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“Tenían arma y no una pala”: Topos de Chile expone que militares del régimen obstruyeron rescates

Armas en Lugar de Palas: Cómo el Régimen Militar Venezolano Saboteó los Rescates Internacionales
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Francisco Lermanda, líder de los Topos de Chile, uno de los equipos de rescate más respetados del mundo, estaba visiblemente afectado cuando fue entrevistado en el programa La Tarde de NTN24. Había venido a Venezuela con la esperanza de salvar vidas. Había traído a cincuenta de sus mejores rescatistas, máquinas especializadas, tecnología de punta. Había invertido trescientos mil dólares de su propio bolsillo para financiar la misión. Pero lo que encontró no fue simplemente una tragedia natural. Encontró un sistema que parecía estar diseñado para obstaculizar los esfuerzos de rescate, para impedir que se salvaran vidas, para priorizar el control político sobre la humanidad. Y ahora, mientras los Topos de Chile se retiraban de Venezuela, Lermanda estaba contando la verdad sobre lo que había sucedido en los escombros.

La verdad era perturbadora. Los militares del régimen venezolano no estaban ayudando en los esfuerzos de rescate. Estaban obstaculizándolos. Estaban bloqueando el acceso a los sitios de excavación. Estaban impidiendo que los equipos médicos hicieran su trabajo. Estaban priorizando la demostración de poder sobre la salvación de vidas. Y la frase que Lermanda utilizó para describir la situación fue devastadora: “Tenían arma y no una pala”. Los militares estaban patrullando los sitios de excavación con rifles, con armas, pero no estaban cavando. No estaban removiendo escombros. No estaban ayudando a rescatar a nadie. Simplemente estaban allí, con sus armas, demostrando poder, controlando, obstaculizando.

Los ciudadanos venezolanos estaban furiosos. Habían visto a los militares en los sitios de excavación, armados, mientras los voluntarios civiles excavaban con sus manos desnudas. Habían visto a los militares establecer barreras, impidiendo que los rescatistas accedieran a ciertas áreas. Habían visto a los militares impedir que los equipos médicos hicieran su trabajo. Era una situación absurda, una inversión completa de lo que debería haber sucedido. En tiempos de crisis, los militares deberían haber estado ayudando a rescatar a las personas. En su lugar, estaban impidiendo que se rescatara a nadie.
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Lo que fue particularmente revelador fue la historia de los médicos chilenos. Dos doctores, un ingeniero estructural y un arquitecto del equipo de Chile habían salido del sitio de excavación para buscar señal de teléfono, para comunicarse con sus familias, para informar sobre su situación. Era una necesidad básica, una pausa breve en el trabajo de rescate. Pero cuando intentaron regresar al sitio, los militares no los dejaron entrar. Fueron detenidos en una barrera, separados del resto del equipo. No pudieron regresar hasta que todo el equipo estaba preparado para partir, hasta que la misión estaba siendo abandonada. Habían sido efectivamente secuestrados, retenidos por los militares, separados de sus colegas. Era una violación de sus derechos, una demostración de poder, una indicación de que el régimen no estaba interesado en cooperar con los esfuerzos de rescate internacionales.

Y luego estaba la historia de Andrés, un niño de trece años. El equipo de Chile lo había rescatado de los escombros. Lo habían sacado vivo. Pero el niño estaba gravemente herido. Necesitaba atención médica inmediata. Necesitaba cirugía. Necesitaba que los médicos del equipo de Chile intervinieran rápidamente para salvar su vida. Pero los militares habían bloqueado a los médicos. No podían acceder al niño. No podían proporcionarle la atención médica que necesitaba. Y como resultado, Andrés perdió una pierna. Una pierna completa. Un niño de trece años fue mutilado porque el régimen militar había decidido que era más importante demostrar poder que permitir que los médicos salvaran una vida.

Era una historia que capturaba la esencia de lo que estaba sucediendo en Venezuela. No era simplemente negligencia. Era sabotaje deliberado. Era una decisión consciente de priorizar el control político sobre la salvación de vidas. Era un régimen que estaba tan preocupado por mantener el poder, por demostrar autoridad, que estaba dispuesto a permitir que las personas murieran, que estaba dispuesto a permitir que los niños perdieran extremidades, solo para mantener la ilusión de control.
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Pero había también una explicación más técnica para por qué los equipos internacionales se estaban retirando. Los estándares internacionales INSARAG, que regulaban las operaciones de rescate en desastres, establecían límites de tiempo. Los equipos podían permanecer en un sitio de desastre durante siete a diez días como máximo. La lógica era que después de setenta y dos horas, las probabilidades de encontrar sobrevivientes eran prácticamente nulas. Después de ese tiempo, era más probable que los equipos estuvieran recuperando cadáveres que rescatando personas vivas. Y muchos de los rescatistas internacionales eran funcionarios públicos, bomberos, policías, militares que tenían que regresar a sus trabajos en sus países de origen.

Pero los Topos de Chile no se regían por esos estándares. Eran una organización no gubernamental, una organización de voluntarios que no recibía subsidios de ningún gobierno. Su único objetivo era salvar vidas. No les importaba si habían pasado diez días o veinte días. Continuarían buscando mientras hubiera la más mínima posibilidad de encontrar a alguien vivo. Continuarían trabajando mientras tuvieran recursos. Y Lermanda estaba siendo claro sobre esto: los Topos de Chile no consideraban que alguien estuviera muerto hasta que lo encontraran personalmente. No aceptaban las cifras oficiales. No aceptaban las suposiciones. Continuaban buscando.

Pero había un problema: dinero. Los Topos de Chile habían gastado trescientos mil dólares para llegar a Venezuela. Habían alquilado un vuelo privado para transportar a cincuenta rescatistas y dos mil kilogramos de equipamiento. Pero el régimen venezolano no les había permitido aterrizar en Caracas. Habían sido obligados a volar a Colombia, a descargar todo en Colombia, y luego a conducir durante nueve horas por tierra para llegar a La Guaira. Era un viaje innecesario, una obstaculización deliberada, una forma de dificultar el trabajo de rescate.
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Y ahora, después de todo esto, después de gastar trescientos mil dólares, después de arriesgar sus vidas, después de ser obstaculizados por los militares, después de ver a niños perder extremidades porque el régimen no permitía que los médicos hicieran su trabajo, los Topos de Chile estaban sin dinero. Habían agotado sus fondos. Pero Lermanda estaba pidiendo a las empresas que los patrocinaran, que les proporcionaran dinero para que treinta expertos pudieran regresar a Venezuela. Porque creía que todavía había esperanza. Creía que todavía había personas vivas bajo los escombros. Creía que valía la pena continuar buscando.

Lo que fue más notable fue su argumento sobre por qué era posible que hubiera sobrevivientes después de once días. La mayoría de los expertos en rescate decían que después de setenta y dos horas, las probabilidades eran prácticamente nulas. Pero Lermanda señalaba que las condiciones dentro de los edificios colapsados en Venezuela eran diferentes. Mientras que afuera hacía calor, mientras que el sol estaba quemando, dentro de las estructuras colapsadas había humedad, había temperaturas frescas, había condiciones que permitían que una persona sobreviviera mucho más tiempo que lo normal. Había aire circulando a través de los espacios huecos. Había agua filtrándose a través de los escombros. Había condiciones que, aunque eran terribles, permitían la supervivencia prolongada.

Y así, mientras los equipos internacionales se retiraban, mientras el mundo dejaba de prestar atención, mientras las cámaras de televisión se apagaban, los Topos de Chile estaban pidiendo dinero para regresar. Estaban pidiendo apoyo para continuar la búsqueda. Estaban diciendo que no podían abandonar a Venezuela, que no podían aceptar que la búsqueda había terminado, que no podían vivir con la idea de que había personas vivas bajo los escombros que nunca serían encontradas.
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Era un contraste notable con el régimen venezolano. Mientras que los Topos de Chile estaban gastando su propio dinero, arriesgando sus vidas, siendo obstaculizados por los militares, continuando la búsqueda incluso cuando parecía imposible, el régimen estaba bloqueando el acceso, estaba demostrando poder con armas, estaba priorizando el control sobre la salvación de vidas. Era un contraste que capturaba la esencia de lo que estaba sucediendo en Venezuela: un país donde los voluntarios internacionales estaban trabajando más duro para salvar vidas que el propio gobierno.

Lo que Lermanda estaba diciendo, de manera implícita, era que el régimen no quería que se encontraran sobrevivientes. O al menos, no quería que se encontraran sobrevivientes de una manera que pudiera cuestionar la narrativa oficial. Si se encontraban demasiados sobrevivientes, si se descubría que el gobierno había sido negligente, si se revelaba que los militares habían obstaculizado los esfuerzos de rescate, eso sería un problema político para el régimen. Así que era más fácil bloquear el acceso, establecer barreras, impedir que los equipos internacionales continuaran buscando.

Pero los Topos de Chile no estaban dispuestos a aceptar esto. Estaban pidiendo dinero. Estaban pidiendo apoyo. Estaban pidiendo que se les permitiera regresar a Venezuela para continuar la búsqueda. Porque creían que había vidas en juego. Creían que había personas bajo los escombros que podrían ser salvadas. Creían que valía la pena continuar luchando, incluso contra un régimen que parecía estar decidido a obstaculizar sus esfuerzos.
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Era una historia de coraje, de determinación, de un compromiso inquebrantable con la salvación de vidas. Pero era también una historia de un régimen que estaba tan preocupado por mantener el poder que estaba dispuesto a permitir que las personas murieran. Era una historia que capturaba la tragedia de Venezuela no simplemente como un desastre natural, sino como un desastre político, como una situación donde las instituciones del Estado habían fallado tan completamente que los voluntarios internacionales tenían que hacer el trabajo que el gobierno debería haber estado haciendo.

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