El doctor que corre contra el tiempo: la medicina improvisada en las entrañas de Venezuela

Hay momentos en que la medicina abandona los protocolos y se convierte en pura supervivencia. Uno de esos momentos ocurre cuando el doctor Pablo Lameda corre entre los escombros de Caracas, cargando sulfato de magnesio y bicarbonato, intentando llegar a tiempo a un hombre atrapado bajo toneladas de concreto. Su carrera no es solo un acto de urgencia médica; es un símbolo de lo que significa atender una emergencia sin los recursos adecuados, sin espacio, sin tiempo y, muchas veces, sin esperanza de que el esfuerzo sea suficiente.
Lo que hace extraordinaria la historia de Lameda no es solo su dedicación, sino el contexto en el que actúa. En medicina de emergencia, existe una regla básica: los médicos no corren. La calma, la precisión y el movimiento controlado son fundamentales. Pero Lameda ha roto esa regla porque la situación lo exige. Cuando la diferencia entre la vida y la muerte se mide en fracciones de segundo, cuando un paciente está siendo deshidratado por el calor, la falta de agua y la imposibilidad de moverse, cada minuto que pasa es un minuto que el cuerpo pierde. Por eso Lameda corre. No porque sea lo correcto según los libros de medicina, sino porque es lo único que puede hacer frente a una realidad que los libros nunca contemplaron.
El protocolo que ha improvisado es tan ingenioso como desesperado. Lameda no puede llegar hasta el paciente para hacer un examen completo ni para colocar un suero intravenoso de forma convencional. El espacio bajo los escombros es tan reducido que apenas cabe una persona. Por eso, ha diseñado un sistema en el que los auxiliares o enfermeros se arrastran por las grietas del concreto, llevando consigo las soluciones de magnesio y bicarbonato que Lameda prepara en la superficie. Esos medicamentos son vitales: el magnesio ayuda a estabilizar el corazón y los músculos, mientras que el bicarbonato contrarresta la acidosis que se produce cuando el cuerpo está bajo estrés extremo y sin suficiente oxígeno.

Lo que Lameda está haciendo es mantener vivo a alguien que técnicamente no debería poder estar vivo. Un hombre atrapado bajo los escombros, sin poder moverse, sin luz, sin aire fresco, sin agua adecuada, sin esperanza de rescate inmediato. Las horas pasan y el cuerpo comienza a fallar. La deshidratación se instala, los electrolitos se desequilibran, el corazón comienza a latir irregularmente. Sin intervención, la muerte es cuestión de tiempo. Con la intervención de Lameda, ese tiempo se extiende. No se sabe cuánto, pero se extiende. Y esa extensión es lo único que importa mientras las máquinas de rescate avanzan lentamente a través del concreto.
Pero la historia de Lameda tiene una dimensión aún más profunda. Él no solo es un médico trabajando bajo presión; es un hombre que ha perdido a cuatro miembros de su propia familia en el terremoto. Mientras corre por los escombros para salvar a extraños, lleva consigo el peso de esas pérdidas. Esa combinación de dolor personal y compromiso profesional es lo que muchos rescatistas y voluntarios están viviendo en Venezuela. No son héroes distantes; son personas que han sufrido la tragedia de primera mano y que, a pesar de eso, continúan trabajando.
En otro frente de la emergencia, hay historias igualmente desesperadas. Un hombre llamado Omar logró, contra todo pronóstico, obtener señal de teléfono bajo los escombros y publicó un video en TikTok confirmando que seguía vivo. Ese video se convirtió en una prueba de vida, un grito digital desde las profundidades de la ruina. Pero la prueba de que está vivo no es suficiente si no hay manera de llegar hasta él. Los rescatistas saben dónde está Omar, saben que está vivo, pero carecen de la maquinaria pesada necesaria para abrir un camino hacia él. Mientras tanto, su familia cava con las manos, con herramientas improvisadas, con la esperanza de que la persistencia manual pueda lograr lo que las máquinas aún no han conseguido.
Esa brecha entre el conocimiento y la capacidad de acción es una de las frustraciones más profundas de esta emergencia. Los rescatistas pueden saber exactamente dónde hay vida, pueden escuchar a las personas, pueden incluso comunicarse con ellas, pero si no tienen acceso a equipos especializados, esa información se convierte en tortura. Saben que hay alguien ahí, saben que está sufriendo, pero no pueden hacer nada más que esperar a que llegue la maquinaria adecuada. Esa impotencia es casi tan dolorosa como el desastre mismo.
En otro edificio, hay un escenario diferente pero igualmente angustioso. Los equipos de rescate internacionales, incluyendo brigadas de la Cruz Roja y perros especializados, están trabajando en lo que podría ser una “burbuja de aire” en el sótano de una estructura colapsada. Según los planos de construcción que los familiares han proporcionado, es posible que haya un grupo de niños atrapados en ese espacio. La posibilidad de que haya menores bajo los escombros añade una capa adicional de urgencia emocional a la operación. Los niños son más vulnerables, su resistencia es menor, y la idea de que puedan estar sufriendo en la oscuridad activa un instinto protector en todos los que trabajan en el terreno.
Lo que une todas estas historias es la realidad de que la emergencia no es un evento único, sino un proceso continuo. El terremoto fue el acto inicial, pero la tragedia se prolonga cada día que pasa. Cada hora sin rescate es una hora en la que alguien bajo los escombros pierde más agua, más energía, más esperanza. Cada día que pasa es un día en el que la medicina improvisada de Lameda se vuelve más urgente, en el que la brecha entre saber dónde está alguien y poder rescatarlo se amplía.
Lameda ha hecho un llamado que va más allá de la emergencia inmediata. Ha pedido a la comunidad internacional que no abandone a La Guaira, que entienda que la crisis tiene dos fases. La primera es la búsqueda y el rescate, que es lo que ocurre ahora. Pero la segunda fase, la que vendrá después, será aún más compleja: decenas de miles de personas sin hogar, sin recursos, sin infraestructura, necesitarán ser asistidas para reconstruir sus vidas desde cero. Esa reconstrucción no es un asunto de semanas; es un proyecto de años. Y requiere un compromiso sostenido de ayuda internacional que vaya más allá de los titulares iniciales.
La carrera de Lameda por los escombros, entonces, no es solo una acción médica. Es una declaración sobre lo que significa vivir una catástrofe. Significa trabajar sin recursos adecuados, significa tomar decisiones imposibles, significa continuar cuando todo parece indicar que no hay nada que hacer. Significa perder a tu propia familia y seguir salvando a otros. Significa correr cuando se supone que no debes correr, porque el tiempo es lo único que tienes para ofrecer.
En Venezuela, mientras Lameda corre, mientras Omar espera bajo los escombros con su teléfono sin batería, mientras los niños posiblemente atrapados en una burbuja de aire respiran aire cada vez más viciado, la medicina se convierte en acto de fe. No es fe religiosa, aunque para muchos también lo es. Es fe en que el esfuerzo importa, en que cada segundo ganado cuenta, en que la vida humana merece ser protegida incluso cuando todo está colapsando.

Esa fe es lo que mantiene a Lameda corriendo. Es lo que mantiene a los rescatistas excavando. Es lo que mantiene a las familias buscando a sus seres queridos. Y es lo que, en última instancia, define la respuesta de una sociedad frente a la devastación: no la ausencia de dolor, sino la decisión de continuar a pesar del dolor. No la certeza de éxito, sino la insistencia en intentarlo. No la comodidad, sino la carrera contra el tiempo para salvar una vida más.
Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.