Esta es mi última línea de código.
Eso escribí en mi diario digital las 2:47 de la mañana del 15 de octubre de 2019.
Tenía 23 años, una laptop llena de proyectos inacabados y un frasco de pastillas en mi escritorio.
Había decidido que esa noche terminaría con todo.
El código, el dolor, la vida.
No sabía que en las próximas 3 horas un algoritmo de búsqueda aleatorio me llevaría a descubrir a un adolescente italiano muerto hace 13 años.
No sabía que ese encuentro cambiaría todo.
No sabía que en lugar de ser mi última noche, sería la primera noche del resto de mi vida.
Me llamo Diego Andrés Vargas Méndez, tengo 28 años, soy desarrollador de software en Ciudad de México y esta es la historia de cómo San Carlos Acutis me salvó de la muerte a través de una búsqueda en Google que no debería haber funcionado de esa manera.
El prodigio que se perdió.
Siempre fui el niño de las computadoras.
A los 7 años desmontaba y armaba PCs a los 10 escribía mis primeros programas en Python.
A los 12 había ganado mi primera competencia nacional de programación.
Mis padres, profesores humildes en un pueblo pequeño de Oaxaca me llamaban su genio.
Los vecinos decían que era el futuro de la familia.
el que lo sacaría de la pobreza.
A los 16 años recibí una beca completa para estudiar ingeniería en sistemas en el Tecnológico de Monterrey.
Era un sueño.
Mis padres lloraron de felicidad.
Mi pueblo hizo una colecta para comprarme una laptop nueva.
Me fui a Monterrey con todas las esperanzas del mundo sobre mis hombros y ahí empezó el infierno.
No era el más inteligente.
Por primera vez en mi vida estaba rodeado de gente más brillante que yo.
Chicos de escuelas privadas caras que hablaban tres idiomas, que habían viajado por el mundo, que programaban desde los 5 años con tutores personales.
Yo, el genio de mi pueblo, era apenas promedio aquí.
La presión era insoportable.
Cada examen que no iba, perfecto.
Sentía que estaba defraudando a mis padres.
Cada proyecto que no era el mejor, sentía que estaba desperdiciando la beca.
Cada vez que alguien era mejor que yo, sentía que era un fraude.
Dejé de comer bien, dejé de dormir, dejé de salir.
Mi vida era solo código.
Código para las clases, código para proyectos personales para demostrar que era bueno.
Código hasta las 4 de la mañana.
Código hasta que mis ojos sangraban.
Código, código, código.
En segundo año empecé a tener ataques de pánico.
En tercero dejé de ir a clases.
Me quedaba en mi cuarto, en la oscuridad programando proyectos que nunca terminaba porque nunca eran suficientemente buenos.
Perdí amigos, perdí peso, perdí interés en todo.
Mis padres llamaban cada semana.
¿Cómo van tus estudios, mi hijo? Yo mentía.
Todo bien, mamá.
Voy muy bien.
No podía decirles la verdad.
No podía decirles que su genio era un fracaso, que su inversión emocional y económica estaba desperdiciada en un hijo que apenas podía levantarse de la cama.
En cuarto año, a los 20 toqué fondo.
Reprobé dos materias.
La beca estaba en riesgo y lo peor, ya no me importaba.
Había perdido toda pasión por la programación, por el estudio, por la vida.
El código, lo único que me había definido, ahora me parecía vacío, sin sentido.
¿Para qué? Para conseguir un trabajo en una empresa tecnológica donde sería otro engranaje más para ganar dinero.
Y después, ¿qué? La espiral descendente.
Logré graduarme, pero por los pelos, sin honores, sin distinciones y solo un título que me parecía un papel sin valor.
Mis padres vinieron a la graduación orgullosos, tomando fotos.
Yo sonreía en las fotos mientras por dentro estaba muerto.
Me mudé a Ciudad de México en 2018.
Conseguí trabajo en una startup tecnológica.
El sueldo era bueno, el trabajo era trabajo.
Program de 9 a 6, a veces hasta las 10 de la noche.
Proyectos para clientes que no me importaban, apps que nadie usaría, código que no cambiaba nada en el mundo.
Vivía solo en un departamento pequeño en la Condesa.
Gastaba mi sueldo en comida a domicilio, videojuegos, suscripciones de streaming.
No tenía amigos en la ciudad, no salía.
No tenía relaciones, no tenía nada.
La depresión que había comenzado en la universidad ahora era mi compañera constante.
Me levantaba, trabajaba, volvía a casa, jugaba videojuegos hasta las 3 de la mañana, dormía 4 horas, repetía.
Los fines de semana eran peores.
Sin la estructura del trabajo, me quedaba en cama todo el día mirando el té hecho, preguntándome qué sentido tenía todo.
Empecé a buscar información sobre suicidio, métodos, estadísticas, cartas de despedida.
Lo guardaba todo en una carpeta encriptada en mi computadora.
Era mi proyecto secreto, mi escape plan.
Mis padres seguían llamando.
Mi hijo, ¿cuándo vienes a visitarnos? Pronto, mamá.
Nunca iba.
No podía enfrentar sus miradas de orgullo cuando yo me sentía una vergüenza.
Dicen que trabajas en una empresa importante.
Sí, papá.
No le decía que pasaba mis días escribiendo código que odiaba para productos que no me importaban.
En 2019 la startup quebró.
Me quedé sin trabajo.
Tenía ahorros para algunos meses, pero eso no era el problema.
El problema era que ahora no tenía ni siquiera la distracción del trabajo, solo yo, mi departamento, mi computadora y mi depresión.
Dejé de contestar llamadas, dejé de revisar emails, dejé de bañarme regularmente.
Mi departamento se convirtió en un desastre.
Cajas de pizza viejas, botellas de refresco vacías, ropa sucia por todas partes y en mi escritorio, mi laptop siempre abierta, el brillo de la pantalla, la única luz en la oscuridad.
Octubre de 2019 fue mi mes más oscuro.
Había agotado mis ahorros, tenía deudas, no buscaba trabajo, no salía de mi cuarto, comía lo mínimo, dormía lo máximo y cada noche miraba ese frasco de pastillas que habían ido acumulando, antidepresivos que el doctor me había recetado, pero que nunca tomé.
Pensaba, si las tomo todas de una vez, la última noche, 15 de octubre de 2019.
No sé por qué escogí esa fecha, no había nada especial en ella, solo era un martes cualquiera, pero esa mañana me desperté y supe, hoy es el día.
Pasé el día ordenando mis archivos digitales, borrando cosas, organizando carpetas.
Era irónico.
Mi vida física era un desastre, pero mi vida digital sería dejada impecable.
Programador hasta el final.
Escribí mails programados para enviarse al día siguiente, uno a mis padres, uno a mi hermana, disculpándome, diciéndoles que no era su culpa, que los amaba, que simplemente no podía más.
A las 10 de la noche me bañé, me afeité, me puse ropa limpia.
Quería que mi cuerpo fuera encontrado presentable.
Limpié un poco mi cuarto, saqué la basura, lavé los platos.
Era absurdo, lo sé.
Estaba a punto a punto de morir, pero me preocupaba el desorden.
A medianoche me senté frente a mi laptop, el frasco de pastillas a mi derecha, un vaso de agua a mi izquierda y decidí escribir una última entrada en mi diario digital.
Una tradición que había mantenido desde los 15 años, pero que había abandonado en los últimos meses.
15 de octubre de 2019, 12:13 de la mañana.
Esta es mi última entrada, mi último testimonio, mi última línea de código en el programa de mi vida.
Tengo 23 años y estoy cansado.
Cansado de pretender, cansado de fallar, cansado de vivir una vida sin propósito.
La programación que alguna vez fue mi pasión, ahora es solo un recordatorio de todo lo que no logré ser.
He pasado los últimos meses buscando una razón para seguir, una señal, un propósito, algo.
No he encontrado nada.
El universo es silencioso.
Dios, si existe no responde.
Y yo ya no tengo fuerzas para seguir preguntando.
Escribí durante una hora, dos, era catártico en cierto modo vaciar todo lo que había estado acumulando, todo el dolor, la frustración, la desilusión, el vacío.
A las 2:47 de la mañana escribí la última línea.
Esta es mi última línea de código, Diego Andrés Vargas Méndez, ejecutando Shotdown.
exel.
Cerré el archivo, guardé y me quedé mirando mi desktop.
Carpetas y más carpetas, proyectos inacabados, sueños abandonados, una vida en archivos digitales.
Y entonces, no sé por qué abrí Google.
No tenía intención de buscar nada específico, solo quería retrasar el momento inevitable, solo unos minutos más, solo un poco más de tiempo antes de tomar las pastillas.
El algoritmo de Dios.
Mis dedos empezaron a escribir sin que mi cerebro decidiera qué escribir.
Era como si estuvieran en piloto automático.
Escribí programador joven muerto, propósito, vida.
No sé qué estaba buscando.
Tal vez historias de otros programadores que habían terminado su vida.
Tal vez buscaba algún tipo de validación, tal vez solo estaba divagando.
Presioné enter.
Los primeros resultados eran lo esperado.
Artículos sobre suicidio en la industria tech.
Estadísticas de salud mental en Milan Snowb.
Programadores.
Nada nuevo.
Nada que no hubiera leído antes, pero el quinto resultado era diferente.
El título decía Carlo Acutis.
El programador adolescente que murió a los 15 años y encontró el propósito de la vida.
Hice click, no sé por qué.
Algo en ese título, algo me llamó la atención.
El artículo era de un blog católico italiano traducido al español.
Empecé a leer Carlo Acutis, nacido en Londres en 1991, criado en Milán, apasionado por las computadoras y la programación desde niño.
A los 11 años ya creaba sitios web.
usaba sus habilidades tecnológicas para evangelizar.
Pero lo que me dejó de lado fue esto.
Carlo había creado un catálogo digital de milagros eucarísticos.
Había investigado, documentado y diseñado una exposición virtual de todos los milagros eucarísticos reconocidos en el mundo.
Todo esto antes de cumplir 15 años.
Mientras yo a los 23 estaba programando apps comerciales sin sentido, este niño de 14 años estaba usando código para acercar a la gente a Dios.
Seguí leyendo.
Carlos murió de leucemia fulminante en 2006 a los 15 años, pero no murió con miedo o amargura.
Murió diciendo, “Estoy feliz de morir porque he vivido mi vida sin desperdiciar ni un minuto en cosas que no agradan a Dios.
” 15 años.
15 años y ya había encontrado el propósito que yo con 23 decía que no existía.
Busqué más información.
Abrí pestaña tras pestaña, leí artículo tras artículo, videos de YouTube, documentales, testimonios.
Descubrí que Carlo decía, “Todos nacemos como originales, pero muchos mueren como fotocopias.
” Esa frase me atravesó.
Yo había nacido como un original, el genio de mi pueblo, pero iba a morir como una fotocopia, una copia de todos los programadores deprimidos, todos los fracasados, todos los que se rindieron.
Encontré otra frase suya.
La tristeza es dirigir la mirada hacia uno mismo.
La felicidad es dirigir la mirada hacia Dios.
Toda mi vida había estado mirándome a mí mismo.
Mis fracasos, mis inseguridades, mi dolor.
Nunca había más ni que había mirado hacia arriba.
Y entonces encontré el sitio web, el catálogo de milagros eucarísticos que Carlo había creado.
Alguien lo había mantenido vivo después de su muerte.
Alguien había continuado su trabajo.
Hice click y mi mente de programador inmediatamente empezó a a analizar el código del sitio.
Era simple.
funcional, nada fancy, pero efectivo.
Y más importante, tenía propósito.
Cada línea de código servía para algo que trascendía.
Cada función tenía un significado más allá del código mismo.
Abrí el inspector de elementos.
B, el HN, TML, el CSS, el JavaScript.
Y algo extraño sucedió.
Empecé a llorar.
no había llorado en años, pero viendo ese código, código escrito por un niño de 14 años que ahora estaba muerto, código que seguía vivo y cumpliendo su propósito 12 años después de su muerte, algo en mí se rompió.
Todo mi código moriría conmigo.
Apps que ya nadie usaba.
Proyectos en repositorios abandonados.
código escrito por dinero, sin alma, sin propósito.
Pero el código de Carlo, el código de un niño, viviría para siempre.
Porque no era solo código, era fe materializada en bits y bites.
Miré el reloj.
5:23 de la mañana.
Había pasado casi 3 horas leyendo sobre Carlo Acutis.
El frasco de pastilla seguía en mi escritorio, pero ahora, ahora no podía dejar de pensar en algo que había leído, la prueba.
En uno de los artículos que leí mencionaban que Carlo había sido beatificado en 2020, que se le atribuían milagros, que la gente le rezaba y recibía respuestas.
Yo no era religioso, había crecido católico, sí, bautizado.
Primera comunión, confirmación, pero todo eso era ritual.
Nunca había tenido fe real, nunca se había orado de verdad.
Dios para mí era un concepto abstracto, una idea que la gente necesitaba para sentirse mejor.
Pero esa madrugada, exhausto, al borde del precipicio, con nada que perder, decidí hacer algo que nunca había hecho en mi vida adulta.
Decidí rezar, pero no sabía cómo.
Había olvidado las oraciones de mi infancia.
El Padre Nuestro era una melodía lejana en mi memoria, así que hice lo único que sabía hacer.
Hablé como si estuviera hablando con otro programador en un chat.
Carlo dije en voz alta en mi cuarto oscuro, sintiéndome ridículo.
Sé que suena estúpido, no creo que me estés escuchando.
Probablemente estás muerto y ya.
No hay cielo, no hay nada.
Pero por si acaso, por si hay la más mínima posibilidad de que estés ahí, necesito ayuda, estoy destruido, estoy vacío.
Y hace media hora estaba a punto de tragarme este frasco de pastillas y acabar con todo, pero leí sobre ti y algo en tu historia, algo me tocó.
Eras programador como yo, moriste joven como yo.
Estoy a punto de morir, pero tú encontraste un propósito.
Tú usaste tu talento para algo que importaba.
Y yo yo he desperdiciado el mío.
He escrito miles de líneas de código que no significan nada.
He vivido 23 años sin propósito y no sé cómo seguir.
Así que esto es un experimento, una prueba.
Si estás ahí, si me escuchas, dame una señal.
Dame alguna razón para no tomar estas pastillas.
Dame un propósito.
Dame algo.
Me sentí estúpido después de decir eso.
Una señal.
Esperaba que las luces parpadearan, que mi computadora escribiera un mensaje divino era absurdo.
Miré el frasco de pastillas, luego miré la pantalla de mi laptop todavía mostrando el sitio web de Carl y pensé, “Dame una hora más, solo una hora.
” Y si no pasa nada, entonces no sé qué me impulsó, pero abrí mi editor de código y empecé a escribir.
No tenía un plan, solo empecé a crear algo, una página web simple, un tribute a Carlo, algo para documentar lo que había aprendido sobre él esa noche, algo para, no sé, para darle sentido a estas últimas horas.
Empecé a codear y por primera vez en meses el código fluyó.
No era perfecto, no era elegante, pero era honesto, era real.
Estaba escribiendo con propósito.
6 de la mañana, 7 de la mañana, 8 de la mañana.
El sol empezó a salir, no lo había notado.
Estaba tan inmerso en el código que perdí la noción del tiempo.
Como solía pasarme cuando era niño, cuando programar era pura alegría y no una carga.
A las 9 de la mañana había creado un sitio web completo, una página sobre Carlo Acutis, su biografía, sus frases, su testimonio, links a recursos, todo en español, porque pensé, si esto me ayudó a mí, tal vez puede ayudar a otro programador latino que esté pasando por lo mismo.
Lo subí a un hosting gratuito.
Compré un dominio simple, carloacutis.
mx, MX, mi primera inversión en meses, $25 que no tenía, pero que de alguna manera sentía que necesitaba gastar.
Y cuando presioné publish, algo pasó.
No fue una señal dramática, no hubo voces del cielo, no apareció Carlos en mi cuarto, pero sentí paz.
Por primera vez en año sentí paz, como si una carga que había estado llevando se hubiera aligerado, como si el vacío que había estado sintiendo se hubiera llenado un poco.
El propósito encontrado, no tome las pastillas esa noche, ni esa mañana, ni ese día.
En cambio, dormí, realmente dormí por primera vez en semanas, sin pesadillas, sin despertar cada hora, solo sueño profundo y reparador.
Desperté a las 6 de la tarde 16 horas de sueño.
Mi cuerpo había estado exhausto, sin que yo lo supiera.
Lo primero que hice fue revisar el sitio web que había creado.
Tenía visitas, solo 20, pero eran 20 personas más que cero.
Y en el pequeño formulario de contacto que había puesto, había un mensaje era de una chica en en Argentina.
Decía, “Gracias por hacer este sitio.
Estoy pasando por una depresión fuerte y hoy estaba buscando información sobre suicidio.
No sé cómo llegué a tu página, pero leer sobre Carlo me dio esperanza.
Gracias.
” Leí ese mensaje cinco veces, 10 veces y lloré.
Lloré porque acababa de recibir mi señal, acababa de recibir mi propósito.
Si mi código podía ayudar a una persona, solo una, entonces valía la pena seguir viviendo, valía la pena seguir programando.
Respondí su mensaje, le agradecí por escribir, le conté mi historia, le dije que yo también había estado en ese lugar oscuro apenas 24 horas antes, que Carlos nos había encontrado ambas.
Los siguientes días fueron transformadores.
Empecé a investigar más sobre Carlo.
Leí todo lo que pude encontrar.
Vi cada video, leí cada testimonio y empecé a expandir el sitio web.
agregué una sección de testimonios donde la gente pudiera compartir cómo Carlo los había ayudado.
Agregué recursos sobre salud mental para programadores.
Agregué una sección sobre cómo usar la tecnología para propósitos más allá del dinero.
El sitio creció.
En una semana tenía 1000 visitas, en un mes 10,000.
La gente me escribía.
programadores de toda Latinoamérica, jóvenes en crisis, padres buscando ayuda para sus hijos, todos conectados por este adolescente italiano que había muerto hace 13 años.
Pero más importante que el sitio, yo estaba cambiando.
Empecé a salir de mi departamento, limpié, me corté el pelo, empecé a buscar trabajo de nuevo, pero esta vez con un criterio diferente.
No buscaba solo dinero, buscaba algo que tuviera propósito.
Encontré una ONGC que necesitaba un desarrollador para crear apps educativas para niños de bajos recursos.
El sueldo era la mitad de lo que ganaba antes, pero acepté inmediatamente.
También empecé a ir a terapia, real terapia, no suelo tomar pastillas.
Encontré un psicólogo católico que entendía tanto la salud mental como la espiritualidad.
Con él empecé a desenredar años de presión, perfeccionismo y autoodio.
Y empecé a rezar de verdad, no solo a Carlo, aunque seguía hablando hablando con él como con un amigo, pero también empecé a ir a misa los domingos al principio, luego entre semana también una de las nada de frases de Carlo que más me impactó fue, “La eucaristía es mi autopista al cielo.
” Yo no entendía significaba eso, pero empecé a ir a misa solo por curiosidad para ver qué era lo que este niño genio había amado tanto.
Y lentamente, muy lentamente, empecé a darse a entender.
La Eucaristía no era solo un ritual, era un encuentro, un momento donde el código del universo se abre y lo divino toca lo humano.
Como un API que conecta dos sistemas diferentes, Dios y el hombre.
Seis meses después de esa noche de octubre llamé a mis padres.
Les dije la verdad, todo.
La depresión, el casi suicidio.
Carlo, mi transformación.
Lloraron.
Yo lloré, pero por primera vez en años sentí que podía ser honesto con ellos.
Mi misión ahora.
Hoy en 2025 tengo 28 años.
Han pasado casi 6 años desde esa noche y mi vida es completamente diferente.
Fundé una startup sin fines de lucro llamada Code for Heaven, código para el cielo.
Creamos apps y plataformas digitales para organizaciones católicas en América Latina, apps de oración, plataformas de catequesis online, sistemas para administrar parroquias, todo gratis o a muy bajo costo.
Tengo un equipo de 12 programadores, todos jóvenes como yo, todos con sus propias historias de cómo la tecnología casi los destruye y cómo la fe los salvó.
Trabajamos desde casa, colaboramos online y cada línea de código que escribimos es una oración.
El sitio web de Carlo, que cree esa noche sigue vivo.
Se ha convertido en uno de los recursos más grandes en español sobre él.
Miles de visitas al mes, cientos de testimonios.
Y lo más importante, se de al menos 15 personas que como yo estaban al borde del suicidio y encontraron a Carlo a través del sitio.
Una de ellas, Mariana, ahora trabaja conmigo.
Era estudiante de ingeniería en Colombia, deprimida, sin dirección.
Encontró el sitio, me escribió, empezamos a chatear.
Ahora es una de mis mejores desarrolladoras y una de mis mejores amigas.
También doy charlas en universidades, en conferencias de tecnología, en retiros de jóvenes.
Hablo sobre salud mental en programadores, sobre cómo usar la tecnología para el bien, sobre cómo encontré propósito en el lugar más oscuro.
Y siempre termino mis charlas con la misma frase de Carlo.
Todos nacemos como originales, pero muchos mueren como fotocopias.
Les digo, no sean fotocopias, usen su talento para algo que trascienda.
programen como si cada línea de código fuera una oración, porque puede serlo.
Mi relación con Dios también ha crecido, no soy perfecto.
Sigo teniendo días difíciles.
depresión no desapareció mágicamente, pero ahora tengo herramientas, tengo fe, tengo propósito y tengo un amigo en el cielo que sé que me entiende porque él también fue joven, también amó la tecnología y también supo lo que era tener una misión.
Voy a misa casi diariamente ahora como Carlo.
Comulgo cada vez que puedo y antes de cada comunión rezo lo mismo.
Gracias Carl por esa noche.
Gracias por el algoritmo que me llevó a ti.
Gracias por salvarme.
Ayúdame a usar mi vida para salvar a otros.
En 2020, cuando Carlos fue beatificado, lloré de alegría.
Yo que 5 años antes no creía en nada llorando por la beatificación de un santo, pero tenía sentido.
Este santo me había salvado la vida.
En 2025, cuando fue canonizado, viajé a Roma con mi equipo.
Era nuestro primer viaje juntos.
Estuvimos en la plaza de San Pedro con cientos de miles de personas.
Y cuando el Papa pronunció las palabras de la canonización, todos lloramos.
Después de la ceremonia fuimos a Sis a visitar su tumba.
Me arrodillé frente al cristal y hablé con él como siempre lo hago.
Carlos, hermano, lo lograste.
Eres santo.
El mundo entero ahora sabe lo que yo descubrí esa noche.
Que fuiste extraordinario, que tu vida, aunque corta, tuvo más propósito que 1 vidas largas sin sentido.
Gracias por salvarme.
Gracias por mostrarme que el código puede ser sagrado, que la tecnología puede ser santa, que un programador puede cambiar el mundo, no con el próximo app viral, sino con cada línea de código escrita con amor.
Te prometo que seguiré tu ejemplo.
Seguiré usando mi talento para llevar a otros al cielo.
Seguiré siendo original, no fotocopia.
Y algún día, cuando sea mi turno de morir, quiero poder decir lo que tú dijiste, que viví mi vida sin desperdiciar ni un minuto.
El frasco de pastillas.
Todavía tengo el frasco de pastillas.
Lo guardo en un cajón de mi escritorio, no como tentación, sino como recordatorio.
Cuando tengo un día difícil, cuando la depresión quiere volver, cuando siento que nada tiene sentido, abro ese cajón, miro el frasco y recuerdo, recuerdo la noche del 15 de octubre de 2019.
Recuerdo sentarme frente a mi laptop listo para morir.
Recuerdo escribir esas palabras sin sentido en Google.
recuerdo el algoritmo que de alguna manera me llevó exactamente a donde necesitaba estarlos.
Algoritmos son lógicos, predecibles, basados en datos, en patrones, en estadísticas, no deberían llevar a alguien en busca de información sobre suicidio a encontrar a un santo católico adolescente.
Pero lo hizo y no puedo explicarlo con lógica, no puedo explicarlo con ciencia, solo puedo llamarlo lo que es un milagro.
El milagro de Carlo Acutis en mi vida no fue una curación física como otros testimonios que he leído.
Fue una curación del alma, de una depresión que me estaba matando, de una falta de propósito que me había llevado al borde del abismo.
Carlo me salvó esa noche.
No hay otra forma de decirlo.
Me salvó a través de su ejemplo, su testimonio, su código que sigue vivo después de su muerte y ahora es mi turno de salvar a otros.
de usar mi código, mi talento, mi historia para llevar a otros programadores perdidos de vuelta a la luz, para mostrarles que si hay propósito, que si hay sentido, que la tecnología puede ser redimida y usada para el bien supremo.
Si estás leyendo esto y eres programador, desarrollador, diseñador o trabajas en tecnología, quiero decirte algo.
código importa no solo el código que escribes para clientes o empresas, sino el código de tu vida, las decisiones que programas en tu día a día, los valores que codificas en tus acciones.
Tu talento importa.
No fue un accidente.
No eres bueno en esto por casualidad.
Tienes este don por una razón.
La pregunta es, ¿lo vas a usar para hacerte rico o lo vas a usar para hacer rica la vida de otros? Tu vida importa, aunque ahora no lo sientas, aunque estés deprimido, ansioso, perdido, sin propósito, tu vida tiene valor, tiene sentido.
Y hay gente esperando que uses tu talento para ayudarlos.
Si estás donde yo estaba en octubre de 2019 al borde del abismo con un plan para acabar con todo, te ruego, espera, dale una oportunidad más a la vida, dale una oportunidad a Carlo.
Busca su historia, le su testimonio, ve su sitio web y si eres valiente, haz lo que yo hice.
Háblale como programador a programador, como joven a joven, como alguien perdido a alguien que encontró el camino.
No te prometo una curación instantánea, no te prometo que todo será perfecto, pero te prometo que hay esperanza, que hay propósito, que hay un camino de salida de la oscuridad.
Carlo encontró su propósito a los 14 años, usar la tecnología para acercar a la gente a Dios.
Yo encontré el mío a los 23, usar mi testimonio para salvar a otros programadores.
¿Cuál es el tuyo? Tu turno de compartir.
He compartido mi historia más vulnerable contigo.
Ahora te pido que compartas la tuya en los comentarios.
¿Trabajas en tecnología y has luchado con depresión o falta de propósito? ¿Has encontrado a Carlo Acutis? ¿Y cómo ha impactado tu vida? Tienes un testimonio de cómo Carlo intercedió por ti, ¿estás pasando por un momento oscuro ahora y necesitas oración? ¿Eres programador y quieres conectar con otros que buscan usar la TEC para el bien? Escribe en los comentarios.
Tu historia puede ser la señal que alguien necesita hoy.
Así como el algoritmo me llevó a Carlo, tu testimonio puede llevar a alguien a la esperanza.
No está solo.
Hay una comunidad de programadores, desarrolladores y creativos digitales que estamos usando nuestro talento para algo más grande que nosotros mismos.
Y recuerda las palabras de Carlo, todos nacemos como originales, pero muchos mueren como fotocopias.
No seas una fotocopia.
Sé el original que Dios diseñó.
Programa con propósito, vive con propósito.
San Carlos Acutis ruega por todos los programadores.
San Carlos Acutis ruega por todos los que sufren en silencio.
San Carlos Acutis ruega por nosotros.
Amén.
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