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Mi objetivo era mostrar transparencia con los donantes: alcalde de Ciudad de Panamá, Mayer Mizrachi

Rastreando la Ayuda: Cuando los Donantes Necesitan Pruebas de que su Generosidad Llega a Destino
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Mayer Mizrachi, el alcalde de la Ciudad de Panamá, había tomado una decisión que parecía simple en teoría pero que se convirtió en un escándalo internacional. Había decidido instalar dispositivos de rastreo en los cargamentos de ayuda humanitaria que Panamá estaba enviando a Venezuela. No eran dispositivos sofisticados. Eran AirTags, los pequeños rastreadores que Apple produce para que las personas puedan localizar sus objetos perdidos. Pero en este caso, estaban siendo utilizados para rastrear cajas de medicinas, de alimentos, de pañales, de suministros médicos que estaban siendo enviados a las víctimas del terremoto en Venezuela. Y cuando Mizrachi explicó por qué había hecho esto, su justificación fue tan simple como la acción misma: quería ser transparente con los donantes.

Cientos de miles de dólares habían sido recolectados. Personas de todo Panamá, personas de todo el mundo, habían donado dinero para ayudar a las víctimas del terremoto en Venezuela. Habían donado porque creían que su dinero sería utilizado para comprar suministros que llegarían a las personas que los necesitaban. Habían donado porque confiaban en que los líderes políticos, los funcionarios públicos, harían lo correcto con ese dinero. Pero Mizrachi sabía que esa confianza no siempre estaba justificada. Sabía que en situaciones de crisis, cuando hay caos, cuando hay confusión, a veces los suministros desaparecen. A veces se pierden. A veces son desviados. Y así, para demostrar a los donantes que su dinero estaba siendo bien utilizado, que los suministros realmente estaban llegando a Venezuela, que no estaban siendo robados o desviados, Mizrachi había decidido instalar rastreadores en las cajas.

Fue una decisión que parecía razonable. Fue una decisión que parecía estar motivada por las mejores intenciones. Fue una decisión que parecía ser un acto de responsabilidad fiscal, un acto de transparencia. Pero lo que sucedió después fue algo que Mizrachi probablemente no había anticipado completamente.
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Los rastreadores funcionaron. Los AirTags hicieron exactamente lo que estaban diseñados para hacer: transmitieron la ubicación de los cargamentos en tiempo real. Y lo que mostraron fue algo que generó una onda de choque a través de la comunidad internacional de donantes. Uno de los cargamentos, uno de los envíos de suministros de ayuda humanitaria que había sido enviado a Venezuela, no estaba en La Guaira. No estaba en la zona del desastre. El rastreador mostraba que la caja estaba en Maturín, la capital del estado de Monagas, a más de cuatrocientos kilómetros de distancia del epicentro del terremoto.

Cuatrocientos kilómetros. Era una distancia que no tenía sentido. Era una distancia que sugería que los suministros no estaban siendo entregados a las personas que los necesitaban. Era una distancia que sugería que algo estaba mal. ¿Por qué estaría una caja de suministros de ayuda humanitaria en Maturín, a cuatrocientos kilómetros de la zona del desastre? ¿Quién la había movido allí? ¿Cuál era el propósito? ¿Estaban siendo vendidos los suministros? ¿Estaban siendo desviados para propósitos políticos? ¿Estaban siendo robados?

Mizrachi no tenía respuestas claras. Lo que sabía era que los rastreadores habían revelado algo que probablemente hubiera permanecido oculto de otra manera. Habían revelado que no todos los suministros estaban llegando a su destino previsto. Habían revelado que había un problema en la cadena de distribución. Habían revelado que la transparencia, aunque incómoda, era necesaria.
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Cuando Mizrachi fue entrevistado en La Tarde de NTN24, cuando fue confrontado con estos hallazgos, cuando le pidieron que explicara por qué había decidido instalar los rastreadores, su respuesta fue directa. Dijo que su objetivo era mostrar transparencia con los donantes. Dijo que sentía una responsabilidad de demostrar que el dinero que había sido donado estaba siendo utilizado correctamente. Dijo que los rastreadores eran una herramienta para asegurar que esa responsabilidad fuera cumplida.

Pero lo que fue más importante fue lo que sucedió después. Cuando los hallazgos fueron revelados, cuando se hizo público que los suministros estaban siendo desviados, cuando se hizo evidente que había un problema en la cadena de distribución, el gobierno de Venezuela no respondió. No explicó por qué los suministros estaban en Maturín. No explicó quién los había movido. No explicó cuál era el propósito. Simplemente guardó silencio. Fue un silencio que fue interpretado por muchos como una admisión de culpa, como una confirmación de que algo inapropiado estaba sucediendo.

Pero Panamá no se detuvo. A pesar de los hallazgos perturbadores, a pesar de las pruebas de que los suministros estaban siendo desviados, Panamá continuó enviando ayuda. Mizrachi reportó que Panamá había enviado más de diez vuelos humanitarios. Había trabajado con la aerolínea Copa y con DHL para asegurar que los suministros llegaran a Venezuela. Había enviado más de dieciocho toneladas de suministros la noche anterior. Tenía más de quinientas toneladas de suministros en almacenes esperando ser enviados. Era un compromiso extraordinario, una determinación de continuar ayudando a pesar de las pruebas de que la ayuda estaba siendo desviada.
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Pero mientras Panamá continuaba enviando ayuda, mientras Mizrachi continuaba trabajando para asegurar que los suministros llegaran a Venezuela, había otro país que estaba tomando un compromiso aún más profundo. El Salvador, bajo el liderazgo del Presidente Nayib Bukele, había decidido establecer una operación de rescate a largo plazo. No era una operación temporal. No era una operación que terminaría en días o semanas. Era una operación que estaba diseñada para continuar indefinidamente.

Bukele había enviado un séptimo vuelo de transporte a Venezuela. El vuelo llevaba cinco toneladas adicionales de medicinas, de equipamiento médico, de alimentos. Pero más importante que los suministros era el personal. El vuelo llevaba ciento veinte especialistas. Eran rescatistas experimentados, médicos, paramédicos, psicólogos, veterinarios. Eran profesionales que habían estado trabajando en el terreno, que estaban agotados, que necesitaban ser relevados. El Salvador estaba enviando especialistas frescos para reemplazarlos.

Y lo que fue más significativo fue el compromiso a largo plazo. El Salvador se había comprometido a mantener una presencia permanente de trescientos especialistas en La Guaira. Trescientos. Era un número extraordinario. Era una demostración de que El Salvador no estaba simplemente respondiendo a una crisis temporal. Estaba comprometido con la reconstrucción, con la recuperación a largo plazo. Estos trescientos especialistas incluían equipos USAR, bomberos, médicos, paramédicos, veterinarios, psicólogos. Eran profesionales que cubrirían todas las necesidades que surgieran en la fase de recuperación prolongada.
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Lo que estaba sucediendo era una demostración de solidaridad internacional que era tanto inspiradora como perturbadora. Era inspiradora porque demostraba que había países, había líderes, que estaban dispuestos a comprometerse a largo plazo con la recuperación de Venezuela. Era perturbadora porque demostraba que Venezuela no podía hacerlo sola, que necesitaba ayuda internacional, que sus propias instituciones no eran capaces de manejar la crisis.

Pero lo que era más importante era lo que los rastreadores de Mizrachi habían revelado. Habían revelado que incluso en tiempos de crisis, incluso cuando la gente estaba muriendo bajo los escombros, incluso cuando había una necesidad desesperada de ayuda, había fuerzas que estaban desviando los suministros. Había fuerzas que estaban priorizando otras cosas sobre la salvación de vidas. Había fuerzas que estaban utilizando la crisis para sus propios propósitos.

Y así, mientras Panamá continuaba enviando ayuda, mientras El Salvador establecía una operación de rescate a largo plazo, mientras los rastreadores de Mizrachi continuaban transmitiendo la ubicación de los suministros, Venezuela continuaba enfrentando una realidad incómoda: que aunque había ayuda disponible, aunque había países dispuestos a ayudar, aunque había voluntarios dispuestos a trabajar, había también fuerzas que estaban trabajando en contra de esos esfuerzos. Había fuerzas que estaban desviando los suministros. Había fuerzas que estaban obstaculizando los esfuerzos de rescate. Había fuerzas que estaban priorizando otras cosas sobre la salvación de vidas.
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La transparencia de Mizrachi, aunque incómoda, era necesaria. Era necesaria porque revelaba la verdad. Era necesaria porque demostraba que incluso en tiempos de crisis, incluso cuando todos estaban supuestamente trabajando hacia el mismo objetivo, había corrupción, había desviación, había negligencia. Y era necesaria porque era la única manera de asegurar que la ayuda realmente llegara a las personas que la necesitaban, que los suministros realmente fueran utilizados para salvar vidas, que la solidaridad internacional realmente se tradujera en acciones que hicieran una diferencia en el terreno.

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