas cruces no llevan nombres. En su lugar, llevan números, códigos, símbolos que representan a personas que aún no han sido identificadas. Carly Lorca, una mujer que perdió a tres miembros de su familia en el terremoto, describe el proceso de búsqueda como un laberinto kafkiano. Fue enviada de un lugar a otro: primero a la morgue de emergencia en el puerto de Bolipuertos, luego al cementerio, luego de vuelta a la morgue. Nadie le proporcionaba una lista clara, nadie podía decirle exactamente dónde estaban sus seres queridos. El sistema de gestión de cadáveres, aunque bien intencionado, se convirtió en una fuente adicional de trauma para las familias.
El proceso actual de identificación es, en el mejor de los casos, imperfecto. Cuando un cuerpo no puede ser identificado por métodos tradicionales como reconocimiento facial o documentación personal, es fotografiado, se le asigna un número de código, y luego es enterrado. La familia debe ir a la morgue, revisar las fotografías de cuerpos, encontrar el que cree que es su ser querido, obtener el número de código, y luego ir al cementerio para encontrar la tumba correspondiente. Es un proceso que, aunque lógico desde una perspectiva administrativa, es profundamente deshumanizante. Convierte el acto de encontrar a un ser querido fallecido en una búsqueda de números en una base de datos fotográfica.
Pero el trauma no termina con el entierro. De hecho, para muchas personas, es solo el comienzo. Los expertos en salud mental han identificado varios síndromes psicológicos que están emergiendo entre los sobrevivientes y las familias de las víctimas. El primero es lo que López denomina “desrealización”: un estado mental en el cual la persona siente que está viviendo en un sueño, que la realidad no es real. Es un mecanismo de defensa del cerebro, una forma de protegerse del dolor insoportable negando que lo que está sucediendo es realmente sucediendo. Las personas en este estado pueden estar físicamente presentes pero mentalmente ausentes, incapaces de procesar completamente la magnitud de lo que ha sucedido.
El segundo síndrome es la “hipervigilancia”: un estado de alerta constante y exagerado. Las personas que sufren de hipervigilancia están constantemente en guardia, esperando el próximo desastre. Cualquier sonido, cualquier vibración, cualquier movimiento puede desencadenar una respuesta de pánico. Una persona que fue atrapada bajo los escombros durante horas puede ahora entrar en pánico si el piso de su casa cruje ligeramente. Alguien que perdió a un ser querido en el terremoto puede despertarse en la noche con el corazón acelerado, creyendo que está sucediendo otro terremoto. El insomnio es rampante. La ansiedad es constante. El cuerpo permanece en un estado de “lucha o huida” perpetuo, agotando los recursos psicológicos y físicos de la persona.
El tercer síndrome, y quizás el más perturbador, es lo que López llama “duelo traumático”. Este es el duelo complicado que ocurre cuando una persona no puede completar el proceso de duelo normal. En circunstancias ordinarias, cuando alguien muere, la familia tiene la oportunidad de ver el cuerpo, de reconocer la muerte, de realizar rituales de despedida. Estos rituales, aunque dolorosos, son críticos para el procesamiento psicológico de la pérdida. Pero en Venezuela, muchas familias no tienen esa oportunidad. Sus seres queridos están desaparecidos. Podrían estar bajo los escombros, podrían haber sido cremados en el fuego, podrían estar en una fosa común sin identificar. La incertidumbre se convierte en una herida que nunca cicatriza.
Carly Lorca, la mujer que perdió a tres miembros de su familia, representa a miles de personas en esta situación. Ella no solo está lidiando con el dolor de la pérdida; está lidiando con la incertidumbre de no saber exactamente qué sucedió con sus seres queridos. ¿Murieron rápidamente? ¿Sufrieron? ¿Dónde están sus cuerpos? ¿Serán identificados alguna vez? Estas preguntas sin respuesta crean un estado de limbo psicológico que es, en muchos sentidos, más torturador que la certeza de la muerte.
Los expertos en salud mental están recomendando un enfoque multifacético para abordar esta crisis. El primero es el acceso a “primeros auxilios psicológicos”, es decir, apoyo emocional inmediato proporcionado por profesionales capacitados. En Venezuela, existen varias organizaciones que están respondiendo a esta necesidad: la Escuela de Psicología de la Universidad Central de Venezuela, Psicólogos sin Fronteras, y la organización de caridad Cáritas. Estas organizaciones están proporcionando apoyo emocional a los sobrevivientes y las familias de las víctimas.
El segundo enfoque es lo que López denomina “catarsis verbal”: alentar a las personas a hablar sobre lo que sucedió. Cuando una persona relata repetidamente su experiencia traumática, el sistema nervioso central gradualmente procesa la información y la integra en la memoria a largo plazo de una manera menos traumática. Para los niños, López recomienda un enfoque diferente: permitirles expresar su trauma a través del dibujo. Un niño que no puede verbalizar el terror que experimentó puede ser capaz de dibujarlo, y en el proceso de dibujar, el cerebro procesa el trauma de una manera que es accesible para la mente infantil.
López también enfatiza la importancia de crear rituales alternativos de duelo para aquellos que no tienen cuerpos que enterrar. Si una familia no puede encontrar a su ser querido, pueden crear un espacio en su hogar: una pequeña área con una fotografía, una vela encendida, flores. Este espacio se convierte en un punto focal para el duelo, un lugar donde la familia puede reunirse para recordar y llorar. Aunque no es lo mismo que un entierro tradicional, proporciona un cierre psicológico que es crítico para el procesamiento del duelo.
Pero quizás la recomendación más innovadora de López es el uso de la terapia EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares). Esta es una técnica terapéutica que ha demostrado ser efectiva en el tratamiento del trastorno de estrés postraumático. En la terapia EMDR, el terapeuta guía al paciente a través de movimientos oculares específicos mientras el paciente recuerda el evento traumático. De alguna manera que aún no se comprende completamente, estos movimientos oculares permiten que el cerebro reprocesse el evento traumático de una manera que reduce su carga emocional. Personas que han sido tratadas con EMDR a menudo reportan que sus recuerdos traumáticos se vuelven menos vívidos y menos perturbadores.
López también enfatiza la importancia de la actividad física gradual. Las personas que han experimentado trauma tienden a quedarse inmóviles, a “congelarse”. Esto es un mecanismo de defensa primitivo, pero también perpetúa el trauma. López recomienda que las personas comiencen con pequeños pasos: caminar 100 metros cada día, leer algunas páginas de un libro, cualquier actividad que requiera que el cerebro se reconecte con la realidad presente. Estos pequeños pasos gradualmente “descongelan” el sistema nervioso y permiten que la persona comience a reintegrase en la vida.
Lo que es particularmente preocupante es que muchas de las personas que más necesitan este apoyo psicológico son exactamente aquellas que tienen menos acceso a él. Los servicios de salud mental en Venezuela ya estaban limitados antes del terremoto. Ahora, con los hospitales abrumados por víctimas de trauma físico, los recursos para la salud mental son aún más escasos. Muchas personas que necesitan ayuda profesional simplemente no la conseguirán. Esto significa que la segunda ola de víctimas del terremoto, aquellas que sufren de trauma psicológico, podría ser aún más numerosa que la primera ola de víctimas físicas.
A medida que pasan las semanas y los meses, la realidad de esta crisis de salud mental se hará cada vez más evidente. Los suicidios pueden aumentar. Las adicciones pueden proliferar. Las relaciones familiares pueden deteriorarse bajo el peso del trauma no tratado. Los niños que experimentaron el terremoto pueden desarrollar fobias y ansiedades que persisten en la edad adulta. La sociedad venezolana, ya debilitada por años de crisis política y económica, ahora debe lidiar con una generación de ciudadanos cuyas mentes han sido profundamente marcadas por el trauma.
Sin embargo, también hay razones para la esperanza. La comunidad internacional está comenzando a reconocer la magnitud de esta crisis de salud mental. Las organizaciones de derechos humanos están documentando los traumas. Los expertos en psicotraumatología están compartiendo sus conocimientos. Y lo más importante, los venezolanos mismos están respondiendo, creando redes de apoyo, compartiendo sus historias, ayudándose mutuamente a procesar el trauma. En medio de la devastación, está emergiendo una comunidad de sanación. Pero esta comunidad necesita apoyo, necesita recursos, necesita reconocimiento de que el terremoto no terminó cuando el suelo dejó de temblar. Para muchas personas, el terremoto continúa, cada día, en sus mentes.
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