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La otra cara de los terremotos: cientos de comerciantes buscan rescatar lo que queda de sus negocios

Mientras Venezuela Llora: Los Comerciantes Pierden Todo y la Política Internacional Juega sus Cartas en la Sombra
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Mientras las cámaras de televisión enfocaban en las historias de supervivencia milagrosa, mientras el mundo se conmovía con imágenes de rescates heroicos y familias reunidas contra todas las probabilidades, otra realidad mucho más silenciosa pero igualmente devastadora estaba ocurriendo en las calles de La Guaira. Los comerciantes, los pequeños empresarios, los dueños de tiendas que habían invertido años de trabajo, que habían construido sus negocios desde cero, se encontraban entre los escombros de sus sueños económicos. No solo habían perdido sus tiendas en el terremoto. Habían sido saqueados por vándalos que aprovecharon el caos de la emergencia para robar lo poco que quedaba. Y mientras ellos luchaban por rescatar lo que podían de los escombros, mientras intentaban evaluar sus pérdidas y pensar en cómo reconstruir, la comunidad internacional estaba jugando un juego político complejo detrás de las escenas, un juego que involucraba a líderes de oposición, funcionarios estadounidenses, y preguntas sobre quién tendría el poder para determinar el futuro de Venezuela.

La historia de los comerciantes de La Guaira es la historia de un desastre dentro de un desastre. El Centro Comercial Costa del Sol, un complejo comercial que había sido el corazón económico de la región, que había proporcionado empleos a miles de personas, que había sido un destino de compras para toda la zona, fue prácticamente destruido por el terremoto. Las estructuras se derrumbaron. Las tiendas fueron aplastadas. Los inventarios fueron destruidos. Pero lo que sucedió después fue quizás aún más traumático que el terremoto mismo. En el caos que siguió, mientras los rescatistas buscaban sobrevivientes, mientras el gobierno estaba desorganizado y no podía mantener el orden, bandas de saqueadores ingresaron al centro comercial y robaron sistemáticamente lo que quedaba. No fue un robo impulsivo de personas desesperadas buscando comida o medicinas. Fue un saqueo organizado, calculado, que dejó a los comerciantes sin nada.

Daniela González, una de las propietarias de tiendas en el centro comercial, describió la experiencia con una mezcla de dolor y rabia. Había perdido todo. Su tienda, su inventario, su capital de trabajo, sus esperanzas de poder reconstruir. Pero lo que la enfurecía no era simplemente la pérdida material. Era la naturaleza del robo. Los saqueadores no estaban tomando lo que necesitaban para sobrevivir. Estaban destruyendo negocios, estaban eliminando la capacidad de las personas de ganarse la vida, estaban saboteando la economía local por puro vandalismo y por lo que González describió como “falta de moral”. Era una violencia que iba más allá del terremoto, una violencia humana que se superponía a la violencia natural.
mercado la Guaira - TalCual

Lo particularmente cruel de la situación era que los comerciantes no estaban recibiendo ningún tipo de apoyo del gobierno. No había evaluaciones de daños. No había promesas de ayuda económica. No había planes de reconstrucción. Los comerciantes estaban completamente solos, tratando de navegar el caos, tratando de determinar qué hacer a continuación, tratando de imaginar cómo podrían reconstruir sus vidas cuando habían perdido todo. Mientras el gobierno estaba enfocado en otras prioridades, mientras estaba ocupado con negociaciones internacionales y consideraciones políticas, los comerciantes de La Guaira estaban en la ruina.

Pero mientras los comerciantes luchaban por sobrevivir económicamente, algo mucho más grande estaba sucediendo en los pasillos del poder internacional. La tragedia del terremoto había creado una oportunidad política, y varios actores internacionales estaban intentando aprovecharla. El gobierno de Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump, estaba enfocado en la cuestión de María Corina Machado, la líder de la oposición venezolana que había ganado recientemente el Premio Nobel de la Paz. Había informes de que Machado estaba considerando regresar a Venezuela, que estaba planeando un regreso dramático que podría servir como un catalizador para cambios políticos. Pero había complicaciones, había desacuerdos dentro de la administración estadounidense sobre cómo manejar la situación, y había una serie de eventos diplomáticos confusos que revelaban fracturas en la política estadounidense hacia Venezuela.

Donald Trump había hecho declaraciones públicas diciendo que no estaba impidiendo que Machado regresara a Venezuela, que la consideraba una “persona maravillosa”. Incluso había reportes de que Trump había llamado directamente a Delcy Rodríguez para advertirle que no arrestara a Machado si ella regresaba. Pero detrás de esas declaraciones públicas, había una realidad mucho más complicada. Había desacuerdos entre funcionarios estadounidenses sobre cómo proceder. El Subsecretario de Estado Christopher Landau había tenido confrontaciones acaloradas con el Encargado de Negocios estadounidense en Venezuela, John Barrett, acusando a Barrett de hacer demasiadas declaraciones que favorecían al gobierno de Maduro y que dañaban la posición de Machado. Landau había incluso transmitido información incorrecta a diplomáticos holandeses, sugiriendo que el Secretario de Estado Marco Rubio apoyaba un plan para que Machado regresara a Venezuela. Esto había llevado a que los Países Bajos inicialmente permitieran que un avión que transportaba a Machado aterrizara, pero luego revocaran el permiso cuando se dieron cuenta de que la información que habían recibido era incorrecta.

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El resultado fue un fiasco diplomático. El avión que transportaba a Machado, que estaba en el aire, fue obligado a dar la vuelta y regresar a Virginia. Machado, quien había estado preparada para hacer un regreso dramático a Venezuela, fue dejada en tierra, humillada, su momento político perdido. Rubio, el Secretario de Estado, posteriormente aclaró que aunque Estados Unidos no estaba prohibiendo que Machado regresara, el momento no era apropiado. Venezuela estaba en caos, estaba enfocada en la recuperación del terremoto, y un regreso político de Machado en ese momento podría ser contraproducente, podría ser peligroso para ella, podría complicar los esfuerzos de recuperación.

Lo que estos eventos revelaban era que incluso en medio de una catástrofe humanitaria, incluso cuando miles de personas estaban muriendo, incluso cuando la economía estaba colapsando, la política seguía siendo el juego central. Los actores internacionales estaban calculando, estrategizando, intentando posicionar a sus aliados para el futuro. Estaban pensando en cómo la tragedia del terremoto podría ser utilizada para avanzar sus objetivos políticos. Y en el proceso, estaban perdiendo de vista lo que realmente importaba: las personas que estaban sufriendo, los comerciantes que habían perdido todo, las familias que estaban siendo destrozadas.

Las Naciones Unidas había hecho un llamado por trescientos noventa y seis millones de dólares para ayudar a 1.3 millones de personas afectadas por el terremoto durante los próximos seis meses. Era una cantidad significativa, pero era también un reconocimiento de la escala de la catástrofe, de cuántas personas necesitaban ayuda, de cuán profundas eran las necesidades. Pero incluso con esa cantidad de dinero, incluso con la comunidad internacional movilizándose, la pregunta era si la ayuda llegaría a las personas que la necesitaban. ¿Sería distribuida equitativamente? ¿Llegaría a los comerciantes que habían perdido todo? ¿O sería capturada por estructuras políticas, desviada por corrupción, utilizada para fortalecer el poder de ciertos actores políticos?
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Lo que la historia de los comerciantes de La Guaira revelaba era que la verdadera tragedia del terremoto no era simplemente el desastre natural en sí. Era cómo ese desastre estaba siendo manejado, cómo estaba siendo politizado, cómo estaba siendo utilizado por diferentes actores para avanzar sus propios intereses. Mientras que los comerciantes estaban perdiendo todo, mientras que las familias estaban siendo destrozadas, mientras que la economía estaba colapsando, los políticos estaban jugando sus juegos, haciendo sus cálculos, posicionándose para el futuro. Y en ese proceso, los que más sufrían eran aquellos que ya eran vulnerables, aquellos que no tenían poder político, aquellos que simplemente querían reconstruir sus vidas y sus negocios.

La historia de Venezuela después del terremoto no era simplemente una historia de supervivencia y rescate. Era una historia de complejidad política, de intereses en conflicto, de la forma en que la tragedia puede ser utilizada y explotada. Era una historia que revelaba las fracturas en la comunidad internacional, las desavenencias dentro de la administración estadounidense, la lucha continua por el poder y la influencia en Venezuela. Y en el centro de todo eso estaban los comerciantes, los ciudadanos ordinarios, las personas que habían perdido todo y que estaban siendo dejadas atrás mientras el mundo jugaba sus juegos políticos. Era una realidad incómoda, una verdad que no siempre era reportada en los titulares principales, pero que era la realidad vivida por millones de venezolanos que estaban intentando simplemente sobrevivir y reconstruir sus vidas después de la peor catástrofe que su país había enfrentado en décadas.

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