Cuando la Naturaleza Golpea: El Verdadero Costo de Años de Negligencia Institucional en Venezuela

La frase que Carolina Jiménez escribió en el New York Times resonó con una claridad que pocas veces se logra en el análisis de crisis humanitarias: “El desastre natural de Venezuela fue inevitable, pero la devastación que ha dejado a su paso no lo fue”. Estas palabras, pronunciadas por la presidenta de la oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos, WOLA, capturaban una verdad incómoda que trasciende los números de muertos y heridos. Jiménez no era simplemente una observadora externa. Estaba en La Guaira cuando los terremotos golpearon. Estaba con su madre. Vivió el caos de los primeros momentos, sintió el pánico, vio la devastación con sus propios ojos. Y desde esa perspectiva privilegiada de testigo directo, llegó a una conclusión que va más allá del evento sísmico en sí.
Lo que Jiménez estaba señalando era que existe una diferencia fundamental entre un desastre natural y una catástrofe humanitaria. Un terremoto es un fenómeno geológico que no puede ser prevenido. Las placas tectónicas se mueven, la tierra tiembla, y no hay tecnología humana que pueda detenerlo. Pero la manera en que una sociedad responde a ese terremoto, la infraestructura que ha construido para proteger a sus ciudadanos, los estándares de seguridad que ha implementado en sus edificios, la preparación de sus instituciones para responder a emergencias, todo eso sí puede ser controlado. Todo eso sí puede ser mejorado. Y todo eso, en el caso de Venezuela, había sido negligenciado durante años.
Lo que emergió de la entrevista de Jiménez con NTN24 fue un retrato de un estado que no estaba preparado, que no podía responder, que simplemente no estaba presente cuando más se le necesitaba. Durante las primeras cuarenta y ocho a setenta y dos horas después del terremoto, durante lo que los expertos en rescate llaman “las horas doradas”, cuando las probabilidades de encontrar sobrevivientes vivos son más altas, el estado venezolano estuvo ausente. No había coordinación. No había liderazgo. No había recursos siendo movilizados de manera efectiva. Fueron los ciudadanos comunes, los voluntarios, las organizaciones comunitarias, quienes tuvieron que llenar ese vacío.
Pero lo que fue particularmente preocupante fue lo que sucedió en términos de información y comunicación. En las horas inmediatamente posteriores al terremoto, cuando la gente estaba desesperada por saber si sus seres queridos estaban vivos o muertos, cuando necesitaban información crítica para coordinar esfuerzos de rescate, el acceso a Internet fue restringido. Las redes sociales fueron bloqueadas. La gente no podía acceder a Twitter, no podía acceder a plataformas de comunicación internacional, no podía compartir información sobre dónde estaban los sobrevivientes, dónde se necesitaba ayuda, dónde había personas atrapadas bajo los escombros. Fue un aislamiento informativo que agravó la crisis, que aumentó la confusión, que impidió que se coordinaran esfuerzos de rescate de manera efectiva.
Y luego estaba el problema de los datos. Hasta el momento de la entrevista de Jiménez, el gobierno se negaba a publicar una lista oficial de personas desaparecidas. Se negaba a proporcionar números precisos. Se negaba a ser transparente sobre la magnitud de la tragedia. Esto no era simplemente un problema de comunicación política. Era un problema humanitario concreto. Porque sin datos precisos, sin una lista oficial, las organizaciones de derechos humanos no podían coordinar la ayuda de manera efectiva. Los trabajadores sociales no podían identificar a los niños huérfanos y colocarlos en hogares seguros. Las familias no podían saber con certeza si sus seres queridos estaban muertos o si todavía había esperanza de encontrarlos vivos.
Pero mientras el estado estaba ausente, mientras las instituciones fallaban, algo notable estaba sucediendo en la sociedad civil. Los ciudadanos estaban tomando las cosas en sus propias manos. Estaban creando aplicaciones móviles para rastrear a las personas desaparecidas. Estaban creando sitios web para compartir información. Estaban estableciendo líneas telefónicas de emergencia. Estaban haciendo el trabajo que las instituciones del estado deberían haber estado haciendo. Estaban demostrando que cuando el gobierno fallaba, la comunidad podía continuar funcionando, podía continuar organizándose, podía continuar cuidando de sus miembros.
Había lugares como el “Refugio de la Esperanza”, un refugio que había sido creado en una casa llamada “Nuestra Señora del Carmen” en Caracas, administrada por monjas de la orden del Carmen. Habían convertido un aula en un campamento de refugiados. Estaban proporcionando alojamiento, alimentos, atención médica a sesenta niños que habían perdido a sus familias en el terremoto. Eran niños huérfanos, niños desplazados, niños que habían sido separados de sus padres. Y estas monjas, estas mujeres dedicadas a la fe y al servicio, estaban cuidando de ellos. Estaban haciendo lo que el estado debería haber estado haciendo desde el primer día.
Y luego estaba la vigilia de las velas. En la Universidad Central de Venezuela, en la plaza del Rector, miles de personas se habían reunido. Llevaban velas. Llevaban rosas blancas. Estaban conmemorando a los muertos. Estaban rezando. Estaban recolectando dinero para las familias que lo habían perdido todo. Era una demostración de solidaridad, una demostración de que aunque el estado había fallado, aunque las instituciones habían colapsado, la comunidad continuaba siendo fuerte, continuaba siendo compasiva, continuaba siendo humana.
Lo que Jiménez estaba describiendo era una situación donde un desastre natural había expuesto completamente las debilidades estructurales de un estado. No era que el terremoto fuera culpa del gobierno. Los terremotos son fenómenos naturales. Pero la manera en que el estado había permitido que se construyeran edificios sin los estándares de seguridad adecuados, la manera en que había permitido que la infraestructura se deteriorara, la manera en que no había invertido en sistemas de respuesta a emergencias, todo eso sí era responsabilidad del estado. Y todo eso había contribuido a la magnitud de la devastación.
Lo que era más importante, sin embargo, era lo que esto revelaba sobre la naturaleza de la sociedad venezolana. Revelaba que aunque el estado había fallado, aunque las instituciones habían colapsado, la gente continuaba siendo buena. Continuaba siendo solidaria. Continuaba cuidando de sus vecinos. Continuaba buscando formas de ayudar, de rescatar, de reconstruir. Era un recordatorio de que la humanidad, la compasión, la solidaridad, eran más fuertes que la negligencia institucional, más fuertes que la burocracia, más fuertes que la ausencia del estado.
Incluso el Vaticano había reconocido la gravedad de la situación. Durante la oración del domingo desde el Vaticano, el Papa había enviado un mensaje a Venezuela. Había pedido que Dios diera fuerza espiritual al pueblo venezolano para superar este capítulo oscuro de su historia. Era un reconocimiento de que Venezuela estaba pasando por algo extraordinario, algo que trascendía simplemente un desastre natural, algo que era tanto una prueba de la capacidad de la sociedad para responder a la crisis como una revelación de las debilidades estructurales que habían permitido que la crisis fuera tan devastadora.
Lo que Jiménez estaba comunicando, en última instancia, era una lección compleja sobre la naturaleza de los desastres. Los desastres naturales son inevitables. Los terremotos ocurren. Las inundaciones ocurren. Los huracanes ocurren. No hay nada que pueda hacer una sociedad para prevenir estos eventos naturales. Pero lo que sí puede hacer una sociedad es prepararse. Puede construir edificios seguros. Puede entrenar a sus rescatistas. Puede crear sistemas de respuesta a emergencias. Puede invertir en infraestructura resiliente. Puede ser transparente y comunicarse efectivamente durante una crisis. Puede asegurarse de que sus instituciones sean fuertes, competentes, y capaces de responder cuando llega el momento.
Venezuela, en este momento, estaba enfrentando la realidad de que no había hecho estas cosas. Estaba enfrentando las consecuencias de años de negligencia, de falta de inversión, de instituciones débiles. Y mientras enfrentaba estas consecuencias, mientras excavaba en los escombros, mientras buscaba sobrevivientes, mientras lloraba a sus muertos, también estaba siendo testigo de algo más: de la fortaleza de su sociedad civil, de la capacidad de sus ciudadanos para organizarse, para ayudarse mutuamente, para continuar siendo humanos incluso en tiempos de tragedia masiva.
Eso era lo que hacía que la observación de Jiménez fuera tan importante. No era simplemente una crítica de las instituciones fallidas. Era un reconocimiento de que aunque el estado había fallado, la gente continuaba siendo fuerte. Era un recordatorio de que en tiempos de crisis, cuando todo parecía estar colapsando, lo que importaba era la capacidad de las personas para cuidarse mutuamente, para apoyarse, para continuar creyendo que había esperanza, que había futuro, que había razones para continuar adelante.
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