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“Salí volando por la ventana con mis nietos”: Desgarrador relato de una sobreviviente en Venezuela

Volando por la Ventana: Las Historias de Supervivencia Que Desafían la Lógica en Venezuela
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Diez días. Ese era el tiempo que había pasado desde que los terremotos gemelos devastaron Venezuela. Diez días en los que las familias continuaban excavando con sus propias manos. Diez días en los que los rescatistas continuaban buscando señales de vida. Diez días en los que las historias de supervivencia milagrosa continuaban emergiendo de entre los escombros, historias que parecían casi imposibles, historias que desafiaban toda lógica médica y física. Y mientras estas historias de esperanza continuaban siendo contadas, mientras los rescatistas continuaban creyendo que había personas vivas bajo los escombros, algo más oscuro estaba sucediendo. Estaban siendo arrestados. Estaban siendo amenazados. Estaban siendo obstaculizados por fuerzas que parecían estar más interesadas en controlar la narrativa que en salvar vidas.

Nohemí era una sobreviviente. Era una abuela que había estado en su apartamento cuando el terremoto golpeó. Estaba con sus nietos. Cuando el edificio comenzó a temblar, cuando las paredes comenzaron a colapsar, cuando todo parecía estar terminando, Nohemí hizo algo que parecía imposible. Saltó por la ventana. Con sus nietos. Mientras el edificio se desmoronaba a su alrededor, mientras todo se estaba cayendo, ella saltó por la ventana con sus nietos en los brazos. Y sobrevivieron. Los nietos sobrevivieron. Ella sobrevivió. Fue un milagro. Fue una acción desesperada que resultó en la salvación. Pero mientras ella y sus nietos estaban vivos, mientras habían sido salvados por un acto de puro instinto maternal, muchos de sus otros familiares continuaban bajo los escombros. Continuaban desaparecidos. Continuaban siendo buscados.

Cuando Nohemí contaba su historia, cuando describía el momento en que saltó por la ventana, cuando hablaba sobre cómo había salvado a sus nietos, su voz se quebraba. No era una historia de alegría. Era una historia de supervivencia, sí, pero también era una historia de pérdida. Era una historia de una abuela que había salvado a algunos de sus seres queridos pero que había perdido a otros. Era una historia que capturaba la esencia de la tragedia: que incluso cuando había milagros, incluso cuando había supervivencia, también había dolor, también había pérdida, también había un precio que pagar.
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Pero había también señales de que la búsqueda continuaba siendo viable. Roiber Leal, un rescatista en el sitio, estaba diciendo algo que era importante. Estaba diciendo que había aire fresco en los túneles bajo los escombros. Estaba diciendo que no había olor a muerte. Eso significaba que podía haber personas vivas. Eso significaba que los espacios huecos bajo los escombros estaban permitiendo que el aire circulara, que permitían la supervivencia prolongada. Era una indicación de que después de diez días, después de que la mayoría de los expertos habían dicho que las probabilidades de encontrar sobrevivientes eran prácticamente nulas, todavía había esperanza. Todavía había razones para continuar buscando.

Los equipos de rescate españoles del Balear estaban comprometidos. Habían comparado la devastación actual con la tragedia de Vargas en 1999, cuando deslizamientos de tierra y flujos de lodo habían matado a miles de personas. Pero dijeron que esto era peor. La escala de la destrucción era mayor. La magnitud de la tragedia era más profunda. Pero estaban comprometidos a permanecer. Estaban comprometidos a continuar buscando. Estaban comprometidos a no abandonar a Venezuela. Estaban diciendo que traerían refuerzos desde Bogotá, desde España, que continuarían la búsqueda hasta que no hubiera más esperanza.

Pero entonces, sucedió algo que cambió el tono de la crisis. Wilmer Antonio Cruz, el famoso “Topo de la Guaira”, fue arrestado. Había sido detenido por las autoridades. Durante más de doce horas, nadie sabía dónde estaba. Su familia estaba desesperada. Sus colegas estaban preocupados. La comunidad estaba furiosa. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué lo habían arrestado? ¿Dónde lo tenían?
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Finalmente, después de más de doce horas, fue liberado. La organización de derechos humanos Provea confirmó que había sido puesto en libertad. Y cuando regresó al sitio de excavación, cuando fue visto nuevamente en el terreno de desastre, la comunidad estalló en celebración. Cientos de personas lo rodearon. Lo abrazaron. Lo vitorearon. Era como si fuera un héroe que regresaba de la guerra. Porque, en cierto sentido, lo era. Wilmer Cruz había estado en la primera línea de la batalla contra la tragedia. Había rescatado a casi sesenta personas en las primeras horas después del terremoto. Había utilizado sus propias manos, herramientas rudimentarias, su propio cuerpo, para salvar vidas.

Pero ¿por qué lo habían arrestado? La razón era clara. Había estado grabando videos. Había estado documentando la negligencia del gobierno. Había estado mostrando la falta de maquinaria pesada. Había estado criticando la ineficiencia de las autoridades. Había estado pidiendo que se hiciera más. Y por hacer esto, por documentar la realidad, por hablar la verdad, había sido arrestado.

Las organizaciones de derechos humanos estaban pidiendo explicaciones. Estaban pidiendo que el gobierno dijera por qué lo había arrestado. Estaban pidiendo que se asegurara su seguridad. Estaban pidiendo que se protegiera a todos los voluntarios que estaban ayudando en los esfuerzos de rescate. Porque si el gobierno estaba arrestando a los rescatistas, si estaba persiguiendo a los voluntarios, entonces ¿cuál era el mensaje que estaba enviando? ¿Estaba diciendo que no quería que se salvaran vidas? ¿Estaba diciendo que no quería que se documentara la realidad?
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Pero lo que fue aún más preocupante fue la aparición de hombres de negro. Hombres que no llevaban insignias. Hombres que no llevaban identificación. Hombres que parecían ser agentes especiales, posiblemente de la Dirección General de Contrainteligencia Militar, la DGCIM. Estos hombres estaban apareciendo en los sitios de excavación. Estaban amenazando a los rescatistas civiles. Estaban ordenando que se detuvieran las excavaciones. Estaban intentando impedir que los voluntarios continuaran buscando.

Un rescatista llamado Nelson Molina estaba en el bloque de apartamentos número tres en el complejo urbano PAZ en Catia La Mar. Su comunidad había rescatado a cuarenta y ocho personas. Había identificado a noventa y ocho personas más que estaban atrapadas bajo los escombros. Estaban en medio de una operación de rescate exitosa. Pero entonces llegaron los hombres de negro. Ordenaron que se detuviera la excavación. Amenazaron con arrestar a Nelson. Intentaron cerrar el sitio. Nelson se enfrentó a ellos. Se negó a detenerse. Insistió en que continuaran las excavaciones. Su familia ahora estaba emitiendo declaraciones de responsabilidad, diciendo que si algo le sucedía a Nelson, el gobierno sería responsable.

Era una situación que capturaba la esencia de lo que estaba sucediendo en Venezuela. No era simplemente un desastre natural. Era un desastre político. Era un régimen que estaba tan preocupado por mantener el control, por mantener la narrativa, que estaba dispuesto a interferir en los esfuerzos de rescate. Estaba dispuesto a arrestar a los rescatistas. Estaba dispuesto a amenazar a los voluntarios. Estaba dispuesto a permitir que las personas murieran bajo los escombros solo para mantener la ilusión de que todo estaba bajo control.
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Pero la comunidad no estaba dispuesta a aceptar esto. Los ciudadanos continuaban excavando. Continuaban buscando. Continuaban rescatando a sus vecinos. Continuaban documentando lo que estaba sucediendo. Continuaban compartiendo videos en las redes sociales. Continuaban diciéndole al mundo la verdad sobre lo que estaba sucediendo en Venezuela.

Lo que Nohemí había hecho cuando saltó por la ventana con sus nietos era un acto de amor maternal. Pero también era un acto de desafío. Era un acto que decía que la vida importaba, que sus nietos importaban, que valía la pena tomar riesgos extremos para salvarlos. Y lo que Wilmer Cruz estaba haciendo, lo que Nelson Molina estaba haciendo, lo que todos los rescatistas voluntarios estaban haciendo, era similar. Estaban desafiando las probabilidades. Estaban desafiando al gobierno. Estaban insistiendo en que la vida importaba, que cada persona merecía ser rescatada, que valía la pena continuar buscando incluso cuando parecía imposible.

Diez días después del terremoto, Venezuela estaba en un punto de quiebre. La fase de rescate estaba terminando. Los equipos internacionales se estaban retirando. Las máquinas excavadoras estaban siendo utilizadas para demoler en lugar de rescatar. Pero la comunidad se negaba a rendirse. Continuaba excavando. Continuaba buscando. Continuaba creyendo que había personas vivas bajo los escombros, que podían ser salvadas, que valía la pena continuar intentando.
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Y mientras todo esto sucedía, mientras la comunidad continuaba luchando, mientras los rescatistas voluntarios continuaban siendo arrestados y amenazados, mientras los hombres de negro intentaban cerrar los sitios de excavación, había historias como la de Nohemí. Historias de supervivencia milagrosa. Historias de madres y abuelas que hacían lo imposible para salvar a sus seres queridos. Historias que recordaban al mundo que incluso en tiempos de tragedia masiva, incluso cuando todo parecía perdido, la vida continuaba. La esperanza continuaba. Y la determinación humana de salvar vidas, de proteger a los seres queridos, de continuar luchando, continuaba siendo la fuerza más poderosa que existía.

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