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La Última Línea de Defensa: Cuando la Sociedad Civil Sostiene lo que el Estado No Puede en Venezuela
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El cambio de mando había sido oficial. Las Naciones Unidas habían confirmado que de los setenta y siete equipos de rescate internacionales que habían llegado desde treinta y una países, solo veinticinco continuaban en el terreno. La mayoría de ellos eran de América Latina. Los equipos europeos se habían ido. Los equipos de Turquía se habían ido. Los equipos de Suiza se habían ido. Y ahora, la coordinación total de las operaciones de rescate había sido transferida a la Protección Civil de Venezuela. Era un momento simbólico importante. Era un reconocimiento de que la fase internacional de rescate estaba terminando. Era el comienzo de una nueva fase, una fase donde Venezuela tendría que enfrentar la crisis con sus propios recursos, con sus propias instituciones, con su propia capacidad.

Pero mientras esta transferencia de responsabilidades estaba ocurriendo, mientras los equipos internacionales se estaban retirando, la crisis humanitaria continuaba agravándose. En La Guaira, en las morgues locales, en los centros forenses, había un caos que era casi incomprehensible. Había filas de camiones y vehículos de transporte esperando para descargar cuerpos. Las morgues estaban completamente saturadas. No había espacio. No había capacidad. Los centros forenses estaban desbordados. Las funerarias estaban abrumadas. Y las familias, las familias pobres que no tenían dinero para pagar los servicios funerarios, estaban llegando a las puertas de las morgues con la esperanza de encontrar a sus seres queridos, pero sin poder hacer nada más.

Fran Brito era un voluntario. Había viajado desde Maracay, desde el estado de Aragua, hasta La Guaira para ayudar. Estaba trabajando en las morgues, ayudando a limpiar, ayudando a procesar los cuerpos, ayudando a las familias a identificar a sus seres queridos. Y cuando fue entrevistado, cuando describió lo que estaba viendo, su voz se quebraba. Describió cómo cientos de familias llegaban a las morgues sin un centavo en sus bolsillos. Describió cómo la policía de investigación criminal, la CICPC, y los expertos forenses estaban haciendo todo lo que podían para mantener las condiciones sanitarias, para distribuir máscaras, para permitir que los familiares entraran a identificar a sus seres queridos. Pero el dolor era demasiado grande. Era un dolor que ninguna persona podía estar preparada para experimentar.
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Lo que era particularmente desgarrador era lo que una médica forense, una antropóloga forense de la Universidad Central de Venezuela, describió sobre el proceso de identificación. Explicó que la mayoría de los cuerpos que estaban siendo recuperados de los escombros habían estado bajo el concreto durante días. Estaban en avanzado estado de descomposición. Estaban desfigurados. Estaban irreconocibles. No podían ser identificados simplemente mirándolos. No podían ser identificados por las huellas dactilares. No podían ser identificados por las características faciales. Los expertos forenses tenían que utilizar métodos más sofisticados. Tenían que medir los huesos. Tenían que buscar características distintivas. Tenían que buscar tatuajes, cicatrices, perforaciones en las orejas, deformidades óseas. Tenían que comparar toda esta información con lo que los familiares les decían sobre la persona desaparecida.

Y luego estaban los casos más desgarradores. Había un padre que había llegado a la morgue buscando a su hija pequeña. El número de identificación coincidía. Los registros indicaban que era su hija. Pero cuando vio el cuerpo, cuando vio el estado del cuerpo, se negó a aceptarlo. Continuaba llorando, continuaba diciendo que no podía ser su hija, que su hija no podía estar en ese estado. Los expertos forenses tuvieron que sugerirle que se fuera, que regresara más tarde, que permitieran que se realizaran pruebas de ADN adicionales para confirmar la identificación. Era un acto de compasión, un reconocimiento de que el trauma psicológico de ver el cuerpo de un ser querido en ese estado era demasiado para que una persona lo soportara.

Y para los cuerpos que nunca serían identificados, para los cuerpos que estaban tan descompuestos que era imposible determinar quiénes eran, los expertos forenses estaban creando un sistema de registro. Estaban tomando fotografías. Estaban extrayendo muestras de dientes. Estaban creando perfiles detallados de características biológicas. Estaban creando expedientes que serían archivados, que serían guardados, para que si en algún momento en el futuro un familiar llegaba con una fotografía, con una descripción, con información sobre una persona desaparecida, pudieran consultar estos registros y potencialmente identificar el cuerpo.
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Pero mientras esto estaba sucediendo en La Guaira, mientras se estaban procesando cuerpos, mientras las familias estaban identificando a sus seres queridos muertos, en Caracas, en el distrito de Chacao, había otra crisis. Había dos torres de apartamentos que se habían colapsado completamente. Había un tanque de agua gigante de concreto reforzado que había caído sobre un sótano. Y en ese sótano, según lo que las familias estaban diciendo, había entre seis y ocho personas atrapadas. Incluido el sobrino de una mujer llamada Gregory. Incluido un amigo que estaba con un perro pequeño.

Los Topos de México habían llegado. Eran una de las organizaciones de rescate más respetadas del mundo. Su líder, Héctor Méndez, un hombre de ochenta años conocido como “Topo Mayor”, estaba en el terreno. Estaba dirigiendo las operaciones. Estaba coordinando los esfuerzos. Y describió cómo su equipo había estado trabajando sin dormir durante tres días. Describió cómo cientos de estudiantes universitarios venezolanos se habían presentado voluntariamente en el sitio. No eran rescatistas profesionales. Eran simplemente jóvenes que querían ayudar. Estaban formando barreras humanas para proteger el sitio. Estaban trayendo comida. Estaban removiendo escombros. Estaban haciendo todo lo que podían para ayudar.

Pero lo que Héctor Méndez también señaló fue la ausencia de liderazgo político. Señaló que en el sitio de Chacao, en el epicentro de la tragedia, no había gobernadores. No había ministros. No había funcionarios de alto nivel del gobierno. Solo estaba el alcalde del distrito, coordinando con los equipos de rescate, haciendo lo que podía con los recursos disponibles. Era una ausencia que hablaba volúmenes sobre las prioridades del estado.
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Pero mientras el estado estaba ausente, mientras los funcionarios de alto nivel no estaban en el terreno, la sociedad civil continuaba moviéndose. En Caracas, en la capital, donde el daño había sido menos severo, donde la gente no había sido directamente afectada por el terremoto, continuaban ayudando. Mujeres estaban cocinando. Estaban preparando cientos de porciones de comida. Estaban llevando la comida a La Guaira. Estaban trabajando en sus horas libres, después del trabajo, durante sus descansos, para preparar alimentos para los rescatistas, para los voluntarios, para las familias afectadas.

Había estaciones de café. Había voluntarios que estaban distribuyendo café caliente y sándwiches gratuitos a lo largo de las carreteras principales, durante la noche, para mantener despiertos a los médicos, a los ingenieros de rescate, a todos los que estaban trabajando en las operaciones de rescate. Una voluntaria describió su rol de una manera que capturaba la esencia de lo que estaba sucediendo. Dijo que no era doctora. No sabía cómo romper concreto. No sabía cómo rescatar personas. Pero sabía cómo cocinar. Sabía cómo servir café. Sabía cómo cuidar de las personas que estaban haciendo el trabajo de rescate. Y eso era lo que estaba haciendo. Cada taza de café que servía era un eslabón en la cadena de la vida, un acto pequeño pero significativo que contribuía a mantener viva la operación de rescate.

Era una demostración de cómo funcionaba la solidaridad humana cuando las instituciones fallaban. Era una demostración de cómo la gente común, cuando se enfrentaba a una crisis, podía organizarse, podía coordinarse, podía trabajar juntos para hacer una diferencia. No era un sistema perfecto. No era una respuesta estatal coordinada. Pero era lo que había. Era lo que la gente podía hacer. Y estaban haciendo lo máximo que podían con lo que tenían.
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La transferencia de responsabilidades a la Protección Civil de Venezuela era un reconocimiento de que la fase internacional de rescate estaba terminando. Pero también era un reconocimiento de que Venezuela tendría que aprender a cuidar de sí misma, tendría que reconstruir, tendría que sanar. Y mientras enfrentaba esa realidad, mientras se preparaba para esa tarea monumental, la única cosa que estaba claro era que la sociedad civil, la gente común, los voluntarios, los estudiantes, las mujeres que cocinaban, los hombres que removían escombros, ellos serían los que llevarían a Venezuela adelante. Ellos serían los que reconstruirían. Ellos serían los que sanarían las heridas. Porque cuando el estado no podía, cuando las instituciones fallaban, era la gente la que continuaba. Era la gente la que importaba. Era la gente la que hacía la diferencia.

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