Posted in

“Llegué a decirle a Dios que me llevara”: joven relata lo que vivió bajo los escombros en Venezuela

106 Horas en la Oscuridad: La Historia de Aarón Levi Cantillo que Desafía los Límites de la Supervivencia Humana
thumbnail

Un joven de 21 años emerge de entre los escombros después de más de cuatro días atrapado, convirtiéndose en símbolo de esperanza para una Venezuela devastada

Cuando Aarón Levi Cantillo abrió los ojos después de ser rescatado, había pasado 106 horas bajo los escombros. Ciento seis horas. Más de cuatro días y cuatro noches en la más completa oscuridad, sin agua, sin comida, sin certeza de que alguien lo encontraría. En ese tiempo, su cuerpo experimentó un calvario de deshidratación extrema, su garganta se inflamó por gritar pidiendo ayuda, y su mente fue sometida a un estrés psicológico que pocos seres humanos pueden comprender. Sin embargo, Aarón no solo sobrevivió; su rescate se convirtió en un momento de luz en medio de la tragedia que ha enlutado a Venezuela, un recordatorio de que incluso en las circunstancias más desesperadas, la vida puede persistir.

El 24 de junio de 2026, Aarón estaba en la casa de su padre. Era un día ordinario, una reunión familiar común, el tipo de momento que millones de personas viven cada día sin pensar que podría ser el último. Su padre estaba allí, su mejor amigo estaba allí, y probablemente estaban haciendo lo que hacen todas las familias: compartir conversaciones, compartir tiempo, compartir la ilusión de que mañana será igual a hoy. Pero mañana nunca llegó de la forma que esperaban. Cuando el suelo comenzó a temblar, Aarón hizo lo que cualquier persona haría: corrió. Su instinto de supervivencia lo impulsó a buscar escape, a encontrar seguridad. Pero el edificio se desmoronó demasiado rápido. La gravedad y la física no negociaron con su juventud ni con su inocencia. Aarón fue atrapado bajo toneladas de concreto, junto a tres personas más, en un espacio que probablemente medía menos de un metro cuadrado.

Los primeros momentos bajo los escombros fueron, según el propio relato de Aarón, de confusión absoluta y pánico desenfrenado. No sabía exactamente dónde estaba, no podía ver nada, no podía entender completamente lo que había sucedido. Su mente, acostumbrada a la luz y al espacio abierto, fue confrontada con la claustrofobia más extrema imaginable. Comenzó a llorar, a gritar, a pedir ayuda.
Llegué a decirle a Dios que me llevara con él, no quería morir  desesperadamente": joven de 21 años relata lo que vivió bajo los escombros  tras terremotos en Venezuela
Pensó en su madre, pensó en su hermano, pensó en todas las personas que amaba y que estaban afuera, probablemente buscándolo, probablemente preguntándose si estaba vivo. El pánico se convirtió en ansiedad, la ansiedad se convirtió en desesperación, y la desesperación se convirtió en algo más profundo: la comprensión de que podría morir en este lugar, solo, en la oscuridad, sin poder despedirse de nadie.

A medida que pasaban las horas, la realidad física de su situación se hizo cada vez más insoportable. Sin agua, su cuerpo comenzó a deshidratarse. Sin comida, su energía se agotó. Pero lo peor fue el grito. Aarón gritaba constantemente, pidiendo ayuda, esperando que alguien lo escuchara. Gritaba hasta que su garganta ardía, hasta que cada sonido que emitía era una agonía. El dolor en su garganta se volvió tan intenso que cada respiración era un recordatorio de su sufrimiento. Pasaron horas, luego días. El tiempo perdió significado. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Una hora? ¿Diez horas? ¿Un día? Sin luz natural, sin forma de medir el tiempo, Aarón existía en un limbo temporal donde cada segundo parecía una eternidad.

En algún momento durante esos 106 horas, Aarón llegó a un punto de ruptura psicológica. Estaba exhausto, deshidratado, dolorido, aterrado y solo. Completamente solo con sus pensamientos, con su miedo, con la realidad de que probablemente moriría en este lugar. En ese momento de desesperación absoluta, Aarón hizo algo que muchas personas en situaciones extremas hacen: rezó. Pero su rezo no fue una súplica por salvación; fue una súplica por fin. “Llegué a decirle al Señor, a mi Dios, que me llevara con él, que me quitara la vida porque no quería morir desesperadamente en el lugar donde estaba”, confesó Aarón en su entrevista posterior. Había llegado a un punto donde la muerte parecía preferible al sufrimiento continuo. Quería que terminara, de una forma u otra.
venezuela earthquakes survivor rescued from mall rubble | AnewZ

Pero Aarón no estaba completamente solo bajo los escombros. Había otras tres personas atrapadas con él. Sin embargo, a medida que pasaban los días, la situación se hizo cada vez más sombría. De las cuatro personas, dos no pudieron resistir. Murieron bajo los escombros, sus cuerpos permaneciendo en la oscuridad junto a los sobrevivientes. Aarón tuvo que confrontar no solo su propio miedo a la muerte, sino también la realidad de la muerte de otros. Solo él y una joven llamada Bárbara continuaban con vida. Dos personas, atrapadas juntas, compartiendo el mismo espacio minúsculo, el mismo aire enrarecido, la misma desesperación.

Entonces, después de más de cien horas, ocurrió algo milagroso. Aarón escuchó sonidos desde arriba. Voces. Voces humanas. Voces de rescatistas. En ese momento, algo cambió dentro de Aarón. La desesperación se transformó en esperanza. Toda la energía que le quedaba, toda la fuerza que aún podía reunir, fue canalizada hacia un solo propósito: ser encontrado. Golpeó el techo de concreto con sus manos, una y otra vez, con la fuerza de alguien que sabía que esta era su única oportunidad. Gritó con lo que le quedaba de voz, aunque cada grito le causaba dolor insoportable en su garganta inflamado. Y luego, se giró hacia Bárbara y le dijo: “Vamos a salir de aquí, yo lo creo”. En ese momento, Aarón no solo estaba luchando por su propia vida; estaba luchando por la vida de otra persona, brindando esperanza cuando la esperanza parecía imposible.

El equipo de rescate que llegó a Aarón estaba compuesto por aproximadamente quince especialistas en rescate de desastres, una coalición internacional que incluía a México, El Salvador, Costa Rica y equipos locales de Venezuela. Estos profesionales, que habían estado trabajando sin descanso durante días extrayendo cuerpos y buscando sobrevivientes, se enfrentaron a la tarea de extraer a Aarón de su prisión de concreto. El trabajo fue meticuloso, cuidadoso, porque un movimiento equivocado podría causar que los escombros se desplomaran sobre el joven. Pero finalmente, después de horas de trabajo, Aarón fue liberado. Fue llevado a la luz, a la libertad, a la vida.
Search for people trapped under rubble continues in Venezuela's La Guaira

Lo que sucedió después del rescate fue igualmente significativo. Cuando Aarón fue dado de alta del hospital, los equipos de rescate internacionales fueron a visitarlo. No fue una visita oficial, no fue una sesión de fotos para los medios; fue una visita personal, de seres humanos que habían trabajado juntos para preservar una vida. Cuando Aarón vio a los rescatistas, no pudo contener sus emociones. Lloró, abrazó a cada uno de ellos, y les dijo algo que captura la esencia de lo que significa ser rescatado: “Miren, ustedes ahora son mi familia. Si no fuera por ustedes, yo habría muerto de agotamiento bajo tierra”. En ese momento, la transacción de rescate se transformó en algo más profundo: una conexión humana, una familia elegida, un vínculo que trasciende las nacionalidades y las fronteras.

La experiencia transformó radicalmente la perspectiva de vida de Aarón. El joven universitario que fue atrapado bajo los escombros no es el mismo que emergió de ellos. “La vida la veo como algo muy delicado. Hoy estamos y mañana no sabemos”, reflexionó. Esta no es una observación abstracta o filosófica; es el resultado directo de haber estado a centímetros de la muerte durante más de cien horas. Aarón ahora comprende, de una manera que la mayoría de las personas nunca comprenderá, que la vida es frágil, que los planes pueden evaporarse en segundos, que la presencia de las personas que amamos es un regalo que no debe darse por sentado.

Sin embargo, la historia de Aarón no termina con un final completamente feliz. Aunque él sobrevivió, otros no tuvieron tanta suerte. Su mejor amigo, la persona con la que estaba cuando ocurrió el terremoto, sigue desaparecido. La madre de su mejor amigo también está en la lista de desaparecidos. Aarón perdió todas sus posesiones materiales bajo los escombros. Sobrevivió, pero a un costo. Y es consciente de ello. Cuando se le preguntó sobre su experiencia, Aarón no minimizó el sufrimiento de otros ni se regodeó en su propia supervivencia. En su lugar, utilizó su plataforma para enviar un mensaje a su país.
Thousands trapped: frantic search for survivors in Venezuela | SBS News

“Nosotros los venezolanos tenemos sangre de guerreros, somos resilientes y valientes. Hemos caído muchas veces pero siempre nos hemos levantado. Esta tragedia no es diferente. No podemos permitir que la muerte nos venza; debemos levantarnos y reconstruir nuestro país”, dijo Aarón. Estas palabras, pronunciadas por alguien que literalmente estuvo a punto de morir, tienen un peso particular. No son palabras de alguien que está tratando de motivar a otros desde una posición de seguridad; son palabras de alguien que ha mirado a la muerte a los ojos y ha decidido que la vida vale la pena vivirla.

La historia de Aarón Levi Cantillo es, en última instancia, una historia sobre la capacidad humana de resistir, de esperar, de creer en la posibilidad de salvación incluso cuando todo parece perdido. Es una historia sobre la solidaridad internacional, sobre cómo personas de diferentes países pueden trabajar juntas por un propósito común: preservar la vida. Es una historia sobre la transformación personal, sobre cómo una experiencia traumática puede cambiar fundamentalmente la forma en que una persona ve el mundo. Y es una historia que Venezuela necesitaba escuchar, una historia de esperanza en medio de la devastación, un recordatorio de que incluso después de 106 horas en la oscuridad, la luz aún es posible.

Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.